Cuauhtémoc Cárdenas: pilar de la democracia mexicana
Hay personas con las que no comparto visión ni proyecto, pero con las que me unen principios y valores. En esa convicción conocí y respeté siempre a Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, quien murió la noche del 28 de octubre a los 92 años. Un hombre de su tiempo que le cumplió a México.
Fue hijo de Lázaro Cárdenas, el Presidente que expropió el petróleo en 1938, y esa herencia pesó en su vida. Pero nunca fue una sombra. Construyó una trayectoria propia, guiada por la convicción de que la política debía abrirse a los ciudadanos y no concentrarse en unos cuantos.
Su momento decisivo llegó en 1988. Desde la Corriente Democrática y como candidato presidencial, desafió a un sistema que parecía inamovible y canalizó el anhelo de cambio de millones de mexicanos. El resultado de aquella elección sigue siendo motivo de debate y los historiadores no han cerrado esa discusión. Lo que nadie puede negar es que la contienda obligó al régimen a admitir que el voto importaba. De ese impulso nació el PRD, que fundó junto con otros líderes de izquierda.
En 1997 ganó la primera elección para Jefe de Gobierno del Distrito Federal y así se convirtió en el primer gobernante electo de la capital. Llegó allí tras décadas de disidencia, derrotas y negociaciones. Aunque nunca llegó a la Presidencia, fue tres veces candidato a ella y nunca dejó de participar en la vida pública.
No siempre compartí sus diagnósticos ni sus alianzas. Discrepar de Cárdenas era posible sin faltarle al respeto y él no recurrió a la descalificación con sus adversarios. Esa es una lección que hoy escasea: distinguir entre el adversario y el enemigo, entre la diferencia de proyecto y la diferencia de principios.
Su legado debe leerse en conjunto. Defendió el sufragio, la pluralidad y la idea de que las decisiones públicas deben responder a la voluntad popular, con una persistencia que pocos políticos mexicanos han tenido. Dejó una institucionalidad democrática que hoy damos por sentada, aunque costó décadas construirla.
Hoy, cuando se habla de la democracia mexicana como si siempre hubiera existido, conviene recordar que alguien tuvo que empujarla contra corriente. Cárdenas lo hizo sin atajos ni pactos oscuros, con la paciencia de quien sabe que las instituciones se levantan en años, no en campañas. Durante décadas ofreció a la izquierda mexicana una referencia moral que no dependía de la cercanía con el poder. Pudo equivocarse en tácticas, como cualquiera, pero rara vez en el rumbo general de su lucha. Ahí está la diferencia que quiero subrayar: entre quien cambia de bando según conviene y quien mantiene sus principios aunque perder sea lo más probable. Cárdenas perteneció a la segunda categoría. Por eso su muerte deja un vacío que no se llena con elogios de ocasión, sino con la pregunta de si la política mexicana conserva todavía espacio para hombres así.
Cuauhtémoc Cárdenas le cumplió a México al mantener la fe en que el cambio podía darse por vías pacíficas, incluso cuando el costo fue alto. Podemos debatir sus decisiones, pero no su congruencia.
Descanse en paz un hombre de principios firmes. México le debe más de lo que a veces reconocemos.
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El autor es abogado y Diputado federal.