Culiacán, la ciudad que olvida: una crítica al regreso de los alucines y vehículos todoterreno
Antes del estallido de violencia, el rugido de los RZR y cuatrimotos era el pulso de las avenidas de Culiacán, un símbolo de estatus y esparcimiento que desapareció súbitamente ante el repliegue forzado por el miedo desatado por esta ola de violencia. Tras un periodo de silencio sepulcral en las calles, la reaparición de estos vehículos todoterreno marca el inicio del retorno a la “normalidad” previa, donde la exhibición del poder adquisitivo y la cultura del “buchón” o el “alucin” vuelven a reclamar el espacio público que la inseguridad les había arrebatado.
Este fenómeno que observamos en las calles de Culiacán no es solo un cambio en el flujo vehicular, es la reactivación de un ecosistema simbólico y neurobiológico complejo. El retorno de los vehículos todoterreno (RZR, cuatrimotos) y la estética y música asociadas al “alucin” o lo “alterado” marca la restauración de una “normalidad” que, paradójicamente, se cimienta sobre la exhibición del riesgo y el poder.
La circulación de cuatrimotos y RZR en entornos urbanos contraviene las normas viales, ya que estos vehículos recreativos carecen de dispositivos de seguridad esenciales y rara vez cumplen con el registro de placas o los límites de emisión sonora exigidos por la Ley. Éticamente, su uso en calles públicas representa una transgresión al principio de responsabilidad civil, puesto que su diseño todoterreno aumenta exponencialmente el riesgo de lesiones graves para peatones y terceros en caso de colisión, priorizando la exhibición individual sobre el derecho colectivo a un espacio público seguro y una convivencia libre de contaminación auditiva.
Tras meses de tenso silencio, el rugido de las cuatrimotos y RZR, así como el golpeteo del bajo de los corridos bélicos actúan como un interruptor que devuelve a la ciudad a su configuración de fábrica. Sin embargo, este retorno es una señal de alarma: como sociedad, parecemos atrapados en un bucle donde el síntoma se confunde con la cura.
Desde la neurobiología, la música de los corridos tumbados y bélicos no es solo entretenimiento; es un potente modulador del sistema límbico, la región del cerebro encargada de procesar las emociones y la supervivencia. Al combinar ritmos de alta intensidad con líricas que glorifican el dominio, se genera una respuesta de activación simpática.
Esto significa que el cuerpo se prepara para la “lucha o huida”, liberando adrenalina y cortisol. El problema radica en que, en un entorno de violencia real, el cerebro busca desesperadamente una sensación de control. Escuchar estas narrativas de poder mientras se conduce un vehículo todoterreno proporciona una ilusión de agencia (la sensación de que uno tiene el mando de su destino).
Esta gratificación instantánea se gestiona en el núcleo accumbens, el centro del placer que se “baña” en dopamina cada vez que el individuo se siente identificado con el ganador de la historia. Es una adicción biológica al estatus. El riesgo es que, al normalizar estos niveles de excitación, el cerebro desarrolla tolerancia: ya no basta con vivir en paz; se necesita el “subidón” de lo prohibido o lo peligroso para sentirse vivo.
A nivel social, este fenómeno describe una “amnesia colectiva funcional”. Para que la economía y la vida sigan, Culiacán ha desarrollado una capacidad asombrosa, y aterradora, para compartimentar el horror. Podemos ver una cabeza en una hielera por la mañana y, por la tarde, estar coreando una canción que celebra a quienes ejecutan tales actos. Sociológicamente, esto se llama disonancia cognitiva, pero llevada al extremo sistémico.
Hemos integrado la estética del victimario en nuestra identidad recreativa. El RZR, la cuatrimoto, y el corrido no son solo objetos; son artefactos de señalización. Le dicen al resto: “No tengo miedo” o, peor aún, “Yo soy parte del ecosistema que debería darte miedo”.
Desde una perspectiva filosófica y crítica, esto revela una derrota cultural. La “normalidad” a la que estamos volviendo es una normalidad de superficie. No hemos aprendido porque hemos aceptado que el poder se ejerce a través de la ostentación y la fuerza, no de la ley o la ética. Al adoptar los consumos de la narcocultura como la única vía de esparcimiento legítima, estamos validando un contrato social donde el éxito se mide en decibelios y caballos de fuerza, sin importar el rastro de sangre que haya detrás.
Este “renacer” de las cuatrimotos y los corridos es un mecanismo de defensa que, a largo plazo, nos desensibiliza. Estamos entrenando a las nuevas generaciones para que su umbral de empatía sea cada vez más alto y su necesidad de estímulos violentos más frecuente. La pregunta no es cuándo volverá la paz, sino si sabríamos qué hacer con ella si no tiene un motor de 1000cc y una tuba de fondo.