De la piedra al vinil: la mutación del duelo público

25/01/2026 04:01
    Si bien el derecho al duelo es inalienable y sagrado en el ámbito privado, la privatización del espacio público para fines conmemorativos personales entra en conflicto con el derecho colectivo a una ciudad ordenada y visualmente higiénica

    El paisaje urbano de Culiacán, Sinaloa, se ha caracterizado históricamente por una peculiar interacción entre la vida cotidiana y las huellas de la muerte violenta o accidental. En este contexto, el cenotafio, término derivado del griego que significa “tumba vacía”, ha fungido como un marcador territorial del duelo, señalando el punto geográfico exacto donde una vida cesó, aunque el cuerpo descanse en un cementerio.

    Tradicionalmente, estas manifestaciones respetaban una estética solemne y permanente: cruces de hierro forjado, pequeñas capillas de concreto o placas de granito que se mimetizaban, hasta cierto punto, con la infraestructura urbana. Sin embargo, en la última década se ha observado una transformación material y simbólica radical: la sustitución de la piedra y el metal por el policloruro de vinilo (PVC), conocido coloquialmente como “lona”. Este desplazamiento de lo pétreo a lo plástico no es meramente estético, sino que representa una evolución en la sociología del duelo culiacanense, donde la inmediatez y la hipervisibilidad han comenzado a regir la memoria colectiva.

    La proliferación de cenotafios tipo “lona” introduce una variable visual disruptiva en la vía pública. A diferencia de la cruz tradicional, que es un símbolo universal y abstracto, la lona impresa utiliza un lenguaje gráfico idéntico al del comercio informal. Al emplear tipografías llamativas, colores saturados y fotografías en alta resolución del difunto en vida, muchas veces posando o en situaciones festivas, estos memoriales se apropian de la estética del anuncio publicitario.

    Esto genera una disonancia cognitiva en el transeúnte: visualmente, la estructura compite por la atención del ojo humano con la misma intensidad que el anuncio de un taller mecánico o un puesto de comida rápida. Esta “comercialización estética” del luto despoja al memorial de su aura de silencio y reflexión, convirtiéndolo en un objeto de consumo visual rápido. La lona, por su naturaleza material, es efímera y degradable; se decolora con el sol y se rasga con el viento, lo que paradójicamente convierte el recuerdo en un elemento de basura urbana visual, sugiriendo que la memoria, al igual que los productos de consumo, tiene una fecha de caducidad visible.

    El efecto acumulativo de estas instalaciones en la psique social de Culiacán es profundo. Sociológicamente, esto fomenta un proceso de desensibilización sistemática. Cuando la señalización de la muerte adopta el formato de la publicidad callejera, el evento trágico pierde su gravedad. La tragedia se vuelve parte del ruido visual de la ciudad, un elemento más del mobiliario urbano que se integra al caos del tráfico y el comercio, impidiendo que la sociedad procese el duelo de manera sana y colectiva. En lugar de generar empatía, la saturación de imágenes provoca una “ceguera de habituación”, donde el dolor ajeno se vuelve invisible por exceso de exposición.

    Es imperativo abordar, con tacto pero con firmeza, la problemática que representa la permanencia indefinida de estos cenotafios plásticos en la vía pública. Si bien el derecho al duelo es inalienable y sagrado en el ámbito privado, la privatización del espacio público para fines conmemorativos personales entra en conflicto con el derecho colectivo a una ciudad ordenada y visualmente higiénica. La vía pública, por definición, debe ser un espacio de encuentro neutro y seguro para los vivos, no un repositorio ilimitado de memorias individuales.

    El retiro gradual de estas lonas no debe interpretarse como una falta de respeto a la memoria de los fallecidos, sino como una medida necesaria de higiene urbana y salud mental colectiva. Las estructuras, a menudo atadas precariamente a postes de luz o señales de tráfico, no solo generan contaminación visual, sino que pueden obstruir la visibilidad vial y el paso peatonal. Una ciudad que aspira a la paz y al orden debe encontrar formas de honrar a sus muertos que no impliquen la saturación gráfica de sus calles. La transición hacia memoriales virtuales o espacios designados dentro de los cementerios permitiría dignificar el recuerdo sin comprometer la funcionalidad y la estética del entorno urbano que pertenece, en última instancia, a quienes siguen habitando y construyendo el futuro de la ciudad.