La línea oficial del Gobierno se repite por todos lados. No es grave el anuncio del Gobierno de los Estados Unidos. El tratado sigue vivo, mantenemos un trato comercial privilegiado. Tendremos que revisar anualmente los términos del acuerdo, pero todo se mantiene en orden. Habrá que aguantar un par de años con la confianza de que las cosas volverán a su lugar con el nuevo habitante de la Casa Blanca. Cuando Trump se vaya terminará imponiéndose. La postura del Gobierno será entendible, pero no es convincente.
Desde luego que la terminación del acuerdo habría sido infinitamente más dañino, pero no puede ignorarse que el anuncio es preocupante. El acuerdo de 1994 fue un compromiso político. Desde su firma fue mucho más que un mecanismo para reducir o eliminar aranceles, fue una plataforma de certidumbre. Los tres países se ataban las manos sellando un pacto duradero. El tratado funcionó como una suerte de constitución económica de Norteamérica. Definía reglas, fundaba instituciones comunes, establecía procedimientos para resolver desacuerdos, anticipaba mecanismos para su modificación. Esa plataforma de confianza es la que está desapareciendo con los hachazos de Trump.
Llevar el pacto norteamericano a la mesa de negociación todos los años trastoca su lógica. La amenaza de la ruptura se ha incrustado en el corazón del acuerdo. Mientras sea un contrato de vigencia anual, el tratado será el objeto central de la controversia entre los tres países. Si antes las disputas debían encauzarse dentro de las previsiones del tratado, ahora se convertirán en pleitos sobre el acuerdo mismo. Es cierto: el tratado sigue vigente, pero ha dejado de ser garantía de continuidad.
Antes de su anuncio, el gobierno de Trump violaba abiertamente el tratado al imponer su capricho bajo la justificación de una emergencia imaginaria. Ahora hace de la extorsión una cita anual.
Si no ha matado al acuerdo comercial está sofocando a una región. Un adiós a Norteamérica. Son los tiempos del mundo. El aviso del gobierno de Trump es una estampa perfecta del nuevo desorden internacional.
Estamos dejando atrás la política de las reglas. Con todas sus imperfecciones, disparidades e hipocresías, el acuerdo comercial de Norteamérica simbolizaba esa apuesta por un consenso trinacional. Suponía que los beneficios del comercio podían generar beneficios a los que compran y a los que venden, apostaba por la formación de instancias capaces de resolver desacuerdos. La política de hoy da la espalda a esas nociones. Hemos pasado de la política de las reglas a la política de los eventos, ha dicho el filósofo holandés Luuk van Middelaar.
Antiguo asesor del presidente del Consejo de Europa y director del Instituto de Bruselas para la Geopolítica, Van Middelaar sostiene que el proyecto europeo fue una apuesta institucional que no responde ya a las exigencias del presente. Europa ha querido funcionar como una fábrica de normas: tratados, leyes, reglamentos y dictámenes. Diseñado para abrir un mercado común, ese arreglo normativo ha sido tomado por sorpresa una y otra vez. No se preparó para la crisis del 2008, no pudo contener el Brexit, respondió con lentitud a la pandemia, no ha sabido encarar la agresividad rusa. Los desafíos que vivimos no se ajustan a las previsiones de las reglas. Crisis financieras, emergencias sanitarias, catástrofes climáticas. En ningún manual de procedimientos se encuentra respuesta a estos acontecimientos. Lo que exige la política de los eventos es otra pericia: un liderazgo atrevido, agilidad para reaccionar a la sorpresa, osadía para imaginar nuevas alianzas.
En México se ha devastado la política de las reglas que, con todas sus limitaciones, se había ido construyendo. La disrupción morenista reventó los anclajes de certidumbre interna mientras los golpes de Trump destrozan la plomada externa.
La plataforma norteamericana ya no compensa los errores de la política interior, la destrucción del aparato judicial, la inseguridad reinante. Frente a los eventos de fuera, la única estrategia razonable es fortalecer las reglas de dentro. Es justamente la ausencia de normas, la destrucción de instituciones, el imperio del impulso autoritario lo que nos hace más vulnerables a los caprichos del norte.