El pasado 3 de enero, a los 96 años, falleció Eva Schloss, sobreviviente del Holocausto, amiga de la infancia de Ana Frank y, póstumamente hermanastra de ella, pues su madre, Elfried, se casó con Otto Frank, padre de Ana.
Eva Schloss escribió un libro de memorias titulado: “Después de Auschwitz”, donde recordó: “Tenía quince años cuando, junto a miles de personas más, recorrí Europa traqueteando dentro de un tren de contenedores de ganado oscuros y abarrotados, y me soltaron a las puertas del campo de concentración de Auschwitz-Birkenau”.
Esa experiencia traumática la marcó de por vida, de manera que después de sobrevivir más de 40 años, casarse, procrear tres hijas y formar una familia no se atrevía a desempolvar los recuerdos, hasta que, en febrero de 1986, le pidieron que tomara la palabra al inaugurar una Exposición Itinerante titulada Ana Frank.
Añadió: “Había rehecho mi vida y creado mi propia familia, tenía un marido y unas hijas maravillosas que lo eran todo para mí. Hasta regentaba mi propio negocio. Pero una gran parte de la persona que fui había desaparecido... De noche soñaba que me devoraba un inmenso agujero negro. Cuando mis nietos me preguntaban por el tatuaje con el que me marcaron el brazo en Auschwitz, les decía que no era más que mi número de teléfono. No hablaba del pasado”.
Rememoró que cuando los tomaron prisioneros, su padre les dijo: “Niños, os prometo que todo lo que hacemos deja una huella; nada se pierde. Todo lo bueno que hagáis continuará en la vida de la gente con la que hayáis coincidido. Marcará una diferencia en alguna persona en algún lugar, en algún tiempo, y vuestros logros proseguirán. Todo está relacionado como una cadena que no se puede romper”.
¿Practico el arte de dejar huella?