Del hielo al arrecife: dos mares amenazados por la sed de petróleo

Atarraya
28/08/2026 04:00
    La verdadera modernización energética no consiste en perforar más lejos ni más profundo. Consiste en imaginar y construir una economía capaz de producir bienestar sin destruir los sistemas que sostienen la vida

    El Ártico y el Golfo de México parecen extremos opuestos del planeta. Uno está cubierto por hielo y el otro, por aguas tropicales, manglares y arrecifes. Sin embargo, ambos están atrapados en una misma contradicción: el modelo energético que acelera su deterioro continúa buscando petróleo en regiones cada vez más remotas, profundas y vulnerables.

    Entre 1979 y 2021, el Ártico se calentó casi cuatro veces más rápido que el promedio mundial. Al desaparecer el hielo marino disminuye la superficie blanca que refleja la radiación solar y el océano absorbe más calor, cambia el intercambio de energía entre el océano y la atmósfera, lo que favorece un calentamiento todavía mayor.

    La paradoja es brutal: el calentamiento causado por los combustibles fósiles derrite el hielo y facilita el acceso a nuevas rutas marítimas y reservas de hidrocarburos. Es decir, la destrucción del Ártico es presentada por la industria como una nueva oportunidad de negocio.

    La extracción petrolera en estas aguas implica riesgos particularmente graves. La fauna del Ártico, incluidas aves marinas, ballenas y focas, presenta una alta vulnerabilidad a los derrames, especialmente durante etapas sensibles de sus ciclos de vida y ante la presencia de crudo pesado, que pueden permanecer en la columna de agua o depositarse en los sedimentos. El hielo, las bajas temperaturas, la oscuridad estacional y la lejanía complican, además, cualquier respuesta ante una emergencia.

    Del norte global al Golfo de México

    Para México, esta historia no es lejana. Durante décadas, el Golfo de México se ha convertido en una gran plataforma petrolera, corredor de ductos y zona de sacrificio. Sin embargo, el desastre de Deepwater Horizon y el derrame de Pemex de hace unos meses demostraron que en estos incidentes los hidrocarburos no permanecen en la superficie ni desaparecen cuando deja de verse la mancha.

    En el caso de la plataforma Deepwater Horizon, después del derrame se documentaron afectaciones en aproximadamente 2,000 kilómetros de litoral, así como daños duraderos en marismas, sedimentos y distintos componentes de los ecosistemas costeros y marinos. El petróleo también alcanzó comunidades de corales de profundidad, dejando una huella ecológica en el fondo marino.

    La exposición experimental al crudo de Deepwater Horizon produjo alteraciones en el desarrollo cardiaco de embriones de atunes y otros peces pelágicos. Estos daños pueden reducir la capacidad de nado y la supervivencia de organismos durante sus primeras etapas de vida.

    El problema no es únicamente el petróleo derramado, sino la lógica que considera aceptable poner en riesgo ecosistemas y comunidades para mantener la acumulación de capital. Bajo este capitalismo extractivista, el valor del Ártico se mide por los barriles escondidos bajo el hielo y el del Golfo de México, por los hidrocarburos enterrados bajo el fondo marino. Las ganancias se privatizan, mientras los daños ambientales, climáticos y sociales se reparten entre pescadores, comunidades costeras, trabajadores y generaciones futuras.

    ¿En qué consiste una transición energética justa?

    Pero existen otros futuros posibles. Para conservar una probabilidad razonable de limitar el calentamiento global a 1.5 °C, cerca del 60 por ciento del petróleo y el gas fósil, así como el 90 por ciento del carbón, tendría que permanecer sin extraerse hacia 2050. Proteger el océano exige, literalmente, dejar una parte considerable de los combustibles fósiles bajo tierra y bajo el lecho marino.

    La salida no consiste en cerrar instalaciones de un día para otro ni en abandonar a quienes dependen laboralmente de la industria. Una transición energética justa debe reducir progresivamente la extracción, proteger empleos e ingresos, diversificar las economías regionales, reparar los daños ambientales y garantizar la participación de trabajadores y comunidades en las decisiones.

    Es importante señalar que una transición energética no es justa si únicamente cambia la tecnología, pero conserva la desigualdad, la concentración del poder y el despojo territorial. Sustituir plataformas petroleras por megaproyectos renovables impuestos desde arriba no transforma el modelo: solamente cambia la fuente de energía que alimenta el mismo extractivismo.

    Las comunidades pesqueras del Golfo de México no deben aparecer únicamente como víctimas o receptoras de compensaciones. Su conocimiento debe formar parte de la vigilancia ambiental, la restauración de ecosistemas, la definición de zonas libres de extracción y la planeación de economías costeras que puedan prosperar más allá del petróleo.

    La verdadera modernización energética no consiste en perforar más lejos ni más profundo. Consiste en imaginar y construir una economía capaz de producir bienestar sin destruir los sistemas que sostienen la vida. Navegar hacia ese futuro requiere poner en el centro a la naturaleza, las comunidades costeras y la justicia social, no al capital fósil.