En la columna anterior hablamos de la importancia de arribar a buen puerto. El arte de navegar es ciencia y práctica ancestral que, originalmente, se normaba por la observación del cielo y astros, de la estrella polar y de cartas náuticas primitivamente elaboradas; actualmente, depende además de sofisticados aparatos, sistemas e instrumentos que permiten navegar con mayor conocimiento, seguridad y profesionalismo.
Pedro Manuel Cedillo publicó en Sevilla, en 1717, un “Compendio de la Arte de la Navegación”. Asimismo, Jorge Juan y Santacilia, quien se formó en la “Academia de los Cavalleros Guardias-Marinas de Cádiz”, publicó en 1757 un famoso “Compendio de Navegación”, donde escribió que la navegación teórica: “enseña el modo de saber el camino que sigue y debe seguir la Nave por dilatados Mares, donde por mucho tiempo no se ve mas que Cielo y agua”.
Es curioso que tanto la palabra derrota como derrotero estén emparentadas con la raíz ruta (route, en francés). Por eso, derrota no significa solamente perder una batalla, sino romper y abrir un camino a través de algún obstáculo para seguir una ruta. Asimismo, derrotero era la guía, mapa o datos utilizados para navegar.
Volviendo al buen puerto, conviene recordar una carta enviada por Simone Weil al fraile Joseph Marie-Perrin, donde dijo:
“Lo que yo llamo buen puerto, como usted sabe, es la cruz. Si no me es dado merecer algún día la participación en la cruz de Cristo, sea, al menos, en la del buen ladrón. De todos los personajes, aparte de Cristo, que aparecen en el evangelio, el buen ladrón es con mucho al que más envidio. Haber estado junto a Cristo, en su misma situación, durante la crucifixión, me parece un privilegio mucho más envidiable que estar a su derecha en su gloria”.
¿Atiendo mi derrotero?