Vivimos en un ambiente de caos que, poco a poco, nos ha llevado a vivir en modo supervivencia. Nuestro entorno se siente desordenado e incierto, como si las reglas se hubieran debilitado y la ley del poder se impusiera sobre la vida cotidiana.
A diario nos encontramos con noticias de personas desaparecidas, extorsiones, violencias y escándalos políticos que erosionan la confianza y alimentan el miedo.
Esta avalancha de información no siempre coincide con lo que vivimos en nuestros barrios, trabajos o familias, pero sí deja una huella profunda: cansancio, desánimo y desconfianza.
Frente a esto, muchas personas optan por concentrarse solo en lo inmediato, en “salir adelante” como se pueda, reduciendo el horizonte a resistir el día a día.
Con el paso del tiempo, este contexto va agotando nuestras reservas de coraje. Nos acostumbramos a vivir cansados, a normalizar la violencia y la injusticia, a pensar que nada puede cambiar.
Poco a poco se debilitan los lazos comunitarios y cada quien se encierra en su propio mundo, muchas veces refugiado en lo virtual.
Más que vivir con sentido, sobrellevamos la vida. Evitamos mirar de frente los problemas comunes porque parecen demasiado grandes o lejanos. Así, la desilusión se vuelve costumbre y la esperanza parece un lujo que ya no podemos darnos.
para volver a mirarnos
Aceptar este desgaste no es rendirse. Al contrario, es un primer paso necesario. La falta de ilusión no es solo una pérdida, también es una señal de alerta.
Nos recuerda que necesitamos volver a encontrarnos, reconocernos en el otro y asumir que lo que nos duele no es solo personal, sino profundamente colectivo. Mejorar cuando entendemos que compartimos miedos, injusticias y anhelos, se abre la posibilidad de reconstruir.
Recuperar lo humano comienza por volver a mirarnos como personas y no como números, usuarios o enemigos. Comienza por escuchar y dejarnos tocar por la realidad del otro.
en lo cotidiano
Volver a un ambiente humano no requiere gestas heroicas. Empieza con pequeños actos: dialogar, organizarnos, cuidar el espacio común, defender la dignidad propia y ajena. Implica también cuestionar la costumbre de ceder derechos y silencios a cambio de una falsa tranquilidad.
Durante años hemos aceptado vivir con migajas de poder y de justicia, creyendo que no hay alternativa. Sin embargo, la esperanza no nace de negar el caos, sino de decidir que no queremos quedarnos atrapados en él. Recuperar lo humano es un acto de responsabilidad compartida.
De cara al 2026, el desafío es claro: pasar del sobrevivir al vivir con sentido. Esto implica fortalecer la participación ciudadana, reconstruir la confianza y volver a creer en la acción colectiva.
No se trata solo de exigir cambios a las instituciones, sino de asumir nuestro papel en la vida pública y comunitaria. El reto es dejar atrás el “sálvese quien pueda” y apostar por el “nadie se salva solo”.
Volver a tejer relaciones solidarias, recuperar la palabra, la escucha y el compromiso con lo común. Apostar por una ética que ponga la vida en el centro, incluso en medio de la incertidumbre.
de lo humano
Tal vez el mayor desafío de este nuevo tiempo sea atrevernos a creer nuevamente que otro modo de vivir es posible. Que el caos no es destino, sino contexto. Que la ilusión puede renacer cuando se comparte y se cuida.
En medio de este escenario complejo, recuperar lo humano es una forma de resistencia y de esperanza. Es reconocer que, incluso en los inviernos sociales más duros, sigue existiendo un “verano invencible” que nos impulsa a encontrarnos, a cuidarnos y a construir juntos un futuro con dignidad.
* Elio Villaseñor Gómez es director de Iniciativa Ciudadana para la Promoción del Diálogo A. C. (@Iniciativa_pcd).