Continuando con el tema de la columna anterior, que se tituló: Leer para vivir, hoy reflexionamos sobre el universo mágico y gozoso que nos descubre el maravilloso hábito de la lectura.
Marguerite Yourcenar, en su libro: ¿Qué? La eternidad, escribió: “Quisiera consignar un milagro trivial, del que uno no se da cuenta hasta después que ha pasado: el descubrimiento de la lectura. El día en que los veintiséis signos del alfabeto dejan de ser trazos incomprensibles en fila sobre un fondo blanco, arbitrariamente agrupados, y se convierten en una puerta de entrada que da a otros siglos, a otros países, a multitud de seres más numerosos de los que veremos en toda nuestra vida, a veces a una idea que cambiará las nuestras, a una noción que nos hará un poco mejores o, al menos, un poco menos ignorantes que ayer”.
Efectivamente, el descubrimiento de la lectura nos transforma e introduce en un fascinante y nuevo mundo, como aseguró Gustavo Martín Garzo, en su obra Elogio de la fragilidad:
“La realidad está enferma y necesitamos el elixir de esa flor misteriosa que sólo en los países imaginados florece. Sólo así nos curaremos de nuestro extravío. Necesitamos soñadoras de provincias, buscadores de perlas, bodas entre vivos y difuntos, niños que hablen con los animales, casas con siete tejados, cabezas que canten en un plato, ballenas blancas, artistas del hambre, lazarillos que nos devuelvan a los lugares de la abundancia y el deseo”.
Asimismo, agregó: “un cuento es mucho más que una novela. Las novelas hablan de lo que somos; los cuentos de lo que nos falta. Y al hacerlo nos ofrecen una segunda vida. Ése es el milagro de los cuentos, entregarnos la vida que la Bella Durmiente no pudo vivir”.
¿Descubro ese maravilloso mundo mágico?