Diálogo de los centauros

16/12/2021 04:13

    Este es el primero de los cinco cuentos en los que dialogo con los cinco grabados del pintor Kijano. Forma parte de la carpeta “Cuentos de centauros, carabelas y fantasmas, de irrealidades y otras delicias”:

    -Te dije que sólo nos robáramos el mandamiento No Fornicarás. Entre tantas prohibiciones ni lo habrían notado.

    -Sí, pero a mí no me importaban las reglas, sino las Tablas. Míralas qué bonitas: son unas esmeraldas en forma de prisma que colorean todo de verde. Somos ricos.

    -Ricos, pero andaremos a cuatro patas como siempre.

    Un hombre y una mujer habían robado las Tablas a Moisés y llevaban dos noches en su nueva condición de centauros. El cambio mismo no les desagradaba, pero, por primera vez, se sentían insatisfechos y no atinaban a saber la causa.

    -¿Te molesta ser un centauro?

    -No, no es eso, al contrario, me gusta ser mi propio caballo. Antes no podía correr de una loma a otra sin cansarme; creo que estamos mejor hechos, somos más veloces y más estables. Sin embargo...

    -Yo tampoco estoy contento, y eso que anoche descubrí las ventajas que tienen para el amor nuestros nuevos cuerpos. ¿Te acuerdas de anoche?

    -Sí: pesabas mucho.

    -¿Cómo que pesaba mucho? Pues si hasta relinchaste.

    -Bueno, sí, pero...

    -Te está creciendo una florecita azul.

    -Una florecita azul, ¿en dónde?

    -Pues una aquí y otra acá...

    -Ay... espérate, no empieces, no me toques. ¿Qué no ves que con el cuerpo duplicado siento más?

    -Yo también siento más. ¿Tú crees que esta transformación haya sido castigo?

    -No, para nada. Es que Moisés tenía que aparentar.

    -Pues, parecía muy enojado.

    -Pura farsa, estaba feliz. ¿Por qué crees que no se despertó cuando le sacamos las Tablas de la almohada? Quería perderlas; por eso se las enseñaba a todo el mundo y no se cansaba de elogiarlas: “que eran maravillosas”, “que eran valiosas”, “que eran divinas”.

    -Sí, tienes razón. Si las cacareaba tanto era para que se nos antojaran. Pero y entonces, ¿por qué nos transformó en centauros?

    -Pues ya te dije, fue para guardar las apariencias... acuérdate que allá arriba... y, además, ¿qué de malo tiene ser centauro?

    -De malo... de malo... no, pues, la verdad, no le encuentro lo malo; pero...

    -Yo tampoco se lo encuentro, pero hay algo que no me gusta...

    -¿Será que no vamos a poder sentarnos?, ¿que gastaremos el doble en zapatos?

    -No, a mí eso no me importa.

    -Pues a mí tampoco, pero, ¿entonces?

    Mientras los centauros buscaban una explicación, Moisés se reía y se frotaba las manos en su tienda; ya no se sentía en falta por ser tartamudo, ya no se sentía insatisfecho con su persona ni envidiaba las dotes de líder de su hermano: Me robaron los deberes, desde ahora sólo haré lo que me plazca. Pobres tontos, no saben lo que se robaron: sentirán la necesidad de parecerse a Dios y nunca tendrán la capacidad para lograrlo. Moisés se fue quedando dormido con un patriarcal gesto de satisfacción vacuna.