Diez días y no hay cambios

    Graciela Domínguez contará con un tiempo muy reducido para lograr cambios significativos en el oscuro paisaje contemporáneo de Sinaloa, pero se ha visto obligada a prometer el regreso de la paz al estado. No podría declarar otra cosa, pero los primeros días de su gobierno le están diciendo que no, que no basta con desear la paz

    A diez días de que Graciela Domínguez Nava asumiera el cargo de Gobernadora interina no ha habido cambios en el gabinete heredado. ¿Este hecho revela hasta dónde hay una real mudanza de mando al interior del Gobierno de Sinaloa y en Morena?

    La Oposición partidaria y numerosos comentaristas dentro y fuera del estado sostuvieron que no habría un verdadero relevo del rochismo porque Graciela, al ser vista como un cuadro político de esa fuerza, sólo sería la continuidad del poder de Batequitas.

    Otros pensamos que no necesariamente sería así porque la ex secretaria de Educación y ex Diputada, aunque había sido funcionaria del ex Gobernador no había nacido ni se había crecido políticamente a la sombra de él. Y que, además, en el momento en que el ex Gobernador había solicitado licencia por segunda ocasión, la rosarense había hecho suyo el discurso crítico de la Presidenta Sheinbaum al relevar a Rubén Rocha Moya.

    A poco más de una semana del relevo formal, donde las aguas parece que regresan al mismo cauce, habrá que hacerse varias preguntas y ensayar una mínima interpretación de lo que, al menos aparentemente, está pasando.

    Podría decirse, por un lado, que diez días son muy pocos para conocer el equipo de Gobierno y que, por lo tanto, habría que ser pacientes y esperar un poco más de tiempo para que la Gobernadora interina empiece a colocar sus piezas de ajedrez. Sí, es poco tiempo para empezar a mover alfiles, caballos y torres, o a la reina misma, pero algunos le podrían decir que también hay peones, y que ella los conoce a todos porque fue parte de este tablero.

    La postura de los analistas críticos de la 4T ha sido la de exigir cambios en el gabinete, sobre todo en los cargos más importantes, para que la Gobernadora interina demuestre su independencia y distancia de la herencia rochista. Si no fuese así, dicen, sólo estaría confirmando que hubo un cambio cosmético en el Tercer Piso y que el poder del rochismo continúa y es más real que nunca. Y tan es así que, además de no haber cambios en el gabinete, el Senador Enrique Inzunza, al margen de que renunció a la bancada morenista, fue recibido calurosamente por senadores como César Augusto López y el siempre iracundo y polémico Noroña, y sigue haciendo trabajo legislativo conjunto con los morenos. Es decir, hay indicios importantes de que al rochismo dentro y fuera de Sinaloa se le seguirá respaldando. Los vientos podrían cambiar, entre otros, alguno proveniente del Norte, pero hasta ahora el panorama así es.

    Graciela Domínguez contará con un tiempo muy reducido para lograr cambios significativos en el oscuro paisaje contemporáneo de Sinaloa, pero se ha visto obligada a prometer el regreso de la paz al estado. No podría declarar otra cosa, pero los primeros días de su gobierno le están diciendo que no, que no basta con desear la paz. La realidad es brutalmente más compleja y profunda que un discurso obligado ante la ciudadanía. Al mismo tiempo, los ciudadanos, empezando con los dirigentes empresariales más exigentes, deberían tener los pies más firmes en la tierra y dejar de pedir metas irrealizables en un periodo tan limitado.

    Si acaso se podría regresar a la pax narca anterior a septiembre de 2024 si en las próximas semanas o meses uno de los bandos en guerra logra derrotar o al menos someter al otro. Pedir otra cosa es una ingenuidad ante organizaciones criminales transnacionales y que han penetrado al Estado mexicano por lo menos desde hace cinco décadas.

    Lo que no sabemos aún es si Palacio Nacional va a seguir combatiendo a las organizaciones criminales al grado de impedir que se rompan los vínculos con las elites, militares, policiales y políticas que las hicieron empoderarse en México como probablemente no ha sucedido en ningún otro país del mundo. En Colombia, no se liquidó a los cárteles de la coca, pero el poder político que alcanzaron durante los años de Pablo Escobar no se ha vuelto a repetir y los niveles de violencia se redujeron.

    Si hubiese una estrategia anticriminal bien definida y un plan de gobierno más o menos claro para el próximo sexenio, Graciela Domínguez, ante la eventualidad de un posible triunfo de Morena según dictan hasta el momento las encuestas, debería de trabajar en mancuerna con Imelda Castro para desde ahora, ir definiendo, por lo menos, las políticas de seguridad y recuperación económica. Sólo planes de mediano y largo plano, aunque haya necesidad de algunas medidas inmediatas, apuntaladas por el Gobierno federal, podrían obtener resultados positivos en los próximos siete años que conjuntarían las dos lideresas políticas.

    Para que esto sea posible, la mano presidencial, así como se inclinó por Imelda Castro, debe definir a quién apoya políticamente en Sinaloa.

    Sin embargo, hasta donde se ven las cosas en la primera semana de septiembre, pareciera que Palacio Nacional y Palenque nuevamente acordaron que debe mantenerse “la unidad” morenista, la cual, en Sinaloa, a pesar de haberle exigido a Rocha Moya la licencia, implicaría que, tanto Graciela como Imelda, mantengan acuerdos con el rochismo.

    No obstante, el panorama podría cambiar radicalmente, si la variable trumpiana decide ya no tan sólo presionar sino con actuar más radicalmente con una medida que desarme los acuerdos de la 4T en Sinaloa. Y eso podría ser antes de las elecciones gringas de noviembre.