Donde el odio encuentra compañía

06/10/2026 04:02
    Frente a lo ocurrido en Torreón, además de preguntarnos cómo evitamos que nuestros hijos encuentren comunidades construidas alrededor del odio, habría que preguntarnos, ¿qué comunidades estamos construyendo nosotros para recibirlos?

    Esta semana, una escuela en Torreón volvió a convertirse en escenario de una tragedia. Dos jóvenes de 18 años, hermanos y ex alumnos del plantel, ingresaron a una secundaria armados, una subdirectora murió y varias personas resultaron heridas.

    La noticia es terrible por sí misma pero hay un elemento alrededor de la investigación que me parece particularmente inquietante, los jóvenes habrían consumido contenido relacionado con ataques escolares anteriores y participado en espacios digitales donde este tipo de violencia se comparte, se comenta y, en algunos casos, se glorifica.

    No sabemos todavía todo lo que ocurrió ni sería responsable intentar explicar desde lejos qué llevó a dos personas a cometer un acto semejante, pero el caso abre una pregunta que va mucho más allá de Torreón, ¿qué pasa cuando el odio encuentra compañía?

    Porque el odio no nació con internet, siempre han existido personas que odian la escuela, a las mujeres, a los extranjeros, a quienes tienen otra religión, otro color de piel, otra orientación sexual o simplemente otra manera de entender el mundo; siempre han existido también personas frustradas, solitarias, resentidas o convencidas de que alguien más tiene la culpa de aquello que no funciona en sus vidas, lo que cambió es nuestra capacidad para encontrarnos. Hace algunas décadas, alguien podía desarrollar un profundo resentimiento hacia las mujeres y probablemente cargar con él dentro de un círculo relativamente pequeño, hoy puede escribir unas cuantas palabras en un buscador y encontrar miles de personas dispuestas a explicarle que tiene razón; el joven que odia la escuela puede encontrar otros que también la odian; el hombre resentido con las mujeres puede encontrar una comunidad que le explique que ellas son responsables de su frustración; quien culpa a los migrantes de sus problemas puede encontrar videos, cifras sacadas de contexto y testimonios cuidadosamente seleccionados que confirmen exactamente lo que ya pensaba; quien comienza desconfiando de determinados derechos puede terminar en espacios donde esos derechos son presentados como una amenaza y entonces ocurre algo profundamente humano y, al mismo tiempo, profundamente peligroso, el odio deja de sentirse como odio y empieza a sentirse como pertenencia, ese es quizá el fenómeno que deberíamos intentar comprender.

    Las personas no necesariamente llegan a esos espacios buscando convertirse en violentas, muchas veces llegan buscando respuestas, buscando una explicación para su frustración, buscando alguien que les diga que no están solas, buscando comunidad y encuentran una. Una comunidad que poco a poco construye su propio lenguaje, sus bromas, sus símbolos, sus héroes y, sobre todo, sus enemigos, porque pocas cosas unen tanto a un grupo como tener alguien a quien culpar.

    Después aparece otro elemento de nuestro tiempo, los algoritmos. No porque detrás de una pantalla exista alguien decidiendo deliberadamente radicalizar a un adolescente, sino porque hemos construido sistemas cuyo negocio depende, en buena medida, de mantener nuestra atención y pocas cosas capturan mejor nuestra atención que aquello que nos indigna, nos asusta o confirma nuestras sospechas.

    Una búsqueda lleva a otra, un video recomienda el siguiente, una explicación moderada puede conducir a otra más extrema y lentamente podemos terminar habitando una realidad en la que prácticamente todos parecen pensar como nosotros, entonces nuestras ideas dejan de parecer ideas, empiezan a parecernos verdades evidentes, por eso quizá el problema del odio contemporáneo no es solamente que exista, es que ahora puede encontrarse, puede reconocerse, puede organizarse, puede tener un nombre, una estética, un vocabulario y miles de personas repitiendo el mismo mensaje, puede tener altavoces, pero sería demasiado cómodo terminar culpando a internet, porque todavía queda una pregunta mucho más difícil, ¿por qué alguien necesita tanto pertenecer a esos lugares?

    Tal vez llevamos demasiado tiempo preocupados por lo que nuestros hijos consumen en internet y demasiado poco por aquello que están buscando cuando entran ahí, quizá detrás de algunas de esas búsquedas exista algo mucho más sencillo y antiguo que cualquier algoritmo, la necesidad de ser visto, de ser escuchado, de sentir que uno pertenece a algún lugar y si nosotros no construimos esos lugares, alguien más lo hará.

    Por eso, frente a lo ocurrido en Torreón, además de preguntarnos cómo evitamos que nuestros hijos encuentren comunidades construidas alrededor del odio, habría que preguntarnos, ¿qué comunidades estamos construyendo nosotros para recibirlos?

    Hace algunas semanas escribí que deberíamos intentar mirar a todos los niños como si fueran nuestros hijos, quizá esto también significa ocuparnos de ellos antes de que aparezcan en las noticias, antes del odio, antes de la violencia, antes de que alguien, desde algún rincón de internet, les ofrezca algo que nosotros no supimos ofrecerles, un lugar al cual pertenecer.

    Gracias por leer hasta aquí, nos leemos pronto.

    Es cuánto.