Es un hermoso domingo de vacaciones en Mazatlán. Es Semana Santa. El cielo está despejado y el calor del sol se mezcla con una fresca brisa marina. Es un día perfecto para alguna actividad al aire libre, pero hay algo que me llama la atención: no hay niños en la calle jugando. Mis hijas, de 8 y 13 años, en lugar de estar afuera haciendo travesuras, permanecen hipnotizadas frente a una tableta electrónica.
No puedo evitar pensar qué estaría haciendo yo en un día como este a su edad. Para muchos de nosotros, que fuimos niños hace 30 o 40 años, aquellas vacaciones significaban días de libertad y una calle convertida en el gran escenario de la aventura. El barrio entero era nuestro territorio.
Desde temprano salíamos con una pelota bajo el brazo o una bolsa de canicas en el bolsillo. Jugábamos futbol o beisbol improvisado en la cuadra, las carreras en bicicleta, el trompo, las escondidas o, simplemente, con la disposición de correr hasta que cayera la noche.
Pero incluso en esa nostalgia conviene reconocer una diferencia que a veces el recuerdo romantiza: no todos jugábamos de la misma manera, porque tampoco todos habitábamos el mismo mundo social. Para quienes crecimos en colonias populares, la diversión estaba afuera. La calle funcionaba como punto de encuentro donde la imaginación suplía la falta de recursos. Una pelota y dos piedras como portería, por ejemplo, bastaban para pasar la tarde.
En cambio, aquellos a quienes entonces llamábamos, con cierta mezcla de distancia y celos, “fresas”, vivían otra infancia. Su territorio lúdico estaba dentro de casa: el Atari, el Nintendo, la televisión por cable, juguetes más sofisticados. Mientras unos gastábamos la suela de las chanclas sobre el pavimento, otros descubrían mundos digitales frente a una pantalla. La clase social ya marcaba entonces la manera de jugar.
Lo interesante es que hoy esa frontera parece haberse borrado. La masificación tecnológica democratizó el acceso a los dispositivos. Lo que en los años 80 era privilegio de unos cuantos, hoy está al alcance de la mayoría: teléfonos inteligentes, tabletas, videojuegos en línea, redes sociales e internet acompañan a los niños desde edades cada vez más tempranas.
Sin embargo, esa aparente democratización también produjo un desplazamiento: la calle dejó de ser el centro de la infancia. Claro que hay numerables excepciones, pero hoy las calles y banquetas parecen estar vacías. Es que la niñez de hoy se vive hiperconectada. Se juega, pero en línea; se conversa con otros niños, pero por audífonos, y se compite con otros que quizá están al otro lado del mundo.
Y hay un factor más duro y doloroso: la violencia. Si antes la calle era sinónimo de libertad, hoy para muchas familias representa incertidumbre. Padres y madres prefieren a sus hijos dentro de casa, conectados a internet, antes que expuestos a un entorno donde la inseguridad, el tráfico vehicular y la violencia cotidiana convierten el espacio público en una amenaza.
Quizá por eso, cuando los adultos de mediana edad recordamos aquellas vacaciones de la infancia, sentimos nostalgia por aquellos juegos físicos, por aquellos amigos, y por una forma más libre de habitar el mundo, sin pantallas y sin miedo.
Es cuanto...