Tenía unos 6 años, igual que mi hermana. Mi hermano apenas iba a cumplir 2 y aunque no sabía pronunciar muchas palabras, siempre entendíamos lo que trataba de decirnos por medio de sonidos o ademanes. Era todavía un bebé.
Recuerdo que ya íbamos a cumplir un año viviendo en esa casa, en la Colonia El Palmito, en Culiacán.
Estaba a media cuadra de los tanques de Petróleos Mexicanos y era muy grande. Siempre pensé que debía sentirme feliz porque tenía dos patios enormes para correr y jugar con mi hermana o vecinitos. Sin embargo, no era así. Desde el momento en que mis padres decidieron rentar esa casa, sentí mucho miedo. Más tarde, pánico.
El día de la mudanza mi madre nos decía que debíamos sentirnos felices al cambiar de domicilio, pues representa comenzar una nueva aventura.
Además, a diferencia de la casa que dejábamos, esta era mucho más espaciosa y tendríamos un cuarto enorme para nosotros y nuestros juguetes.
No imaginamos que la vida no sería tan bonita. Pronto los muebles comenzarían a deteriorarse por las constantes caídas sin razón.
Mi madre adoraba un comedor de madera de ocho sillas, que hacía juego con un trinchador. No recuerdo cuántas veces se inclinaron las patas de la mesa, cayendo ésta como si fuese de papel.
Lo mismo ocurriría poco tiempo después con el trinchador, un enorme mueble en el que mi madre dejó de acomodar vajillas, pues incontables ocasiones se iba de frente.
Aunque no encontrábamos explicación, pasados dos meses la situación se volvió casi cotidiana, hasta que escaló a otras partes de la casa.
Un día era la mesa de centro de la sala, otro día la cómoda del cuarto de mis padres, en la que hubo necesidad de no colocar más televisores, pues al menos dos en blanco y negro y otro a color, quedaron casi inservibles por las caídas.
La única vez que vi llorar a mi padre fue cuando la puerta del refrigerador se desprendió y golpeó directamente en el rostro de mi madre, dejándole una parte inflamada.
La única habitación que parecía segura, era en la dormíamos mi hermana y yo, y que daba hacia la calle Tarahumaras.
Hasta que un día, en el que estando solo en casa, mi papá escuchó ruidos y al acercarse, vio cómo se movían y hasta interactuaban los «pelones», dos muñecos idénticos que teníamos mi hermana y yo, y que estaban muy de moda en esa época, se caracterizaban por tener solo un mechón de cabello.
Según mi papá, dudó en darnos esa noticia, pero al mismo tiempo temía que sus hijas jugaran con muñecos poseídos.
Ese sería el primer suceso en ese cuarto, le seguirían caídas de cuadros infantiles que colgaban en las paredes, y puertas del clóset. Ninguno tan atemorizante como el incendio que casi acaba con mis hermanos y conmigo.
Era de madrugada. Desperté por fuertes jalones, casi golpes y gritos de muchas personas desconocidas y comencé a toser. Cuando pude percatarme de lo que ocurría, el cuarto estaba lleno de humo, veía correr a mi padre, del baño al cuarto con cubetas llenas de agua. Alguien más intentaba apagar el fuego de la ventana desde el exterior. Eran vecinos que intentaban ayudar y gritaban desesperados: ¡Cuidado con los niños! ¡Los niños! ¡Quiten a los niños! Se quemaban la ventana, la cortina y un abanico comenzaba a arder.
Yo seguía muy confundida y volteé a ver a mi hermano. Él a su vez miraba fijamente una silla de madera que en el medio del respaldo tenía el logotipo del refresco 7Up. Alcancé a ver una luz que parecía salir de ahí, pero pensé que de alguna manera se reflejaba el fuego en ella. Mi hermano volteó a verme y mientras lo jalaba del bracito para sacarlo de la recámara, intentaba juntar ambas manitas, queriendo decir algo. Señalaba la silla y juntaba sus manos en señal de oración. A su manera decía que había visto a la Virgencita de Guadalupe en esa silla. Ahora, a sus casi 30 años, asegura que aún lo recuerda.
La situación no era fácil en casa. Mi padre no tenía un buen ingreso, de manera que resultaba complicado abandonar esa casa en lo inmediato. Afortunadamente, los sucesos inexplicables se hicieron cada vez menos frecuentes. Calculo que fue dos años después cuando logramos mudarnos a otro sector, dejamos prácticamente todos los muebles en esa casa. La vida parecía más fácil, más ligera y sobre todo, más tranquila.
nos pegó mi abuelo
Mis abuelos vivían en una casa amplia, al sur de Culiacán.
Eran dos adultos mayores muy renegados, peleaban mucho entre ellos, pero a mí me gusta pensar que era la manera en que se demostraban amor.
Para ellos era normal vivir así: un día uno renegaba porque el otro no se había tomado su medicina, luego el otro renegaba porque uno no quería comer, o porque alguno de los dos comía muchos dulces.
Recuerdo que mi abuelo casi no podía caminar, por eso es que hijos o nietos lo ayudábamos siempre a levantarse. Era tan terco que a veces se caía de la cama por intentar levantarse solo.
Uno de esos días estaba en su recámara, y mi abuela platicaba con una de mis tías en la habitación de al lado. Ahí fue cuando nos dio el último susto.
¡Vieja, vieja! ¡Ven!, gritó asustado.
Mi abuela llegó lo más rápido que pudo al cuarto de mi abuelo. Lo vio y, al modo, en tono regañón le gritó: ¿Qué quieres, pues?
¡Ahí, ahí!, dijo desesperado.
Él estaba sentado, pegado al respaldo de la cama, con las piernas en posición de flor de loto. Tenía los ojos muy abiertos y señalaba el otro extremo de la cama.
¿Ahí, qué?, le preguntaba la abuela.
¡Ahí está la muerte! ¡Que ya viene por mí, que me quiere llevar!, dijo.
¡Yo no veo nada, estás loco!, le dijo mi abuela para tranquilizarlo.
Nunca lo había visto tan asustado.
Si no es porque yo misma lo vi con las piernas tan dobladas, no le hubiera creído; supongo que mi abuela pensó lo mismo porque corrió por el teléfono para marcarle a mis tíos y a mi papá.
Vengan, su papá dice que ve a la muerte, les dijo.
Mi papá condujo rápido y hasta se pasó varios semáforos en rojo, llegó lo más pronto que pudo y se lo llevó a la clínica.
Mi abuelo seguía muy serio y muy asustado; en la clínica dijeron que ahí no podían atenderlo, que al parecer era un problema en el corazón y tenían que llevarlo de emergencia en ambulancia al hospital del Seguro Social, al que está en frente del estadio de los Tomateros.
Mientras llegaban por él, mi abuelo quiso ir al baño.
Mi papá y otro tío lo levantaron y lo ayudaron a ir, pero cuando lo llevaban me pareció que lucía muy pálido, amarillo. Luego los escuché a ellos decir lo mismo.
Unos minutos después subieron a mi abuelo a la ambulancia y esa fue la última vez que lo vi con vida.
No sé si realmente mi abuelo vio a la muerte o si fue sólo su imaginación, pero lo que sí sé es que ver o imaginar a la muerte fue lo último que hizo mi abuelo, como Macario.