Dos títulos en este mes de los libros

EL OCTAVO DÍA
08/11/2026 04:02
    Quisiera mencionar dos títulos de autores sinaloenses que se presentan en la feria del libro de Culiacán y tocan temas cercanos a nuestra identidad. No pertenecen a los grandes grupos editoriales, los cuales también están presentes

    Esta semana inicia la feria del libro de Culiacán y pronto la de Los Mochis: dos sanos y grandes proyectos que nunca podrán ser en vano por su aportación directa al fomento a la lectura y la animación cultural.

    Leer es el ejercicio del cerebro, el yoga de la imaginación. Comprar libros siempre será una inversión sobrenatural, tangible e intangible.

    Quisiera mencionar dos títulos de autores sinaloenses que ahí se presentan y tocan temas cercanos a nuestra identidad. No pertenecen a los grandes grupos editoriales, los cuales también están presentes.

    Uno es el del poeta Felipe Mendoza Guerrero y tiene el título directo de “Narraciones ordinarias”, y no le tiene miedo a este último adjetivo.

    Lo ordinal en literatura y gramática es el orden, la sucesión programada y definida de una serie de asuntos. Con “Narraciones ordinarias”, Felipe Mendoza no le teme a la palabra y lo demuestra desde el título, sin afán de provocación.

    Conozco y leo al autor de hace muchos años y sé que nunca deja fuera de sitio la menor palabra. En nuestro México profundo -que no es necesariamente el rural- la palabra ordinario se ha vuelto un despectivo atroz, que no existe en ingles, donde ordinary es un adjetivo neutro para gente común.

    En cambio, en el petrificado idioma español de los libros de derecho canónico, el ordinario es el nombre con el que se define a la dignidad del obispo local.

    Desde el titulo de la primera narración “Se hizo de ella”, Felipe ya rescata nuestros formas de diálogo aun con los ecos del Siglo de Oro español y el lenguaje de nuestra gente de campo, apto para decir lo directo o invocar el eufemismo.

    Ese lenguaje que retumba en Culiacán lo mismo en las esquinas urbanas que en las asambleas de partido. El Sinaloa nuestro que suena y resuena en concierto sin orden y desconcierto.

    La prosa, la poesía y la verbalidad de Felipe Mendoza son directas y contundentes. Se escribe desde la entraña, desde el estilo entrenado que sabe alejarse de los artificios y los ideales ficticios de los narradores: la suya es una cuidada prosa de poeta que sabe abrir paso a golpe de guadaña y fuego por el proceloso sendero de la narrativa. Rulfo es su guía.

    Como poeta juguetón y provocador, Felipe Mendoza nos acostumbró a sus primeros lectores a su capacidad de saber sorprender y prender el interés. Ahora en la ruta del narrador nos revela que sabe contar y cantar, como decía Octavio Paz.

    Nuestro autor posee experiencias vitales que no solo domina al trasladarlas, sino que nos hace sentirnos en la brasa, ante las chispas de su fogata, el fuego inicial de todos los mundos en manos de un nuevo Prometeo.

    El libro se presenta este jueves 12 a las 4 de la tarde en el Museo Interactivo de las Adicciones, en el Modular Inés Arredondo en Culiacán y lo acompaña el escritor Juan Manuel Manjarrez, también orgulloso hijo de San Ignacio.

    Sobrevivir a los setenta

    Otro libro que quiero mencionar es “De vez en cuando la vida”, debut de Vladimir Ramírez Aldapa, novela de tesis y bildungsroman, palabra que inventaron los alemanes para definir a las historias que nos cuentan la construcción total de una vida y sus avatares.

    De entrada, comento que es una novela que hacía falta: narra la vida de no pocos sinaloenses que vivieron ese periplo de la comunidad rural a la ciudad, la universidad, el primer amor, la militancia clandestina y los mil detalles de esa época. No pocos amigos que he conocido, incluso en Mazatlán que provenían del norte, pasaron por ese cruce del mar Rojo que es irse a vivir a Culiacán y a veces luego a la Ciudad de México, sin volver del todo a su Ithaka.

    Anteriormente, el tema sólo lo había tocado de manera tangencial César López Cuadras en un capítulo de una de sus novelas. Aquí el asunto está tinto en la corriente sanguínea de los años setenta y la transición rural a volverse contemporáneo de todos los hombres.

    Me acordé del ingeniero José Antonio Malacón, de quien se decía con respeto que él apoyó el Centro de Estudios en Surutato de manera especial por un asunto nodal: la gente se quejaba que los hijos se iban a Culiacán a estudiar y ya no volvían o regresaban muy, muy cambiados.

    Esa noción no es producto de un paternalismo. Sociedades europeas y estadounidenses tienen vigorosas comunidades rurales autosuficientes o que reciben apoyos para que se mantengan si enfrentan crisis.

    Sinaloa comienza en la sierra y en las costas, pero su corazón está repartido en cada uno de nosotros.

    Un problema serio nuestro es la migración forzada o especulativa de la gente del campo, la cual se cansa de que todos sus valores sean improductivos y tratan de encontrar en la dinámica de la clase media aspiracional un ascenso y eso fue un vector que marcó el tiempo de los setenta.

    El libro de Vladimir vas más allá de eso y narra el periplo personal de un joven llamado “Chemaría”, atrapado en ese Sinaloa en espiral desatada del pasado que aún se sigue retorciendo, mordiéndose la cola y también a nosotros.

    Como decía Boris Pasternak en una Carta a su padre.

    “Me he convertido en una partícula de mi tiempo y del Estado, cuyos intereses se han convertido en los míos”.

    Para algunos ir y venir a la ciudad era el Politécnico, la UNAM, la soledad, la guerrilla, la cárcel de Lecumberri o la triste burocracia, otra forma de prisión.

    El libro se presenta este lunes 9 de noviembre a las 3 tarde en el auditorio del Modular Inés Arredondo en Culiacán, mismo escenario del anterior.

    Por favor apoye a estos autores sinaloense con sus asistencia y lectura de sus libros, así como a los demás participantes de esta nutriente experiencia.

    No he exagerado sus cualidades. Pero tampoco señalé sus defectos o posibles errores que uno encuentra durante el encuentro de la lectura. Eso ya les corresponde a los críticos literarios y a los lectores.

    Yo solo aquí he venido a compartir una pasión, como decía don Juan José Arreola. Acérquese e incéndiese con los libros.