Educación a ciegas: las consecuencias de no medir los aprendizajes

02/04/2026 04:02
    En una entidad atravesada por violencia, interrupciones escolares y afectaciones constantes a la vida cotidiana, hablar de recuperación de aprendizajes sin mecanismos claros para medir resultados es quedarse a medio camino.

    En México hay preguntas básicas sobre educación que hoy no podemos responder con claridad. ¿Sabemos si las y los estudiantes realmente están aprendiendo en la escuela? ¿Sabemos si las estrategias de recuperación de aprendizajes están dando resultados? ¿Podemos afirmar con seriedad que la Nueva Escuela Mexicana está mejorando la lectura, la escritura o las matemáticas? ¿Tenemos forma de saber si las brechas se están reduciendo o siguen creciendo? Hoy, la respuesta a muchas de estas preguntas es incómoda: no lo sabemos, y no porque este tema sea poco relevante, sino porque dejamos de contar con evaluaciones nacionales y comparables en el tiempo para medir los aprendizajes.

    Durante años, la evaluación se volvió una palabra incómoda y controvertida, cargada de prejuicios y resistencias. Sin embargo, eso no le quitó su valor como herramienta indispensable para el sistema educativo. Evaluar los aprendizajes permite conocer qué están aprendiendo los estudiantes, identificar rezagos y brechas, orientar decisiones, ajustar estrategias, priorizar apoyos, dar seguimiento a las intervenciones y exigir resultados. Permite distinguir entre lo que realmente funciona y discursos basados en intuiciones, expectativas o buenas intenciones.

    Quienes piensan que dejar de medir los aprendizajes soluciona el problema están en un error. El hecho de que dejen de medirse no quiere decir que no existan; las desigualdades no se reducen porque falten instrumentos para nombrarlas. Al contrario: cuando no hay diagnósticos claros, lo más probable es que las fallas se acumulen en silencio y que la urgencia por atenderlas pierda fuerza. Por eso la evaluación de los aprendizajes importa, no porque resuelva por sí misma el problema, sino porque permite identificar lo que está fallando y lo que necesita corregirse.

    Es incongruente hablar de la mejora de los aprendizajes de niñas, niños y jóvenes, pero saber cada vez menos sobre aquello que supuestamente se quiere mejorar. Ahí está una de las malas decisiones de los últimos años: el debilitamiento y la eliminación de instituciones que medían los aprendizajes, la limitación de las fuentes de información y la reducción de las herramientas y capacidades del Estado para conocer con mayor precisión qué está ocurriendo en el sistema educativo.

    La contradicción es evidente. México tiene una Nueva Escuela Mexicana, con una narrativa y una apuesta pedagógica distinta, pero al mismo tiempo tiene menos claridad para responder la pregunta más importante: ¿qué efectos están teniendo esos cambios en los aprendizajes? ¿Hubo avances? ¿Se fortalecieron la comprensión lectora y el razonamiento matemático? ¿Se redujeron brechas? Hoy no tenemos una respuesta suficientemente sólida para afirmarlo con seriedad. El problema no es querer cambiar; el problema es impulsar cambios sin conservar las herramientas que permiten saber si realmente están dando resultados.

    En Sinaloa, esta ausencia pesa todavía más. En una entidad atravesada por violencia, interrupciones escolares y afectaciones constantes a la vida cotidiana, hablar de recuperación de aprendizajes sin mecanismos claros para medir resultados es quedarse a medio camino. Los últimos datos disponibles de Mejoredu mostraron resultados preocupantes en lectura y matemáticas. Aun así, parecería más cómodo mirar hacia otro lado: sin evidencia disminuye la presión para corregir y los hechos corren el riesgo de hundirse en la retórica.

    Cuando un país deja de medir aprendizajes de manera sistemática, transparente y comparable en el tiempo, la política educativa pierde capacidad para distinguir entre lo urgente y lo importante, entre lo que funciona y lo que no, entre el discurso y la realidad. Debe quedar claro que no se mejora la educación sabiendo menos sobre ella. Renunciar a la medición de los aprendizajes no es una omisión menor, es una decisión equivocada e irresponsable, porque decidir ignorar lo que están aprendiendo los estudiantes es, en el fondo, renunciar también a corregir el rumbo.