Para celebrar sus ochenta años, Donald Trump convirtió el patio de la Casa Blanca en un ring de lucha libre. Ahí donde se han firmado acuerdos internacionales, ahí donde se han escenificado encuentros históricos con jefes de Estado, donde se ha dado solemnidad a la firma de leyes, el Presidente instaló una jaula de ocho esquinas para su entretenimiento personal. La Oficina Oval se convirtió en vestidor de luchadores. Un coliseo para divertir al flamante octogenario. El retrato perfecto de la ética y la estética de su populismo. Gilles Lipovetsky, uno de los más agudos observadores de la sensibilidad contemporánea ha visto en ese deporte innoble el mejor ejemplo de la artificialidad y la simulación, “una parodia de enfrentamiento que no engaña a nadie.” Atuendos estrafalarios, acrobacias, payasadas que glorifican la violencia y la fanfarronada. Esa parodia de la que se burla el ensayista francés tiene, sin embargo, una función innegable: condensar en un circo una visión de la política.
El costo de la fiesta lo pagaron involuntariamente los contribuyentes. 60 millones de dólares costó el numerito. Aviones de las fuerzas armadas sobrevolaron la casa presidencial. Todo el escenario cubierto por los colores de la bandera del país que en estos días cumple 250 años. Los billonarios acudieron a la carpa para rendirle pleitesía al César. Pero un festejo de Trump no tiene sentido si no hay ahí negocio para sacar tajada. A los ochenta años, el Presidente no pierde el tiempo simulando decoro. Su fiesta fue desfile de la más descarada corrupción. Uno de los templos arquitectónicos de la república, cubierto con anuncios de los patrocinadores del evento. Publicidad de casinos de criptomonedas y de cerveza en el patio de la Casa Blanca. Algunos luchadores recibieron pago en una criptomoneda que pertenece a la familia Trump. No hay inmoralidad alguna, dijo un portavoz de la Casa Blanca: son los hijos del Presidente quienes controlan esa empresa, no el Presidente mismo. La coartada de la inmoralidad en el populismo es el descaro. La corrupción no se esconde: se exhibe orgullosamente.
El populismo de derecha que se expande por el continente bajo la guía de Trump no es solamente un discurso de polarización, es también teatro, ceremonia y gesto. Poderosas condensaciones de una filosofía política alérgica a la complejidad. Cada líder del populismo de derecha ha construido su propio signo: un objeto, un espectáculo, un gesto, un espacio que condensa su idea de poder sin apelar al argumento. Una de las señas de identificación más potentes de Jair Bolsonaro en Brasil fue la pistola que hacía con sus manos. Pulgar hacia arriba, índice hacia el frente. La mano del dirigente en la plaza pública dándole forma a un arma. La “pistolinha” que Bolsonaro mostraba en sus eventos y que los seguidores imitaban por todos lados resumía con toda claridad una idea de poder. El arma ceremonial de Milei cumplió una función semejante. Una herramienta de poda que habría de reducir al Estado a su expresión mínima. Amputar ministerios, clausurar programas, eliminar órganos del gobierno con un aparato estruendoso y afilado. La motosierra de Milei se convirtió en el símbolo internacional del furor ideológico de la derecha libertaria. Para Bukele el emblema ha sido un espacio deshumanizante: la cárcel gigantesca que convierte a las personas en bultos. Producción en serie de animales rapados y desnudos vigilados por gendarmes. La estética del poder total que somete cuerpos, la escenografía de la disciplina externa, la exhibición de la sumisión absoluta. Y el colombiano que acaba de ganar la Presidencia ofreciendo “destripar” a la izquierda como lo haría un tigre con su presa. Hacer del gobierno una fiera y sellar ese símbolo en el cuerpo de sus simpatizantes. Un camión de tatuajes ofrecía tatuajes gratis a los seguidores de De la Espriella. Llevar el tigre no en la bandera del partido, sino en el brazo o en la espalda del militante.
Valdría la pena detenerse en los artificios estéticos del populismo que, por supuesto, no se quedan solamente en la banda derecha. Los llamados del populismo de izquierda podrán usar otros símbolos, pero su código es el mismo. Estimular la polarización con gestos y símbolos, exacerbar los sentimientos de odio y resentimiento, hacer de la identidad un cuerpo en guerra.