Recuerdo en mi infancia cuando fui al cine para ver la película “El Coloso de Rodas”, primer largometraje filmado por el director Sergio Leone en 1961, antes de encontrar la veta de los filmes “Spaghetti Western” que le brindaron tanto éxito y fama. Fue una película del género llamado “Péplum”, traducido como “espada y sandalia”, que transmitían épicas aventuras bíblicas, históricas o mitológicas.
En mi adolescencia, avecindado en Culiacán, me topé con una ruta de camiones urbanos llamada “Coloso”, que en su recorrido cubría el tramo donde estaba ubicada la antigua fábrica de tejidos “El Coloso de Rodas”, famosa empresa fundada en 1850 por la familia De la Vega. En 1864 pasó a la familia Redo, debido al matrimonio de Alejandra De la Vega con Joaquín Redo.
Los 220 trabajadores y sus familias vivían en casas construidas por la empresa, en lo que se llamó el Barrio del Coloso. Sin embargo, el 3 de junio de 1911 fue incendiada la fábrica, junto con el ingenio azucarero La Aurora, por las tropas maderistas al mando de Ramón F. Iturbe.
Alcanzar lo colosal ha sido siempre una aspiración del ser humano, como lo demuestra también el ejemplo de la escritora Emma Lazarus, quien escribió en 1883 un poema, titulado “El Nuevo Coloso”, que se colocó en el pedestal de La Estatua de la Libertad (émulo del Coloso de Rodas), que donó Francia a Estados Unidos para conmemorar el centenario de su independencia.
El texto, en claro contraste con la política antiinmigrante de Donald Trump, dice: “Dadme a vuestros cansados, a vuestros pobres. Tus masas hacinadas anhelan respirar libres, los miserables desechos de tu costa superpoblada. Envíenme a éstos, los sin hogar, azotados por la tempestad. ¡Alzo mi lámpara junto a la puerta dorada!”.
¿Persigo lo colosal?