El derribar, alzar o mover estatuas como marketing político
Hay gobiernos que son iconoclastas en el sentido real de la palabra. Dos de nuestros estados vecinos, Durango y Nayarit, hoy están en polémica urbana por la remoción de unas estatuas de alto simbolismo para la población... todo debido a extrañas decisiones políticas.
Según la Real Academia, un iconoclasta es un “seguidor de una corriente que en el Siglo VIII negaba el culto a las imágenes sagradas, las destruía y perseguía a quienes las veneraban”.
El concepto se aplica hoy a los enemigos del culto cívico a las estatuas; ya vimos los casos de la caída de los monumentos a Lenin y Stalin en la Rusia Soviética y, no hace tanto tiempo, a Cristóbal Colón en el México transformista de hoy.
Al sur de Sinaloa, la gente se pregunta qué pasará con la “Hermana Agua”, una polémica estatua basada en un poema de Amado Nervo que fue removida en Tepic.
El actual gobierno de Nayarit busca una nueva ubicación para la pieza, mientras que la glorieta donde se ubicaba se transformará en un homenaje a la identidad étnica con una nueva representación de una familia na’ayeri.
La obra fue retirada el pasado fin de semana y en su lugar se colocó una escultura que representa a una familia Na’ayeri (Cora), con el objetivo —según explicó el mandatario estatal — de enaltecer a la familia y las raíces étnicas de la entidad. Cito su explicación:
“Ahí se busca hacer la glorieta Nayarit. En unos pocos años será un punto muy visitado por propios y extranjeros, y Tepic, de manera particular, será visitada por personas que se desplacen del centro-norte y centro-sur hacia nuestro estado”.
Los datos históricos de la “Hermana Agua” nos dicen que fue colocada en esa glorieta en 2007 y fue creada por el escultor Andrés Castillo, inspirándose en el poema del mismo nombre del poeta nayarita Amado Nervo.
Originalmente existió otra escultura con la misma temática en el sitio donde hoy se encuentra el Teatro del Pueblo de Tepic, en las inmediaciones del Parque Juan Escutia, pero en 1980 fue retirada para permitir la construcción del teatro.
A la fecha se desconoce oficialmente el paradero de aquella orea obra... así como de la gaviota de plata que nos costó varios miles a los ciudadanos y estuvo frente a Valentinos, aquí en Mazatlán. (No: no fue un regalo de TV Azteca, televisora del polémico Salinas Pliego. El Ayuntamiento la tuvo que pagar.)
Enredo similar traen en Durango con una inmensa estatua de Pancho Villa que quieren mandar a San Juan del Río. He estado siguiendo las publicaciones de mis amigos duranguenses y me parece todo de una profunda abyección... sospecho que, como sucede con muchas esculturas que se hacen, hay un posible manoteo por los vacíos legales que se crean.
Apuesto que todas las esculturas de una calle peatonal en Durango de artistas de Hollywood algo tienen que ver con esos puntos negros de las administraciones. Van desde John Wayne y Julio Bracho hasta Salma Hayek.
He sabido de políticos que en el contrato firman y afirman el pago por una escultura en tamaño natural y, a la hora buena, miden menos e, incluso, están huecas o mal hechas.
Siguiendo con la farándula musical que crea héroes del momento o generacionales, recordemos que aquí un alcalde con alma sesentera nos hizo un monumento a los Beatles y otro a José Alfredo Jiménez.
Pero creo que Francisco Villa es más mucho importante para Durango que los Beatles y José Alfredo para Mazatlán. Villa es una figura de la historia nacional y no un artista de baladas. Yo en lo personal, prefiero a los Rolling Stones porque no tienen ninguna canción cursi, como algunas de los Beatles.
Me escribe mi amiga duranguense, la escritora Zita Barragán: “No hace falta sustituirla por otra de mayor tamaño y menor calidad artística. No nos lo merecemos quienes aportamos metal para fundición, tiempo y entusiasmo hace cincuenta años. Fue una colaboración entre ciudadanos y gobierno, un esfuerzo de todos, y a todos nos pertenece”.
La escultura de Villa tiene su historia; fue realizada por un artista de renombre con la colaboración de la ciudadanía y la iniciativa de un líder social de feliz memoria, con el propósito de que fuera colocada en donde se encuentra y formara parte del patrimonio cultural de la ciudad de Durango.
¿El efecto estatua de Colón se multiplica? ¿O solo los políticos de Durango y Nayarit quieren dejar huella cambiando el paisaje urbano moviendo a su placer los monumentos? En los 60, cuenta José Emilio Pacheco, un presidente mandó podar la Alameda central y casi todos los municipios del país hicieron un ecocidio en sus plazas.
Aquí en Mazatlán no hemos llegado tan lejos, aunque hay un detalle que sí es un crimen histórico: borrar el nombre del heroico capitán Hilario Rodríguez Malpica de la pequeña calle que lo honraba para ponerle “Callejón Liverpool”.
Y de la manera tan bizarra que dejaron una glorieta del Paseo del Centenario, añadiéndole sillas de cantina de concreto a un monumento pagado hace años por una asociación de compositores, ya mejor ni opino.