Es común que al iniciar un nuevo año se haga una larga lista de propósitos a cumplir. Sin embargo, es también común que todos estos propósitos se conviertan solamente en un listado de buenas intenciones. Y, como dice un refrán, “el camino al infierno está pavimentado de buenas intenciones”.
La palabra propósito significa algo que se pone delante (pro y positum); es decir, se trata de un objetivo que se coloca a la vista para iniciar el camino hacia su consecución.
Pero, volvemos a insistir, es normal que, al elaborar la lista de propósitos a cumplir, la mayoría -si no es que todos- vayan a parar al depósito de las tareas no realizadas.
Por eso mencionamos al desván. Este término proviene de un antiguo verbo romance: “desvanar” o “desdevanar”, que significaba vaciar, ahuecar, soñar o desvariar.
Con el tiempo evolucionó el vocablo a “desván”, para significar la parte hueca entre el techo de la casa y el último piso, donde se colocaban los objetos vanos o vacantes; es decir, los que no se utilizaban inmediatamente, que podían reposar mientras se les llegaba a necesitar, o que, simplemente, salían sobrando.
A ese desván se destinan la mayoría de nuestros propósitos, sobre todo cuando se establecen solamente al calor de la emoción tempranera del nuevo año.
Para que un propósito sea factible es necesario determinar claramente los pasos a seguir, los plazos para conseguirlo y los recursos con que contamos para lograrlo.
No tiene sentido fijarse metas irrealizables. Por eso, se requiere hacer una planificación y programación adecuadas.
Por último, se debe puntualizar que cualquier momento es bueno para plantearse propósitos, no solamente cuando comienza un nuevo año. Hoy, mañana y pasado mañana se puede plantear y replantear todo propósito.
¿Planifico y programo mis propósitos?