Desde hace tiempo tengo el sueño de irme a vivir al campo cuando llegue el momento de jubilarme. Imagino una casa no muy grande, rodeada de árboles frutales, con algunos animales de granja, mañanas tranquilas y aire limpio. No sé todavía dónde sería, pero la idea de cambiar el ritmo acelerado de la ciudad por la tranquilidad de una comunidad rural me resulta cada vez más atractiva.
Sé que, durante siglos, la humanidad hizo el recorrido contrario. La Revolución Industrial aceleró la migración del campo a las ciudades, donde se concentraron los empleos, las universidades, los hospitales y las oportunidades.
De acuerdo a la ONU, alrededor del 81 por ciento de la población mundial vive en las ciudades, y solo el 19 por ciento en zonas rurales. Este cambio demográfico ocurrió en los últimos setenta años, pues en 1950 la relación era a la inversa: solo el 20 por ciento vivía en las ciudades.
En México, esta tendencia transformó profundamente el territorio. Muchos jóvenes tuvieron que abandonar sus comunidades para estudiar, trabajar o acceder a mejores servicios. La ciudad, pues, se convirtió en sinónimo de progreso, y poco a poco, las zonas rurales se han ido quedando desiertas.
Sin duda, las ciudades ofrecen enormes ventajas, pero también tienen un costo que cada vez es mayor. Tenemos altos costos de vivienda, un enorme tráfico vehicular, contaminación, ruido, largos desplazamientos, estrés, inseguridad, y una creciente pérdida de espacios verdes. Por eso muchas personas que alguna vez experimentamos ese estilo de vida rural en nuestra infancia, estamos comenzando a valorar aquello que antes considerábamos poco moderno.
Esta migración urbano-rural podría ser una tendencia global en el siglo 21. De hecho, en algunas regiones de Europa como España, Portugal e Italia ya están presenciando esta movilidad, sobre todo en la etapa de retiro. Algunas veces los jubilados hacen un primer viaje urbano-urbano, para posteriormente hacer un segundo desplazamiento hacia lo rural. Incluso las comunidades receptoras han desarrollado iniciativas para atraer nuevos residentes y combatir el despoblamiento rural.
En Sinaloa, bien podríamos promover esta migración hacia los pueblos desde las ciudades. Los jubilados (mexicanos o extranjeros) podrían ser uno de los grupos más interesados. Cuando termina la vida laboral, ya no es indispensable vivir cerca de una oficina y aparecen nuevas prioridades como la tranquilidad, el contacto con la naturaleza y una vida más relajada.
Podríamos seleccionar algunas comunidades con potencial y convertirlas en proyectos piloto de repoblación rural. Para ello, habría que mejorar la seguridad, la conectividad, introducir internet de alta velocidad y servicios médicos. Incluso podrían recuperarse viviendas abandonadas con valor histórico.
Pero no tendrían que ser solamente los jubilados. El teletrabajo permite que personas en edad productiva puedan vivir lejos de las grandes ciudades y trabajar para empresas ubicadas incluso en otros países. Los llamados “nómadas digitales” podrían encontrar en las comunidades rurales una alternativa residencial.
No se trataría de regresar al campo de nuestros abuelos, sino de construir un campo del siglo 21: conectado, productivo, tecnológico y, al mismo tiempo, capaz de conservar aquello que las grandes ciudades han ido perdiendo.
Incluso podría surgir una fórmula intermedia: vivir en el rancho y trabajar en la ciudad. Hay quienes ya lo hacen, como mi amigo Carlos Emilio, allá en Los Mochis. Una casa en el campo, pero con la ciudad suficientemente cerca para trabajar o realizar las actividades que todavía requieren presencia urbana.
Estoy seguro también, que muchos de mis estudiantes que vienen de comunidades rurales, estarían gustosos de permanecer en sus pueblos y desarrollar allá sus habilidades adquiridas en las universidades urbanas.
Durante demasiado tiempo se nos vendió la idea de que el progreso consistía en abandonar el campo para irnos a la ciudad. Tal vez ahora el futuro sea en la dirección contraria.
Es cuanto...
Con profunda tristeza expresamos nuestras más sinceras condolencias a nuestro querido amigo Emiliano Terán, por el sensible fallecimiento de su señor padre, Lorenzo Terán. En estos momentos de dolor, hacemos llegar a Emiliano y a toda su familia un abrazo solidario, con nuestros deseos de fortaleza para afrontar esta irreparable pérdida