El lugar donde se resolvió el jueves negro. Ascuas del terror, para no confiar de más

OBSERVATORIO
09/01/2023 04:18
    Cuando la ráfaga ha cesado o al menos bajado de ímpetu, pero el terror se quedó en la población civil hasta que desvanezca la capacidad de asombro, es poco creíble la oferta de la apacibilidad total o la paz sostenida. Podría ser que, en cualquier hora o en la noche menos pensada, por cada hogar haya el correspondiente toque de queda, único recurso de supervivencia, como sucedió el sábado al sobrevolar en la oscuridad helicópteros militares la colonia Miguel Hidalgo, con ese inconfundible zumbido que decreta el ‘piérdase aquí toda esperanza’.

    alexsicairos@hotmail.com

    Quizás el último enfrentamiento entre las fuerzas del orden y los grupos armados afines a Ovidio Guzmán López ocurrió el jueves, alrededor de la una de la tarde, por el boulevard Pedro Infante, a la altura de la Unidad de Servicios Estatales. Allí fue donde en verdad se vivió la guerra en cuanto al choque mediante el uso de armas de todos los calibres mientras a la misma hora en Culiacán ardían automóviles y camiones en la franja delimitada desde la salida norte de la carretera México 15 hasta el Aeropuerto Internacional de Culiacán.

    Previo a la gran colisión entre los ejércitos del gobierno y del narcotráfico una avioneta militar había hecho un reconocimiento de la zona en el perímetro que comprende desde la terminal aérea hasta la central de autobuses. Detectó que, a la altura de la Torre de Rectoría de la Universidad Autónoma de Sinaloa, acercándose al Hospital de la Mujer y con rumbo a la vialidad Pedro Infante, se desplazaba el convoy de más 30 camionetas bélicamente pertrechadas con el distintivo de “El Ratón” que recorrían una y otra vez la parte crítica del nuevo “Culiacanazo”.

    Durante toda la mañana se observó el vuelo de aeronaves militares en maniobras de aterrizaje que transportaban personal y vehículos de guerra. Simultáneamente, los sicarios de “Los menores” bloqueaban las vías por las cuales estimaron que entraría a Culiacán el despliegue castrense, aunque en las primeras horas lo hicieron para eliminar la ruta del posible traslado terrestre de Ovidio Guzmán hacia el aeropuerto. A los “punteros” se les encomendó despojar los vehículos, atravesarlos en las calles e incendiarlos.

    Pero pasadas las 12 del mediodía el objetivo neurálgico del operativo militar-policiaco se concentró en el cruce de Pedro Infante y Miguel Tamayo, utilizando como parapeto las bardas de conjuntos residenciales de la zona, una agencia de automóviles ubicada en ese punto y la parte trasera de un establecimiento de hamburguesas. Un video da cuenta de cómo el convoy se acerca a esa barricada tendida por soldados y policías, y quien registra las imágenes procede a soltar el teléfono celular con el que videogrababa al escuchar el impactante comienzo del fuego cruzado.

    Durante 10 minutos la ráfaga fue intensa, desquiciante, incesante. Quedó claro que uno de los dos bandos quedó abatido allí y de ello dieron cuenta otras videograbaciones que furtivamente se lograron desde donde se pudo: decenas de vehículos incendiados, cadáveres regados en el piso, unidades de artillería militar averiadas. Enseguida la zona fue acordonada por soldados hasta ya casi anocheciendo, prohibiendo a particulares salir de sus casas o transitar en lo que fue el campo de batalla.

    A partir de ese enfrentamiento las balaceras bajaron de intensidad y la calma fue restableciéndose, pues minutos después de que los operativos oficiales “limpiaron” el sector el Gobernador Rubén Rocha Moya emitió el mensaje de “ya hemos cerrado este evento, ya podemos decir que estamos agotando las últimas acciones de restablecimiento de la normalidad”. Y sí, la noche del 5 de enero fue tranquila, no así el sueño de los culiacanenses donde la permanencia de la vigilia era cosa de vida o muerte, de estar en alerta para refugiarse en caso de que la metralla advirtiera de nuevos choques.

    En realidad, hubo las suficientes evidencias de que Culiacán y una parte importante de Sinaloa estuvieron en situación de guerra. Y si por fortuna el saldo verídico fuese el de ninguno o pocos ciudadanos pacíficos heridos o muertos, de cualquier forma el parte gubernamental ha de establecer que en este segundo “Jueves negro” los acontecimientos rozaron el lindero del terrorismo con situaciones como las aeronaves, una civil y otra militar, que recibieron impactos de bala, el secuestro de personas en un hotel del norte de la ciudad y, por supuesto, la parálisis de actividades de la población, los servicios, las tareas productivas y comerciales. Los eventos de crisis nerviosas, vividos y manejados en las familias, no son para menos.

    El momento en que brilló alguna luz de esperanza en medio de las refriegas fue cuando comenzaron a llegar contingentes del Ejército a una velocidad sorprendente. Eso fue lo que permitió la toma del control por parte del gobierno a 12 horas de iniciadas las ofensivas de un segmento del Cártel de Sinaloa y la defensiva policial y militar, aunque la movilización castrense también dio lugar a la pregunta generalizada de por qué no se efectuó ésta antes de concretar la acción de aprehensión de Guzmán López, sabiéndose de la posible reacción de los gatilleros del hijo de “El Chapo”.

    Ahora, cuando la ráfaga ha cesado o al menos bajado de ímpetu, pero el terror se quedó en la población civil hasta que desvanezca la capacidad de asombro, es poco creíble la oferta de la apacibilidad total o la paz sostenida. Podría ser que, en cualquier hora o en la noche menos pensada, por cada hogar haya el correspondiente toque de queda, único recurso de supervivencia, como sucedió el sábado al sobrevolar en la oscuridad helicópteros militares la colonia Miguel Hidalgo, con ese inconfundible zumbido que decreta el “piérdase aquí toda esperanza”.

    Reverso

    Y retembló nuestra tierra,

    Estremeciéndonos el espanto,

    Sin saber de esta guerra,

    Cómo fue que llegamos a tanto.

    A deletrear a Biden

    Una vez que se vaya el Presidente de Estados Unidos, Joe Biden, quien debió llegar a México ayer para una visita oficial, sabremos bastantes cosas sobre el desencadenamiento o contención en los próximos días de la violencia en Sinaloa por el arresto de Ovidio Guzmán. Por más que lo tratado en el encuentro con Andrés Manuel López Obrador sea secreto de Estado, en lo estatal habrá señales claras de lo que sigue y ojalá que sean signos de tranquilidad. Falta bastante por saber y conocer, por ejemplo, si el Cártel de Sinaloa sufre fisuras o continúa compacto.