El miedo a lo político

19/05/2026 04:02
    Las sociedades no solamente se deterioran por las malas decisiones de quienes gobiernan, también se deterioran cuando quienes las habitan renuncian a construir comunidad, confianza o diálogo, cuando dejamos que el cinismo sustituya la participación y la apatía sustituya el compromiso.

    Hay una confusión que me persigue desde hace años. Cada cierto tiempo vuelve a aparecer en conversaciones, sobremesas, redes sociales o incluso en espacios académicos y aunque pareciera un asunto meramente semántico, creo que en realidad es mucho más profundo, porque detrás de esa confusión también existe una forma muy conveniente de deslindarnos de aquello que sí nos corresponde.

    La confusión consiste en creer que “lo político” es únicamente lo partidista, que la política vive solamente en las elecciones, en los partidos, en los candidatos, en las campañas o en los gobiernos, como si fuera una dimensión ajena, reservada para quienes decidieron dedicarse profesionalmente a ella, entonces aparece esa frase tan común, “yo no hablo de política”, dicha muchas veces por personas que llevan media hora hablando de inseguridad, educación, economía, cultura, derechos, ciudad, trabajo o futuro.

    Pero lo político nunca fue solamente eso.

    Lo político es, en esencia, la manera en que convivimos, el espacio donde negociamos la vida en común, la conversación permanente sobre cómo queremos vivir, qué toleramos, qué rechazamos, qué normalizamos y qué estamos dispuestos a defender como sociedad, es el impacto que tienen nuestras palabras, nuestras acciones y también nuestras omisiones sobre la vida de otros, por eso me parece tan peligrosa esa reducción de la política a los partidos, porque cuando creemos que lo político ocurre solamente “allá arriba”, en los congresos o en los palacios de gobierno, dejamos de asumir la parte que nos toca acá abajo, en la calle, en la oficina, en la familia, en la empresa, en la escuela, en las conversaciones cotidianas.

    Y entonces sucede algo extraño, criticamos la corrupción mientras buscamos cómo “brincarnos” una regla cuando nos conviene, hablamos del deterioro social mientras normalizamos la violencia verbal, la humillación o la indiferencia en nuestros propios entornos, exigimos gobiernos responsables mientras nosotros mismos renunciamos a cualquier forma de participación comunitaria o corresponsabilidad.

    Tal vez porque aceptar que todo eso también es político implica aceptar algo más incómodo, que no somos únicamente espectadores del país que tenemos, también somos productores de él.

    No escribo esto desde la ingenuidad de pensar que todos tenemos el mismo nivel de poder o influencia, evidentemente no es así, existen estructuras enormes, desigualdades históricas y decisiones institucionales que condicionan profundamente nuestra realidad. Hay contextos que limitan, empujan o incluso asfixian posibilidades, pero aun dentro de esas limitaciones existe una parte de la realidad que sí ayudamos a construir todos los días.

    La forma en que hablamos del otro, la facilidad con la que compartimos odio, la manera en que consumimos información, nuestra capacidad, o incapacidad, de escuchar ideas distintas, el silencio frente a ciertas injusticias, la conversación que decidimos iniciar, la que preferimos evitar, la manera en que tratamos a quienes trabajan con nosotros o para nosotros, todo eso también configura el espacio público y quizá por eso vuelvo recurrentemente a este tema, porque sigo encontrándome con personas inteligentes, críticas y valiosas que todavía creen que mantenerse “lejos de la política” las mantiene al margen de la responsabilidad colectiva, como si retirarse del debate público las eximiera de participar en la construcción cultural y social del entorno donde viven, pero la ausencia también participa.

    No decidir, decide, no hablar, comunica, no involucrarse, también moldea el espacio común, y pienso mucho en esto cuando observo cómo discutimos hoy en redes sociales, pareciera que confundimos expresión con responsabilidad, como si el simple hecho de tener un altavoz nos liberara de pensar en las consecuencias de lo que amplificamos. Hemos desarrollado una enorme capacidad para emitir opinión y una muy pequeña disposición para sostener conversaciones complejas, reconocer errores o matizar nuestras posturas.

    Y eso también es político.

    Porque las sociedades no solamente se deterioran por las malas decisiones de quienes gobiernan, también se deterioran cuando quienes las habitan renuncian a construir comunidad, confianza o diálogo, cuando dejamos que el cinismo sustituya la participación y la apatía sustituya el compromiso.

    Tal vez el gran problema de nuestro tiempo no sea únicamente la polarización, sino la renuncia, esa idea de que lo público le pertenece a alguien más, que otro debería arreglarlo, que otro debería hacerse cargo, que nuestra única tarea consiste en señalar desde lejos aquello que está mal y mientras tanto, olvidamos que las ciudades no solo se construyen con concreto, también se construyen con conversaciones, acuerdos, símbolos, cultura y ejemplos cotidianos, se construyen con la manera en que tratamos a los demás cuando nadie nos está observando, con la ética que sostenemos incluso cuando no existe obligación legal de hacerlo, con las pequeñas decisiones repetidas millones de veces por personas comunes.

    Lo político empieza mucho antes de una boleta electoral.

    Empieza cuando entendemos que vivir en sociedad implica inevitablemente afectar la vida de otros y que, por lo tanto, también tenemos una responsabilidad sobre el tipo de mundo que ayudamos a producir con nuestras acciones más ordinarias.

    Quizá ahí está el verdadero reto, dejar de pensar la política como un espectáculo externo y empezar a entenderla como una práctica cotidiana de corresponsabilidad. Porque al final, incluso quien asegura no interesarse por la política, ya está participando en ella todos los días.

    Gracias por leer hasta aquí.

    Es cuánto.