Existe la creencia altamente difundida de que los cárteles de la droga generan empleos. Por ello, no resulta extraño que la encargada de comunicación social de la bancada de Morena en el Congreso de la Ciudad de México, Adriana Marín, haya comentado en un programa transmitido por YouTube, que “resultaba complejo” erradicar al crimen organizado porque el mismo “generaba muchos empleos, entre 160 mil y 185 mil al año”.
Esto obligó a la Presidenta Claudia Sheinbaum a llamarle la atención a la funcionaria y a Luisa María Alcalde, a desmarcar a Morena de los dichos de la misma, y a señalar que sus declaraciones no representan la posición del partido.
Pero más allá del desliz discursivo de Adriana Marín -políticamente incorrecto, aunque dijo lo que muchos piensan, pero no se atreven a decir en los medios de comunicación- lo cierto es que la afirmación de que el narco crea muchos empleos se asienta en un sesgo cognitivo que sólo vislumbra una parte de la ecuación.
Hay un texto de economía de 1850 del francés Frédéric Bastiat, titulado Lo que se ve y lo que no se ve, que argumenta que como sociedad prestamos mucha atención a los efectos inmediatos de una decisión económica, pero olvidamos sus efectos a mediano y largo plazo.
En la cuestión de la generación de empleos por parte del narco, la visión de Bastiat (a pesar de los años transcurridos) es bastante útil, porque si bien no se puede negar que las organizaciones criminales tienen contratadas a personas para sembrar, producir, empacar y transportar drogas, así como para lavar dinero, vigilar espacios y ejecutar a los enemigos, también es cierto que se analiza poco el tema de los empleos que se pierden por culpa del narco.
De hecho, la fuente de las aseveraciones de Adriana Marín es el artículo “Reducing cartel recruitment is the only way to lower violence in Mexico”, escrito por Rafael Prieto-Curiel, Gian María Campedelli y Alejandro Hope. Sin embargo, Marín no menciona otros hallazgos relevantes de los autores, como el hecho de que existe una importante cantidad de bajas por muerte entre los empleados de estas organizaciones criminales y que para debilitar a las organizaciones criminales resulta fundamental atacar el reclutamiento, es decir, evitar que las personas entren a trabajar para el narco. Por tanto, los autores defienden un enfoque en donde, a pesar de los empleos creados, los impactos negativos de las organizaciones criminales son mayores a los beneficios.
El narco crea empleos, pero también los destruye, en una proporción mayor. Un ejemplo para ilustrar el punto es lo que hoy pasa en Sinaloa, con la guerra entre los Chapitos y la Mayiza: para sostener la disputa entre facciones deben reclutar a más sicarios, es decir, están creando empleos peligrosos y socialmente nocivos. Pero a su vez la violencia generó que las familias ya no salieran a la calle, lo cual, sumado a la extorsión, propició el cierre de al menos 2 mil negocios, generando la pérdida de 20 mil empleos formales. Dado que el narco no generó 20 mil empleos este año en Sinaloa, el saldo es negativo. Por tanto, el crimen organizado destruye más empleos de los que genera.
Lo mismo pasa en la zona aguacatera y limonera de Michoacán, donde hay muchos empleados de las organizaciones criminales que extorsionan a los productores agrícolas. Pero aquí cabe preguntarnos: ¿cuántos empleos se pierden al año en esta zona por productores que prefieren cerrar por la inseguridad? O también ¿cuántos empleos se pudieron haber creado si los productores no se hubieran visto frenados por las extorsiones?
En todo el País encontramos situaciones similares, lugares donde el narco contrata personas, pero sus actividades generan pérdidas económicas importantes que ahuyentan la inversión y eliminan potenciales puestos de trabajo, o desaparecen los ya existentes.
Otro texto académico de gran calidad llamado “Estimating the economic impact of interpersonal violence in Mexico in 2021: projecting three hypothetical scenarios for 2030”, de un amplio grupo de investigadores encabezados por Arturo Cervantes, estimó que los impactos económicos negativos generados por el crimen organizado y la violencia son cercanos al 14.6 por ciento del PIB nacional, que se traduce en pérdidas por más de 192 billones de dólares anuales.
Sólo para dimensionar: en el peor momento de la pandemia por Covid 19 en el 2020, el PIB de México se contrajo un 8.5 por ciento, lo que se tradujo en 2.1 millones de empleos perdidos. Por ende, si utilizamos los mismos parámetros, con una contracción del 14.6 por ciento del PIB se tendría un estimado de 3.6 millones de empleos perdidos.
Aun cuando se trata de cifras estimadas que pueden tener altos márgenes de error, queda claro que a pesar de que el crimen organizado emplee a 185 mil mexicanos, lo cierto es que sus actividades tienen un impacto negativo mayor que hacen que cada año se pierdan muchísimos más empleos, generando un saldo negativo.
Por tanto, estamos frente a un mito que sólo le conviene al propio crimen organizado, porque le sirve para generar la ilusión de que, a pesar de los males que genera, crea desarrollo en algunas zonas del país, lo cual no sólo no es cierto, sino que en realidad tiene el efecto contrario.
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El autor es profesor investigador especialista en seguridad y doctor en políticas públicas