El Mundial 2026 como cancha de juego del ‘soft power’

18/07/2026 04:02
    México ganó el Mundial 2026 antes de que rodara el balón: con apenas 13 de 78 partidos en su territorio y la cancha inclinada por Infantino a favor de Trump, el país terminó imponiéndose por hospitalidad genuina, no por sede. Ese ‘soft power’ ganado en la calle ahora hay que convertirlo en estrategia de largo plazo.

    ¿Puede un taco cambiar la percepción de un país? La respuesta, después de varias semanas teniendo el Mundial 2026 en territorio mexicano, es sí. México, sin haber planeado del todo su jugada, terminó anotando el gol más importante. No ocurrió en la cancha sino en la calle, en los puestos de comida, en hoteles con ocupación sobre el 90 por ciento, en la fiesta del Ángel y en los celulares de visitantes que llegaron convencidos de una cosa y se fueron pensando otra. Logramos ser tendencia mundial y esta vez fue por hospitalidad genuina y seducción cultural.

    Un saldo sorprendente considerando que somos anfitriones, pero en modalidad parcial. Antes de que rodara el primer balón, Gianni Infantino, presidente de la FIFA, ya había inclinado la cancha: el sorteo en Washington, un premio de la paz inventado a la medida de Trump, 78 partidos en Estados Unidos contra 13 en México y en Canadá, además de la final destinada a suelo estadounidense. La cancha ya estaba inclinada y eso hace más relevante la paradoja.

    México entró en el torneo con una asimetría de partida que se convirtió en ventaja narrativa: el mundo esperaba caos e inseguridad, pero se encontró con hospitalidad, gastronomía, euforia colectiva y ciudades que funcionaron. Aunque, por supuesto, el Mundial no es varita mágica, muchas facetas incómodas se disfrazaron, guardadas bajo la alfombra para recibir a la visita. Pero el paso del turista mundialista estuvo guiado por la fantasía de la fiesta y el asombro cultural.

    El deporte es el motor de atención más eficiente del mundo

    Es la magia de los megaeventos deportivos y, el futbol es la joya de la corona, por mucho el deporte más popular del mundo. Según la FIFA, el contenido digital mundialista ha tenido al menos 20 mil millones de visualizaciones, son muchas personas deteniendo su mirada y una señal clara de la audiencia cautiva. El deporte es el motor de atención más eficiente del mundo. No hay campaña publicitaria, cumbre diplomática ni lanzamiento cultural que alcance esa escala de atención simultánea.

    Este potencial no es novedad. El politólogo y ex futbolista profesional Jules Boykoff ha escrito varios libros sobre el tópico. Cita: “El futbol nunca es sólo futbol. Y el deporte es política por otros medios”.

    Lo saben también Infantino, Trump, Sheinbaum y Carney. El primero no duda en capitalizar los alcances del poder de la FIFA, una organización de cobertura mundial de 211 miembros, incluso con más que la ONU que cuenta con 193 países. Infantino no es un árbitro neutral entre los tres anfitriones, es un actor con agenda propia, arquitecto de la simbiosis Trump-FIFA.

    El papel de Infantino en el Mundial 2026 y frente a Estados Unidos

    Introdujo una nueva variante en la historia del sportwashing. No la del Estado autocrático lavando su imagen ante el mundo (como lo hizo el régimen nazi con los juegos de Berlín de 1936), sino la de la democracia usando el deporte para tratar de lavar la imagen de un líder personalista como Trump, que con su estilo de liderazgo sigue erosionado los valores que históricamente le dieron atracción a la marca-país Estados Unidos.

    Este plan fantástico en papel se estrelló con los saldos de la filosofía de hard power que guía actualmente a la Casa Blanca. Es curioso que sean ellos mismos los que explícitamente se refieren al soft power como “un error estratégico de la posguerra fría” y, a la vez, sean los que pretenden ganar legitimidad con un evento deportivo a partir de su aura de anfitrión bully. Justo ese es el dilema entre hard y soft power: el amor, la admiración y la influencia real son difíciles de comprar. El que tiene los estadios más grandes no siempre es el que llena las tribunas.

    La fantasía mundialista estadounidense se vio opacada con las trabas migratorias para los árbitros africanos, la sombra del ICE para la fanaticada inmigrante, la negación de estadía para el equipo iraní y la incipiente cultura del “soccer” que no logra despertar del todo a la audiencia estadounidense.

    El pueblo mexicano sabe festejar

    Por otra parte, Sheinbaum lo usó como plataforma de legitimación institucional y contranarrativa a la imagen del México violento, sobraron los gestos políticos de inclusión que le sumaron puntos a su aura internacional de líder de izquierda. Carney lo usó como diferenciador silencioso frente a su vecino, proyectando la apertura canadiense como contrapunto a la lógica excluyente de Washington.

    Tres estilos de liderazgo, pero la chilena en portería no se la llevó ningún político. Se la llevó el pueblo mexicano que sabe festejar y que encarna el refrán: “mi casa, tu casa”. Y es que la hospitalidad como rasgo cultural es un atributo difícil de fingir; en México es identitario y está acompañado por una alta orientación a lo colectivo y a la búsqueda del placer. Si a esto se suma la tradición futbolística y la ilusión nacional orientada al Tri, se tiene la receta perfecta para el ambiente mundialista.

    Fueron muchos extranjeros reportando desde sus publicaciones su amor a México. Fanaticadas asiáticas, africanas, europeas y de Medio Oriente reseñando comida, cultura y la simpatía de los mexicanos. Esta ola se extendió a medios internacionales y publicaciones de embajadas.

    El ‘soft power’ no ha muerto

    México es el anfitrión simbólico por excelencia de este Mundial 2026, pero no hay que engañarse. No se gana soft power sólo con tradición, eventos y hospitalidad. Como lo describe el Ranking Mundial de Soft Power que anualmente publica Brand Finance, existen otros pilares relacionados con comercio, relaciones internacionales, ciencia y tecnología, gobernanza, sustentabilidad, que sostienen la fórmula del soft power.

    México se posiciona como el tercer país en América Latina, pero tiene mucha estrategia que proyectar si quiere alcanzar a países como Estados Unidos y China que, a pesar de sus desaciertos, tienen décadas trabajando su influencia y su reputación.

    El soft power no ha muerto, a pesar de que la tendencia global ha virado hacia estilos más duros. Más que nunca se necesita la combinación de ambos. En el corto plazo el hard power puede dominar, mientras en el largo plazo, el soft power históricamente ha prevalecido.

    La autora es Ida Vanesa Medina Padrón, comunicadora estratega en Lexia (@LexiaGlobal) con experiencia en documentales audiovisuales, periodismo en medios, marketing y trabajo con asociaciones civiles.