Para bien y para mal, el Nobel se ha convertido en la conciencia de un mundo cada vez más atribulado y confuso.
Hoy el turno es para la serena Canadä y con el premio de literatura para la poeta Anne Carson se confirma la escalonada equidad de género del galardón. Un año gana un varón; al siguiente una dama.
Anne Carson es una digna poeta y narradora, que ha sido muy leída aquí en México donde su obra ha circulado en editoriales pequeñas e independientes. No ha sido una sorpresa como fueron Han Kang o Fosse.
El premio Nobel es una invención igual de explosiva que la dinamita, otro legado de su venerable fundador, quien pasó sus últimos días en San Remo, Italia. Ignacio Manuel Altamirano, nuestro poeta y vecino suyo, lo veía todas las mañanas.
En el campo de la literatura, las elecciones son igual de polémicas que en el caso del Nobel de la Paz.
La gente que no entiende por qué Yasser Arafat recibió el premio tiene un equivalente por el otro lado con la que aún no digiere por qué a Winston Churchill se le haya conferido el galardón literario. No conozco a ningún escritor que haya leído sus libros.
Ya pasada la alharaca y baños de albahaca para que ganara nuestra candidata o candidata -cualquiera que fuera- la fiesta del Nobel cumple su cometido de ponernos a especular, a dar por ciertos los momios de las casas de apuestas y, al final, ponernos un poco a leer.
México, es un país con un solo Nobel de literatura. ¿Sabía usted que en los años ochenta y noventa tuvimos un candidato permanente?
Quien por años fue candidato y nadie lo decía era Fernando del Paso. ¿Por qué y cómo? No era el Gobierno mexicano, ninguna fundación, la UNAM, ni su familia o él mismo en levantar su causa. Era el gobierno de Venezuela que cada año lo postulaba solo por haber ganado el premio Rómulo Gallegos de novela.
De ese premio ya no tenemos noticia. Lo último que supe de Venezuela es que el nuevo gobierno va a permitir que se festeje la Navidad a partir del 1 de enero. Y era una iniciativa pendiente que dejó Maduro.
Los Nobel de Gabriela Mistral y Neruda fueron merecidos, pero detrás de ellos hubo una fina e insistente labor diplomática que hicieron varios gobiernos chilenos, conscientes de la importancia que tendrían para el país esos galardones.
Quizás si el también chileno Vicente Huidobro no hubiese muerto a mediados de los años cuarenta hubiese alcanzado a ese premio. Tenía mucho mundo, era conocido en Europa y hasta emparentados con las élites del poder. Su obra tenía un impacto vanguardista sostenido. Pero el destino y los académicos toman sus propios caminos.
Hoy en día, la Academia Sueca no tienen ningún integrante que hable y lea español. Va a pasar un buen rato para que un latinoamericano, por no decir mexicano, reciba ese reconocimiento. El año antepasado renunció el único académico hispanoparlante, harto de que no le hicieran caso los demás electores.
Según los nobélogos extraoficiales, Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa no iban a recibir el premio porque la novela latinoamericana ya se había premiado en 1982 con Gabriel García Márquez.
La misma fuente no confirmable cuenta que, ese año, el premio era para el cubano Alejo Carpentier, pero éste murió repentinamente en Francia, así que la Academia optó por el Gabo, quien acababa de apuntarse un hit con la novela “Crónica de una muerte anunciada”.
García Márquez tenía rato sin publicar: había prometido no hacerlo hasta que cayera Pinochet. Pero se desdijo luego de varios años de silencio y esto fue muy oportuno. La calidad de su novela reafirmó el prestigio ganado en 1967 con Cien Años de Soledad.
A pesar de que se hablaba de esa regla no escrita, Vargas Llosa, Fuentes y hasta Homero Aridjis siguieron en campaña por el Nobel, escribiendo artículos sobre ecología, la guerra de Irak y demás asuntos universales.
¿Qué ayudó a que Vargas Llosa? Que en 2010 se cumplía un centenario más de la independencia de las Américas, como dicen los hispanos peninsulares. Los académicos entre Carlos Fuentes y él se fueron por Vargas Llosa, más europeo y con marquesado. Debe haber cabildeado el gobierno de España un poco en eso.
Lo curioso fue que Fuentes fue el maestro de García Márquez y Vargas Llosa de moverse en las lides del internacionalismos y asumir un papel público. Cuando ellos empezaban, él ya era Carlos Fuentes y ya en 1962 era no grato en Cuba, la URSS y un tiempo en los Estados unidos.
Rafael Alberti, gran poeta y activista, llegó a los 90 años y no recibió el premio porque en el verso español ya fue reconocido con Juan Ramón Jiménez (1956) y Vicente Aleixandre (1977).
Arthur Lundkist, fallecido en la década pasada, era el líder académico en cuanto a los premios entregados por el lado de acá. Gracias a él –según confesó en una entrevista– Borges no recibió el Nobel por haber recibido un premio de Pinochet, el dictador chileno.
A los suecos les molestó su chiste de que el Nobel era un premio que circulaba por turnos, rumbo a diferentes confines de la tierra, y cualquier autor de calidad que viviese lo suficiente y tuviese un comportamiento correcto, de preferencia cercano a la izquierda, podría recibirlo a su tiempo.
La Academia se aventó otro chiste al darle el premio en 1989 y 1990 a dos autores en lengua española seguidos: Camilo José Cela y Octavio Paz.
Otro detalle: solían premiar a un africano un año, para dárselo al siguiente a un asiático y después a algún poeta de cierta isla perdida del Caribe, como fue el caso de Derek Walcott, así que esa vez agarró en curva a todo el mundo...
Recordemos que estos tres fueron en el marco de los 500 años del descubrimiento de América. Ha sido un premio marcado por la geopolítica del momento.
Ya se rumora de manera malsana que Canadá recibió el premio como recompensa por haber hecho un tratado de libre comercio con Europa al darse de topes con Trump.
Busque usted la poesía de Anne Carson, Hoy el Nobel nos confirma, que más allá de la política y los convencionalismos del mundo editorial, la calidad literaria siempre sobrevive.