El oasis de la insignificancia

    Decir que se amaron y se amaron y se amaron durante cientos de páginas, o decir que estuvo triste y estuvo triste y siguió triste o cualquiera que sea lo que se repita no se puede contar, o es inútil hacerlo porque la monotonía tiene un algoritmo muy simple que, como cualquier algoritmo se expresa en una frase muy breve: ‘vivieron enamorados 10 años’ o ‘el personaje vivió triste toda su vida’.
    Reconciliación
    con el azar

    Durante muchísimos años, persuadido por Denis de Rougemont, viví convencido de una de las tesis que de manera exhaustiva comprueba en su libro Amor y Occidente: la afirmación dice que “el amor feliz no tiene historia,” o sea, que el amor feliz no se puede contar y, por ello, toda obra narrativa cuando se mete en el tema amoroso, lo que cuenta son las dificultades del amor, sus vicisitudes, sus contrariedades, como le gustaba nombrarlas a García Márquez. Esa afirmación la recordarán mis alumnos de la antiquísima Escuela de Escritores de la SOGEM, pues me dedicaba a disuadirlos de tomar el camino de contar historias de amor felices.

    Hasta que un día, harto de que hubiera una verdad inamovible en la literatura, decidí yo mismo refutarla contando una historia de amor feliz y comencé mi novela El futuro no será de nadie. Me costó más trabajo y tiempo que ninguna otra de mis obras, pues Rougemont tenía razón en algo: en que una historia de esa índole se enfrentaría a dos peligros: la cursilería y la inverosimilitud. Con todo, tras rehacer cien veces mi novela, y al cabo de diez años, la terminé satisfecho, pues, al menos, durante unas páginas había logrado mi propósito: contar el amor feliz. Obviamente, no estaba contento del todo, porque solo en un puñado de páginas lo había conseguido, pues en el resto de las páginas había tenido que acatar lo dicho por Rougemont y que tantos autores han repetido desde entonces, entre ellos, Simone de Beauvoir.

    Hoy regreso a este asunto porque he comprendido que no sólo el amor feliz no tiene historia, sino que no la tienen ni la alegría ni la tristeza ni la felicidad ni el odio ni nada que se mantenga invariable, sin altibajos, sin alternancias. La repetición de lo mismo no se puede contar porque la narrativa imita la vida, y en la vida nada se mantiene incambiante para siempre. Y, cuando lo hace, porque a veces milagrosamente ocurre, la vida lejos de parecerse a la vida, se parece a la eternidad.

    Decir que se amaron y se amaron y se amaron durante cientos de páginas, o decir que estuvo triste y estuvo triste y siguió triste o cualquiera que sea lo que se repita no se puede contar, o es inútil hacerlo porque la monotonía tiene un algoritmo muy simple que, como cualquier algoritmo se expresa en una frase muy breve: “vivieron enamorados 10 años” o “el personaje vivió triste toda su vida”. Lo que se puede contar y, más aún, lo que resulta interesante contar, son los sucesos que ocurren de manera azarosa, los cambios no predecibles, los que no podemos convertir en un algoritmo. Una secuencia infinita de 1,1,1,1,1... resulta sosa, pues se puede resumir diciendo: “siempre a un 1 seguirá otro 1”. Y otro tanto ocurre con las secuencias: 0, 1, 0, 1, 0, 1... o 00,1, 00, 1, 00, 1, 00, 1, 00, 1... se resumen en una instrucción breve, en un algoritmo. Como podrá comprenderse, no basta la alternancia si esta es racional. Lo interesante es cuando, como en los decimales de Phi o de cualquier número irracional, no existe la manera, o no somos capaces de descubrir el algoritmo.

    De esto salen dos consecuencias válidas igualmente para la literatura y para la vida: las novelas y las vidas son interesantes cuando en ellas hay sorpresas, incidentes inesperados: lo digno de contar o incluso ( aunque resulte menos fácil de entender) las vidas que vale la pena vivir son las que contienen sobresaltos. Yo conozco la eternidad de la vida, esas rutinas tranquilas y apacibles en las que me he instalado a veces durante años, pero también conozco las sacudidas, los accidentes, los milagros y las desgracias que me han descarrilado y comprendo, desde este belvedere que me dan los años, que mi vida ha valido la pena -pese a todo- por sus virajes, por sus dolorosos y, en ocasiones maravillosos cambios. Sé que no hay nada peor que una novela o una vida en la que pueda hallarse el algoritmo.

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