Lo que más se añora en este mundanal revoltijo es la ausencia de silencio. El ruido nos arrincona en todas las esquinas, como a indefenso boxeador que no puede esquivar los golpes del contendiente. Es cierto que también hay silencios que gritan, que exigen una respuesta o compromiso; por eso, metafóricamente se ha dicho que el silencio encuentra sus propios sonidos (el silencio tiene su propio lenguaje); sin embargo, se requiere con urgencia, igualmente, que los sonidos se apacigüen y silencien. El sabio chino, Lao Tsé, expresó: “El sonido más fuerte es el silencio”.
Sin embargo, nos movemos en un mundo donde el silencio parece quedar desterrado. En efecto, las ráfagas de sonido se cuelan por todas las rendijas habidas y por haber. Además de todos los ruidos, publicidad y propaganda a que estamos sobreexpuestos cotidianamente y nos invaden desde el exterior, habría que añadir la hiperconexión de los mensajes, llamadas, alertas y recordatorios que recibimos a través de los teléfonos celulares y multitud de dispositivos móviles a nuestro alcance y, que, prácticamente dificultan o impiden la pausa y concentración.
José Antonio Hernández Guerrero escribió un texto con el mismo título que el abad Dinouart, en 1771, “El arte de callar” (al cual ya hemos hecho referencia en otra columna), pero en un contexto más álgido: “Ahora que el silencio nos resulta más necesario, es cuando tropezamos con las mayores dificultades para cultivarlo, para aprovecharlo como fuente de vitalidad, de fantasía y de creatividad”.
Prosiguió: “En este mundo saturado de ruidos necesitamos confortables espacios de silencio, instantes prolongados para la pausa, para la interiorización personal y para la apertura solidaria. Momentos para respirar hondo y para oxigenar nuestro espíritu”.
En efecto, es necesario y urgente recurrir al oasis del silencio.
¿Construyo espacios de silencio?