El petróleo asfixia al manglar que protege al Golfo de México

Atarraya
30/07/2026 04:02
    En el Día Internacional de Conservación del Ecosistema de Manglar, el derrame de crudo que llegó a la Laguna del Ostión nos recuerda que conmemorar no basta para proteger

    Cada 26 de julio se conmemora el Día Internacional de Conservación del Ecosistema de Manglar, una fecha pensada para recordar al mundo que estos bosques costeros son mucho más que un paisaje: son muro de protección, despensa de alimentos y sumidero de carbono. Este año la conmemoración llegó con un antecedente incómodo: en marzo pasado los manglares de la Laguna del Ostión, en Pajapan, Veracruz, se llenaron de petróleo como consecuencia de un derrame que, de acuerdo con reportes de la Red del Corredor Arrecifal del Golfo de México, afectó cerca de 170 kilómetros del litoral veracruzano, con presencia de hidrocarburo también en playas de Tabasco, hasta el municipio de Paraíso.

    Tres meses después, comunidades de la zona seguían denunciando que no existían estudios que confirmaran la calidad del agua ni una respuesta efectiva por parte de las autoridades. Cabe preguntarnos: ¿de qué sirve dedicarle un día al manglar si, apenas unos meses atrás permitimos que se asfixiaran en petróleo sin dar seguimiento real a sus consecuencias?

    Un muro que también respira

    Los manglares crecen justo donde el agua dulce se encuentra con el mar, una franja que es también una de las zonas más productivas del planeta. Sus raíces, sumergidas y entrelazadas, funcionan como criadero de cangrejos, almejas, caracoles, gusanos y crías de decenas de especies de peces que después sostienen la pesca ribereña de comunidades enteras.

    Además de ser cuna de vida, el manglar es un guardián costero. De acuerdo con datos de la Comisión Natural de Áreas Naturales Protegidas (CONANP), los manglares reducen la altura de las olas entre 13 por ciento y 66 por ciento, amortiguando el embate de huracanes y tormentas sobre las poblaciones costeras. Y bajo el lodo que se pisa al caminar por ellos se almacenan en promedio 1,000 toneladas de carbono por hectárea —hasta diez veces más que un bosque terrestre de la misma superficie, según estudios científicos citados por Oceana—; por algo se le conoce como carbono azul.

    Esa doble función —refugio de biodiversidad y defensa frente a la crisis climática— es justo lo que está en riesgo cuando el petróleo llega a sus raíces.

    Lo que el chapopote deja atrás

    De acuerdo con el estudio Contaminación de manglares por hidrocarburos y estrategias de biorremediación, fitorremediación y restauración (Olguín, Hernández y Sánchez-Galván, 2007), el petróleo derramado se adhiere con fuerza a los sedimentos del fondo del manglar y puede permanecer ahí, sin degradarse, durante años, envenenando de manera continua a los organismos que habitan ese suelo. Los mismos autores documentan que los árboles de mangle mueren cuando el crudo bloquea sus raíces aéreas —por donde respiran— y que un bosque de manglar severamente dañado puede tardar entre 20 y 30 años en recuperarse.

    Esta acumulación de años equivale, prácticamente, a una generación completa de pescadoras y pescadores que crecerá sin la abundancia de ostión, almeja, jaiba, robalo y pargo que hoy depende de la salud de la Laguna del Ostión y de otros humedales del Golfo. Esa es la magnitud real del daño que un solo derrame puede dejar en un ecosistema tan importante del que, incluso sin incidentes petroleros, ya se pierden 10,000 hectáreas al año de acuerdo con cifras de la Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad (Conabio).

    Conmemorar no es proteger

    Este 26 de julio hubo comunicados, imágenes de manglares y mensajes en redes sociales recordándonos su importancia. Está bien, hace falta. Pero el chapopote llegó a comunidades como Jicacal, en Pajapan, Veracruz, y hasta Paraíso, Tabasco, sin que hasta ahora haya una respuesta contundente de las autoridades y las empresas responsables, por lo que la conmemoración corre el riesgo de quedarse solo en discurso.

    Esto no es un caso aislado: el Golfo de México y sus costas llevan décadas sosteniendo el peso de decisiones tomadas lejos de sus arrecifes, manglares y comunidades pesqueras. Cuando un territorio asume los costos ambientales sin participar en las decisiones que lo afectan, se convierte en una zona de sacrificio, y eso es exactamente lo que la Laguna del Ostión evidenció una vez más, donde sin el respaldo ni equipo necesario fueron las comunidades quienes limpiaron el petróleo derramado.

    La pregunta que deberíamos hacernos, más allá de esta fecha, es si estamos dispuestos a sacrificar a los manglares y los beneficios que nos ofrecen, así como a las comunidades que viven de ellos.

    Los manglares no necesitan que los recordemos un día al año. Necesitan que dejemos de tratar sus territorios como una zona de sacrificio.

    La autora: Claudia Carrillo es especialista en comunicación senior de Oceana en México.

    Oceana es la organización internacional más grande dedicada exclusivamente a la conservación de los océanos. Su misión es recuperar océanos abundantes y biodiversos mediante políticas basadas en la ciencia que protejan hábitats y especies marinas, reduzcan la contaminación y fortalezcan la transparencia en el manejo de los recursos marinos. Redes: @OceanaMexico