Para superar las histerias, necesitamos historias. En efecto, hemos dicho que requerimos forjar una cultura de paz, pero necesitamos remover el desorden emocional que nos aprisiona en la violencia e incomunicación, a través de un lenguaje diferente, de nuevos relatos y narraciones que proporcionen sentido a lo que experimentamos y vivimos.
Los cuentos, metáforas y narraciones son un rico ejemplo del poder de la palabra, que procesa las experiencias a través de una profunda catarsis emotiva.
El autor argentino, Alberto Manguel, nos regaló una de sus obras más sentidas: “Una historia de la lectura”, en la cual nos invitó a realizar también una lectura de la historia que cuestione y transforme nuestras vidas:
“La verdad es que nuestro poder, como lectores, es universal, y es universalmente temido, porque se sabe que la lectura puede, en el mejor de los casos, convertir a dóciles ciudadanos en seres racionales, capaces de oponerse a la injusticia, a la miseria, al abuso de quienes nos gobiernan. Cuando estos seres se rebelan, nuestras sociedades los llaman locos o neuróticos (como a Don Quijote o a Madame Bovary), brujos o misántropos, subversivos o intelectuales, ya que este último término ha adquirido hoy en día la calidad de un insulto”.
Añadió: “Desde siempre, el poder del lector ha suscitado toda clase de temores: temor al arte mágico de resucitar en la página un mensaje del pasado; temor al espacio secreto creado entre un lector y su libro, y de los pensamientos allí engendrados; temor al lector individual que puede, a partir de un texto, redefinir el universo y rebelarse contra sus injusticias. De estos milagros somos capaces, nosotros los lectores, y estos milagros podrán quizá rescatarnos de la abyección y la estupidez a las que parecemos condenados”.
¿Disfruto este poder?