El podio que México todavía no sabe construir

Punto de referencia
31/07/2026 04:02
    ¿De dónde salió Isaac del Toro y por qué es una excepción en lugar de una consecuencia? La respuesta incómoda es que Del Toro llegó a la élite mundial pese al sistema mexicano, no gracias a él

    Isaac del Toro subió al tercer lugar general del Tour de Francia 2026, ganó una etapa y vistió el maillot blanco del mejor joven de la ronda. No es un dato menor que su triunfo haya coincidido con el hecho de que la Selección Mexicana disputaba octavos de final del Mundial. Dos escenas simultáneas, un mismo país celebrando y, sin embargo, una pregunta que casi nadie se hace en voz alta: ¿de dónde salió Isaac del Toro y por qué es una excepción en lugar de una consecuencia?

    La respuesta incómoda es que Del Toro llegó a la élite mundial pese al sistema mexicano, no gracias a él. Su formación transcurrió en gran medida fuera del País, en estructuras europeas capaces de detectar talento y convertirlo en resultado. Eso no es un defecto personal ni de su familia: es el síntoma de una ausencia estructural. México no tiene un mecanismo público, sistemático y sostenido para identificar niños y adolescentes con condiciones excepcionales -físicas, cognitivas, de disciplina- y darles seguimiento hasta la cima. Lo que existe son islas: escuelas privadas, iniciativas estatales aisladas, la fortuna de que un ojeador extranjero se fije en alguien. Un país de 130 millones de habitantes no puede seguir dependiendo del azar para producir a sus próximos Del Toro, Ana Gabriela Guevara o Hugo Sánchez.

    Aquí conviene mirar hacia Noruega, un caso que el propio Mundial de este verano volvió a poner sobre la mesa. Con apenas 5 millones de habitantes, Noruega ha construido durante décadas una política deportiva infantil basada en un principio simple pero radical: hasta los 12 ó 13 años no hay competencia formal, ni tablas de resultados, ni presión por ganar. El deporte se enseña como derecho universal de salud física y cohesión social, no como cantera prematura de campeones. Paradójicamente, ese modelo -que privilegia la participación masiva sobre la selección temprana- ha producido una de las canteras deportivas más envidiadas del planeta, desde el esquí hasta el fútbol y el atletismo. La lógica es contraintuitiva pero está probada: cuando el deporte es primero salud pública y comunidad, la excelencia aparece después, y con bases más amplias y sanas.

    México necesita las dos cosas a la vez, y ahí está el reto de diseño de política pública. Primero, una infraestructura deportiva escolar y comunitaria universal, pensada como inversión en salud pública -contra la obesidad infantil, el sedentarismo, la fragmentación del tejido social en barrios y municipios- y no como gasto suntuario o rubro discrecional del presupuesto. Segundo, y sin contradecir lo anterior, un sistema de detección temprana de alto potencial: convenios entre la SEP, la Conade, los institutos estatales del deporte y federaciones internacionales para identificar, becar y dar seguimiento de largo plazo a quienes muestran condiciones excepcionales, con rutas claras hacia academias, entrenadores certificados y competencia internacional progresiva.

    Lo que está en juego no es solo el medallero. Un atleta como Del Toro se convierte, sin buscarlo, en un activo de proyección nacional: referente para millones de jóvenes, embajador informal de México en Europa, contrapeso a las narrativas de violencia e informalidad que dominan la percepción internacional del País. Los estados y municipios que entiendan esto antes que los demás tendrán una ventaja competitiva real en la construcción de identidad, turismo deportivo e inversión en juventud. El triunfo de Isaac del Toro debería leerse no como un cierre feliz, sino como una advertencia: la próxima vez que un mexicano suba a un podio de esta magnitud, ojalá sea porque el país supo construirlo y no simplemente porque tuvo la suerte de no destruirlo.

    El autor es abogado y Diputado federal.