Yo no llevé en primaria “el libro de cartografías”, texto de apoyo que algunos contemporáneos míos usaron, pero me encantaban los mapas y me dio incomodidad que en mi escuela no me lo pidieran.
Para mí, fue una revelación saber que Julio Verne podía ambientar sus novelas en ciudades y países extraños usando como apoyo mapas y enciclopedias. Una excelente manera de mirar un mundo bajo un plano cartesiano, a veces irregular.
Recuerdo que una vez estuve de visita, cuando era adolescente, con una familia en la Ciudad de México. En ese tiempo se necesitaba mínimo un mapa del servicio del Metro para desplazarse allá, porque el GPS era una cosa solo de barcos de guerra.
Esa familia tenía como recuerdo de un viaje un libro-mapa de Florencia. Yo estaba leyendo por coincidencia “La agonía y el éxtasis” esa hermosa novela de la vida de Miguel Angel Buonarroti que buena parte transcurre en esa ciudad del Renacimiento, y fue particularmente complementario ver en ese mapa las calles que no han cambiado de nombre en 500 años.
Me sentí en casa. Pude acercarme con más certeza al perfume secreto de la novela.
Pero los mapas también pueden brotar ideas erróneas. Cuando en la primaria íbamos a comprar un planisferio -la palabra misma es una pista incluso del fraude-, estábamos recibiendo información sesgada y falsa. Una esfera no puede ser plana.
Algunos incluían con honradez la frase, “Proyección Mercator”, ya que el señor Mercator fue quien logró poner en un mapa plano, la difícil y perfecta figura de la esfera planetaria para entendimiento inmediato de los legos.
Por eso tenemos la idea errónea de que Europa es muy grande fisicamente, cuando en realidad es bastante más pequeña. Buena parte de Europa cabe en el país en que nacimos, México.
Otra situación es que África ahí se ve más pequeña de lo que es, porque ha sido reordenada para que quepa en un espacio plano, que por su parte, se compensa ignorando las parte del Océano Pacífico donde casi no hay isla o gente latosa que proteste.
Los Estados Unidos (¡y Alaska!) lucen mucho mas ampliados por estar en áreas claves del planisferio y les toca un mismo exagerado volumen que Europa.
Por fortuna, yo tuve un tiempo en globo terráqueo y ahí si se aprecian más los tamaños reales. Es fácil darse cuenta que Argentina no es tan grande, como se ve en el mapa. ¿De ahí vendrán la autosuficiencia de Milei y demás connotados personajes de allá emanados como Maradona?
Hay un argentino que propone un mapa del mundo donde Argentina está en el Polo Norte, porque según el Mundo está volteado, una idea que maneja Mafalda.
Hay otro asunto donde la proyección Mercado que nos sigue engañando. Es tan común que le llaman los geógrafos “El problema de Groenlandia”.
¿Cuál es ese? Que para que ajuste bien el mapa de Norteamérica, se hacen más grandes las áreas de Groenlandia y Argentina.
Sí, Groenlandia. Esa isla mítica de los vikingos hoy en pugna por su valor estratégico y bajo la égida política de Dinamarca.
No es tan grande como se luce. Usted si toma un globo terráqueo notará que es significativamente más chica.
Muchos críticos de la proyección Mercator insisten en qué es una visión muy centro europea del mundo. Desde el momento que queda Europa en el sitio de honor. A la fecha seguimos diciéndole “Oriente” a una región del mundo que a los mexicanos y gringos nos queda al occidente.
Hoy, chinos, japoneses y coreanos radicados en el gabacho prefieren ser llamados “asiáticos” porque oriente les suena a “el problema de Irak”.
En el espacio no hay arriba ni abajo ni izquierda ni derecha. Un extraterrestre que venga del espacio no necesariamente verá la tierra como la vemos en las películas, donde se ve el Continente Americano cambiando solitariamente al frente de la cara de nuestro planeta.
El Presidente Trump quizás piensa que Groenlandia es tan grande como se luce. Esa isla, en gracia a su valor estratégico para colocar misiles o bases de ataque, se ha vuelto hoy una cuña más en el conflicto geopolítico que involucra en este momento a Venezuela, Irán, Gaza y también México. Una nueva situación de amago y espacio vital.
En los años 70 el “Che” Guevara decía que para acabar con el imperialismo había que crear “uno, dos o tres Vietnam”. Con esa premisa, el guerrillero Ernesto Guevara de la Serna se fue a Bolivia, pensando que él iba a poder detonar un centro geológico para hacer erupción en todo el Continente Americano.
Pero no fue apoyado por los campesinos de la zona ni concretó una base social política.
En fin, el Presidente Trump ha logrado apariencia crear tres o cuatro potenciales Vietnam en un marco de una guerra fría que, poco a poco, se está poniendo más que tibia.
Esa isla gélida a la orilla del mudo se está volviendo una brasa.
Ojalá exista un orden mundial en el sentido correcto, y no volvamos a la incertidumbre y ausencia de futuro que teníamos en los años anteriores al muro de Berlín.
Y que Groenlandia no sea la cuña que le provoque, a este adolorido planeta y sus habitantes, los más demenciales dolores de cabeza.
Groenlandia no es tan grande como lo parece: tampoco es menester ignorarla.