Tenemos la idea de que los ciclos escolares alternan las clases con las vacaciones: terminado el ciclo, las y los estudiantes dejan de ir a la escuela, maestras y maestros dejan de trabajar y todos regresan en septiembre para empezar de nuevo. Sin embargo, esa imagen malinterpreta tanto el aprendizaje como la enseñanza.
Aceptamos que los niños necesitan las vacaciones de verano. En este lapso, los animamos a jugar, leer, viajar, explorar la naturaleza, pasar tiempo con sus familias, descubrir nuevos intereses o simplemente disfrutar de un ritmo de vida más tranquilo y relajado. Sabemos que la educación no ocurre solo dentro del aula y que el crecimiento personal a menudo requiere tiempo libre de horarios, rutinas cotidianas y evaluaciones. Pero, rara vez consideramos que las y los docentes podrían necesitar algo semejante.
Quizás esto se deba a que seguimos pensando que la docencia solo se ejerce cuando un maestro está en la escuela, conduciendo el proceso de aprendizaje de su grupo. Si eso fuera así, el “receso de clases”, como se denomina en el calendario escolar publicado por la SEP, sería tan solo una pausa del trabajo. Pero la del docente es una profesión intelectual, emocional y, esencialmente, humana. La calidad de la relación humana que se requiere construir para lograr que cada estudiante desarrolle los aprendizajes, depende de lo que hacen los docentes durante el año escolar, y también de cómo se renuevan entre un ciclo lectivo y el siguiente.
La investigación ha mostrado las enormes exigencias de la docencia. La Encuesta Internacional sobre Docencia y Aprendizaje (TALIS) de la OCDE señala reiteradamente que los docentes se enfrentan a una combinación de intensas demandas cognitivas, emocionales y organizativas. Y, muy importante, se espera que tomen decisiones pedagógicas de manera incesante cada día, que respondan a grupos cada vez más diversos, que gestionen el comportamiento de los estudiantes, que se comuniquen con las familias, que evalúen el aprendizaje, que cumplan con los requisitos administrativos y que se adapten continuamente a nuevas expectativas educativas —en México, esta exigencia es mayor con los cambios frecuentes de planes y programas de estudio y la cantidad de iniciativas de política educativa que las escuelas deben implementar—. La docencia implica tiempo; pero además, requiere atención, juicio y responsabilidad que consumen energía emocional.
La psicología ocupacional señala que la recuperación es un proceso necesario mediante el cual las personas restauran los recursos psicológicos que las profesiones exigentes agotan continuamente. Añade que las personas que más necesitan recuperarse (aquellas que enfrentan altas demandas laborales y agotamiento) suelen ser las menos capaces de lograrlo. El alto nivel de estrés hace que sea muy difícil desconectarse psicológicamente, lo que genera falta de descanso mental, de sueño y un mayor agotamiento. Las y los docentes que logran desconectarse del trabajo, pasar tiempo de calidad con familiares y amigos, dedicarse a intereses personales o simplemente descansar, regresan con un mayor bienestar y un compromiso profesional más sólido. Estas son condiciones para sostener una enseñanza excelente a largo plazo.
Además de la recuperación, es importante que las vacaciones sean también un periodo para la reflexión docente. El año escolar avanza a gran velocidad y siempre con desafíos que atender; por ello, rara vez hay oportunidad de analizar la propia práctica. La urgencia deja poco espacio para tomar perspectiva.
Solo con la distancia los docentes pueden hacerse las preguntas fundamentales para su profesión: ¿Qué estudiantes avanzaron este año y por qué? ¿Qué estrategias no resultaron? ¿Qué supuestos sobre el aprendizaje se pusieron en cuestión? ¿Qué haría de manera diferente el próximo ciclo escolar? Sabemos, gracias al filósofo Donald Schön, que los profesionales se convierten en expertos a través de la experiencia, pero también de la reflexión sobre la experiencia. El receso escolar ofrece tiempo para transformar la acción en comprensión.
Este lapso también puede destinarse al aprendizaje voluntario. Muchos docentes pasan parte de su receso leyendo literatura profesional, explorando nuevos enfoques de enseñanza, rediseñando lecciones, estudiando los temas de clase más a fondo, aprendiendo nuevas tecnologías e incluso participando en comunidades profesionales.
Al respecto, TALIS sugiere que el aprendizaje profesional no es lo que más socava el bienestar de los docentes. Las cargas administrativas, el papeleo excesivo y las tareas fragmentadas están mucho más vinculadas al estrés. Es decir, más que por la necesidad de aprender continuamente acerca de su profesión, los docentes están agotados porque una parte excesiva de su energía profesional se absorbe en actividades que poco aportan al aprendizaje mismo.
La UNESCO y la OCDE llegan a conclusiones similares, aunque desde perspectivas diferentes. Considerando los derechos y condiciones y laborales, la UNESCO enfatiza que es indispensable que los docentes cuenten con oportunidades para el descanso, el estudio y el desarrollo continuo. La OCDE sostiene que el bienestar de los docentes es un requisito de la calidad educativa y para retener a profesionales talentosos en las escuelas.
Quizás, entonces, deberíamos dejar de pensar en el receso escolar como una pausa en la enseñanza. Muchas buenas ideas con que los docentes llegan a la escuela en septiembre, a menudo se conciben en julio, porque tuvieron el espacio mental para observar en su desempeño y sus resultados, e imaginaron —incluso a veces planearon— nuevas posibilidades para generar oportunidades de aprendizaje.
Es por eso que el receso escolar no debe entenderse como una pausa en el ejercicio de la profesión docente. El ciclo escolar se dedica a promover el aprendizaje y evaluarlo, acompañar a las y los estudiantes, enfrentar desafíos diversos, reponder a innumerables tareas administrativas, atender a madres y padres de familia y finalmente, a cerrar el ciclo.
Lo que sigue a todo este trabajo agotador, es restaurar la energía, reflexionar sobre la experiencia y renovar el propósito profesional. Durante este período más tranquilo los docentes recuperan la vocación para acompañar a cada estudiante, la imaginación para diseñar mejores clases y el juicio que solo la reflexión profunda puede cultivar.
Cada septiembre, los padres esperan con razón que los docentes reciban a sus hijos con ideas frescas, entusiasmo renovado, un juicio sólido y un compromiso inquebrantable. Esas cualidades no aparecen el primer día de clases por casualidad. Se cultivan durante las semanas en que las aulas están vacías.
Quizás, entonces, lo más importante es reconocer que una de las condiciones para lograr que niñas, niños y adolescentes desarrollen los aprendizajes, es permitirles a las y los maestros el tiempo necesario para recuperarse y, en consecuencia, mejorar su desempeño profesional. Las vacaciones de verano benefician el bienestar docente que es indispensable para garantizar el derecho a aprender.
La autora, Maura Rubio Almonacid, es Directora de Investigación, Mexicanos Primero.