Íñigo Pirfano dedicó el último capítulo de su libro “Inteligencia musical”, al papel del silencio en la música.
Señaló: “El silencio es a la música lo que la sombra es a la pintura. El silencio y la sombra son las condiciones de posibilidad de ambas manifestaciones artísticas; sin ellas, no se podrían dar. Es más, hay artistas –como Caravaggio o Beethoven– en cuyas creaciones la sombra o el silencio son tan elocuentes, expresivos y poderosos como la luz o el sonido”.
Añadió que el silencio es muy elocuente, tanto en la composición como en la interpretación, y citó el silencio antes de que el director agite sus manos: “Esos instantes previos a la irrupción física de la música son absolutamente mágicos. Se trata de un silencio que tiene una densidad única y maravillosa”.
Agregó que existe otro excepcional silencio, el que se produce al final de la interpretación y recordó unas sabias palabras del director Claudio Abbado: “Para mí el mejor público es el que permanece en silencio el mayor tiempo posible al final de obras que tratan de la muerte, como la Novena de Mahler o el Requiem de Verdi. Si hay silencios así, al final no se debería aplaudir. Cuanto más dura el silencio, más se siente la presencia de la sala. Todo el público contiene la respiración, y eso se nota. Reina otra acústica, otra atmósfera”.
Pirfano brindó un consejo más: “La importancia que el silencio tiene en la música nos puede ayudar a descubrir el papel que el silencio ha de desempeñar en la vida. Ante el ensordecedor tráfago al que nos someten las jornadas, se hace necesaria una quietud en la que poder retrotraernos a lo más genuinamente humano que late en nuestro interior”.
¿Disfruto esos sacrales silencios?