El terremoto duró segundos; sus efectos en la niñez de Venezuela, años

01/08/2026 04:00
    Ha pasado un mes desde que dos terremotos de magnitud 7.2 y 7.5 sacudieron Venezuela. Mientras continúan las labores de rescate y las réplicas mantienen a las familias en alerta, el balance humano sigue creciendo: 5 mil 346 personas han muerto, más de 16 mil 740 han resultado heridas y miles han perdido sus hogares

    Ha pasado un mes desde que dos terremotos de magnitud 7.2 y 7.5 sacudieron Venezuela. Mientras los equipos de rescate continúan buscando personas entre los escombros, la posibilidad de encontrar sobrevivientes disminuye con cada día. Muy pronto, la atención internacional comenzará a desplazarse hacia otra noticia. Pero para las 680 mil niñas, niños y adolescentes que hoy necesitan asistencia humanitaria, la emergencia apenas está entrando en su fase más larga.

    Los sismos, los más fuertes registrados en el país desde 1900, han dejado una devastación de enormes proporciones. Hasta ahora, 5 mil 346 personas han fallecido, 16 mil 740 han resultado heridas y más de 23 mil 122 han sido desplazadas de sus hogares. Se estima que hasta 6.8 millones de personas han resultado afectadas y que 1.8 millones requieren asistencia humanitaria urgente.

    Las imágenes de edificios colapsados, calles cubiertas de escombros y familias esperando noticias de sus seres queridos han dado la vuelta al mundo. Sin embargo, existe otra realidad mucho menos visible: la de quienes sobrevivieron, pero ahora enfrentan un camino largo y complejo para recuperar la seguridad, la estabilidad y la esperanza.

    Lo que queda después de un terremoto no siempre se ve en las calles destruidas o en los edificios colapsados. También queda lo que no aparece en las cifras: el miedo que no se va, el duelo que no se entiende, y la incertidumbre de no saber cuándo volverá la seguridad. La reconstrucción no puede medirse únicamente en cemento; también debe medirse en la capacidad de proteger a una generación que hoy enfrenta el desafío de volver a empezar.

    La emergencia incalculable

    Las primeras 72 horas sirven para salvar vidas. Los siguientes meses servirán para salvar a la niñez.

    Un terremoto puede derrumbar un edificio en cuestión de segundos. Recuperar la vida de una niña o un niño después de esa experiencia puede tomar meses o incluso años. Esa diferencia suele perderse cuando la conversación pública se concentra únicamente en el número de víctimas, en los daños materiales o en la velocidad con la que avanzan las labores de rescate.

    Las pérdidas más profundas rara vez aparecen en los balances oficiales. No existe una cifra que refleje cuántas niñas y niños pasarán semanas sin dormir tranquilos por miedo a una nueva réplica; cuántos enfrentarán un duelo sin comprender del todo por qué una madre, un padre, un abuelo o una mascota ya no regresarán; cuántos verán interrumpida su educación durante meses o cuánto tiempo necesitarán para volver a sentir seguridad. Sin embargo, esas heridas también determinarán el futuro de una generación.

    Cuando concluyan las labores de búsqueda y rescate, el desastre no habrá terminado para las niñas, los niños y los adolescentes. Será entonces cuando comenzarán a hacerse más evidentes otras necesidades: recuperar un entorno protector, volver a confiar en quienes les rodean, reencontrarse con sus rutinas y recibir el acompañamiento necesario para procesar una experiencia profundamente traumática.

    En una emergencia de esta magnitud, proteger a la niñez significa mucho más que garantizar su supervivencia. Significa evitar que una tragedia deje secuelas permanentes en su desarrollo.

    Una niña que duerme desde hace días en un espacio abierto o en un albergue temporal necesita un lugar donde sentirse segura. Un niño que perdió a un familiar necesita apoyo para comprender y procesar lo ocurrido. Un adolescente que dejó de asistir a la escuela necesita recuperar una rutina que le devuelva cierta normalidad en medio del caos. Y cuando las familias son desplazadas o separadas durante la emergencia, proteger a las niñas y los niños de la violencia, la explotación o el abuso se vuelve una prioridad inmediata.

    Por eso, la respuesta humanitaria debe ir mucho más allá de distribuir ayuda. También implica brindar primeros auxilios psicológicos, crear espacios seguros para la niñez donde puedan jugar y aprender, apoyar la reunificación familiar cuando ha habido separaciones y garantizar el acceso a servicios esenciales como salud, agua potable, alimentación y educación.

    Estas acciones no sólo responden a las necesidades del presente; también ayudan a evitar que una experiencia traumática condicione el futuro de toda una generación.

    Reconstruir la normalidad

    Cuando hablamos de reconstrucción, solemos pensar en viviendas, carreteras, hospitales o puentes. Todo eso será indispensable. Pero reconstruir también significa devolver a las niñas, los niños y los adolescentes aquello que les permite crecer con seguridad: una escuela abierta, una comunidad que los protege, un espacio para jugar, una rutina que les recuerde que la vida puede volver a empezar.

    La escuela es un buen ejemplo de ello. Después de un desastre, representa mucho más que un lugar donde aprender matemáticas o historia. Es un espacio donde la niñez recupera vínculos, vuelve a convivir con otras personas, recibe apoyo emocional y encuentra una estructura que ayuda a disminuir el estrés y la ansiedad. También permite identificar con mayor facilidad a quienes enfrentan riesgos de protección o requieren atención especializada.

    Sin embargo, hoy esa posibilidad sigue siendo incierta para miles de estudiantes. Las primeras evaluaciones indican que más de 400 escuelas resultaron dañadas únicamente en el Distrito Capital y otras han sido habilitadas como albergues temporales o centros de acopio para apoyar la respuesta humanitaria. La prioridad es, por supuesto, brindar refugio y asistencia a quienes lo perdieron todo. Pero también será indispensable garantizar que las niñas, los niños y los adolescentes puedan regresar a clases de forma segura lo antes posible, porque prolongar la interrupción educativa también tiene consecuencias que pueden acompañarlos durante años.

    La misma lógica aplica para la salud, la nutrición y el acceso al agua potable. En una emergencia de esta magnitud, contar con atención médica o alimentos suficientes puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte. Pero sostener esos servicios durante los meses siguientes también será determinante para que la niñez pueda recuperarse plenamente y reducir el riesgo de que esta crisis tenga efectos permanentes sobre su desarrollo.

    Una crisis sobre otra

    Los terremotos no ocurrieron en un país que partía de cero. Antes del desastre, Venezuela ya atravesaba una prolongada crisis humanitaria que había debilitado servicios esenciales y reducido las oportunidades de millones de familias. Cinco millones de niñas y niños ya necesitaban apoyo humanitario antes de que la tierra comenzara a temblar.

    Ese contexto hace que la recuperación sea mucho más compleja. Los hospitales ya enfrentaban importantes limitaciones, muchas familias tenían dificultades para acceder a alimentos, agua potable y atención médica, y el sistema educativo arrastraba desafíos que hoy se han profundizado.

    En otras palabras, el terremoto no sólo destruyó infraestructura; agravó una situación que ya era crítica para millones de personas.

    En Save the Children hemos visto esta realidad repetirse en distintas emergencias alrededor del mundo. También la vemos hoy en Venezuela, donde trabajamos desde hace años junto con organizaciones locales para responder a las necesidades de las niñas, los niños y los adolescentes. Sabemos que entregar agua, alimentos o atención médica es indispensable para salvar vidas. Pero también sabemos que proteger su bienestar emocional, restablecer espacios seguros, apoyar la reunificación familiar y favorecer el regreso al aprendizaje son acciones igual de importantes para que puedan recuperar su presente y construir su futuro.

    La reconstrucción no puede medirse únicamente por los edificios que vuelvan a levantarse. También debe medirse por la capacidad de proteger a una generación que enfrenta el riesgo de cargar con las consecuencias de esta tragedia durante mucho tiempo. Un terremoto dura segundos; sus efectos sobre la niñez pueden extenderse durante años si la respuesta termina demasiado pronto.

    La solidaridad internacional suele movilizarse con rapidez cuando ocurre un desastre. El verdadero desafío es mantener ese compromiso cuando los reflectores se apagan y la emergencia deja de ocupar las portadas. Para cientos de miles de niñas, niños y adolescentes venezolanos, ese momento apenas comienza. Mantener y ampliar el financiamiento humanitario será fundamental para que puedan recuperar no sólo un techo, sino también su bienestar, su educación y la oportunidad de crecer en condiciones de seguridad y dignidad.

    Las réplicas terminarán algún día. Lo que no debería prolongarse son las consecuencias que este desastre puede dejar en la vida de cientos de miles de niñas, niños y adolescentes. Que la reconstrucción de Venezuela también se mida por la forma en que protege a su niñez dependerá del compromiso de todos. Quienes deseen apoyar la respuesta humanitaria para las niñas, los niños y las familias afectadas por los terremotos en Venezuela pueden hacerlo en www.emergenciahumanitaria.mx.