El viernes pasado tuve dos despedidas, a una no llegué y a la otra sí pude asistir.
La primera ocurrió a la distancia, era la última clase abierta de una generación de alumnos con la que compartí meses de aprendizaje, el trabajo me impidió estar presente, pero seguí cada fotografía y cada video que comenzaron a aparecer en redes sociales. Mientras los veía celebrar el cierre de una etapa, sentí esa mezcla extraña de orgullo y melancolía que acompaña a los maestros cuando descubren que sus alumnos ya no los necesitan como antes.
La segunda despedida fue distinta, vi a mi hija concluir su taller de teatro, no había grandes escenografías ni efectos especiales, solo un grupo de chicas y chicos enfrentando el escenario con esa mezcla de nervios y emoción que únicamente provoca el deseo de ser vistos.
Y mientras la observaba, pensé que quizá llevamos demasiado tiempo subestimando el lugar que ocupa el arte en nuestras vidas.
Vivimos en una época obsesionada con la productividad, todo parece medirse por su utilidad inmediata. Nos preguntamos cuánto genera, cuánto vende, cuánto ahorra, cuánto optimiza, las escuelas reciben presión para formar profesionistas más competitivos, las empresas buscan trabajadores más eficientes y las familias, con toda la buena intención del mundo, suelen orientar a sus hijos hacia aquello que promete estabilidad económica.
En ese contexto, el arte suele convertirse en un lujo, algo que se hace si queda tiempo, un pasatiempo, una actividad extracurricular, pocas veces pensamos en él como una necesidad.
Sin embargo, quizá estamos mirando el problema al revés, porque el arte nunca ha existido para hacernos más eficientes, ha existido para recordarnos por qué vale la pena ser humanos. Resulta curioso que, mientras la tecnología avanza a una velocidad sin precedentes, las disciplinas artísticas parezcan perder espacio en nuestras prioridades, justo cuando las máquinas comienzan a escribir textos, generar imágenes, componer música, responder preguntas e incluso imitar conversaciones humanas con una naturalidad sorprendente, nosotros decidimos dedicar menos tiempo a aquello que precisamente las máquinas no pueden experimentar.
La inteligencia artificial puede producir una pintura, pero no puede sentir el impulso irreprimible que lleva a un artista a crearla, puede escribir un poema, pero nunca sabrá qué significa extrañar a alguien, puede interpretar una obra de teatro, pero jamás conocerá el miedo que siente un actor cuando el telón está a punto de abrirse, porque las máquinas procesan información, las personas construimos significado y el arte vive exactamente ahí: en el significado.
Mientras veía actuar a mi hija comprendí que el taller de teatro no estaba formando una actriz, estaba formando una persona. Le estaba enseñando a escuchar antes de hablar, a ponerse en el lugar de alguien distinto a ella, a comprender emociones ajenas, a trabajar con otros, a equivocarse sin miedo, a exponerse frente al juicio de un público y descubrir que la vulnerabilidad no es una debilidad, sino una forma de valentía, eso también es educación.
Quizá una de las formas más profundas de educación.
Lo mismo ocurre con la música, la danza, la literatura, la pintura o el cine, ninguna de estas disciplinas existe únicamente para producir artistas profesionales, existen para desarrollar algo mucho más escaso, sensibilidad y la sensibilidad no es un lujo, es una herramienta de supervivencia social. Las sociedades no se deterioran únicamente cuando fracasa su economía, también se deterioran cuando dejan de ser capaces de imaginar la vida del otro, cuando pierden la empatía, cuando normalizan el dolor ajeno o cuando dejan de conmoverse frente a la injusticia, el arte es, probablemente, el entrenamiento más antiguo que tenemos para combatir esa indiferencia, cada novela nos obliga a vivir otra existencia, cada obra de teatro nos presta otros ojos, cada canción nos recuerda que alguien, en algún lugar, sintió exactamente lo mismo que nosotros.
El arte amplía nuestra experiencia del mundo sin necesidad de abandonar nuestro asiento, por eso me preocupa que, en ocasiones, defendamos el arte únicamente porque genera turismo, derrama económica o prestigio cultural, claro que produce todo eso, pero su valor más importante es otro, el arte mantiene viva nuestra capacidad de sentir y una sociedad que deja de sentir comienza lentamente a dejar de pensar.
Tal vez por eso las dictaduras desconfían de los artistas, no porque pinten cuadros o escriban poemas, sino porque enseñan a imaginar futuros distintos y quien imagina alternativas deja de aceptar que la realidad es inamovible.
Al despedirme, aunque fuera desde la distancia, de una generación de alumnos y al ver a mi hija despedirse de un escenario, entendí que ambas experiencias compartían una misma esencia, las dos hablaban de personas aprendiendo a expresarse, a escuchar, a observar, a construir comunidad, en un mundo que premia la velocidad, el arte nos obliga a detenernos, en un mundo que nos empuja a competir, el arte nos invita a comprender, en un mundo que comienza a automatizar casi todo, el arte sigue recordándonos aquello que ninguna tecnología podrá fabricar, la experiencia irrepetible de ser humanos.
Quizá por eso estoy convencido de que no deberíamos preguntarnos si el arte es útil, la verdadera pregunta es otra, ¿qué clase de sociedad queremos construir si dejamos de cultivar aquello que nos hace profundamente humanos?
Porque cuando todo cambie, las profesiones, los mercados, la tecnología e incluso la forma en que nos relacionamos, seguirá existiendo un lugar donde buscaremos sentido y ese lugar seguirá siendo una historia, un escenario, una canción, un libro, una película o un cuadro, porque, al final, el arte no compite con el futuro, lo hace habitable y quizá, precisamente por eso, sea el último bastión de lo humano.
Gracias por leer hasta aquí, nos leemos pronto.
Es cuánto.