El verde oscuro en semáforo Covid. Este color no es el de la esperanza

OBSERVATORIO
    De amenaza a la salud pública el tema epidémico decayó a complotes de matices. El peligro sigue, solamente que el modelo de evaluación prescinde de las consecuencias en las personas y familias para anteponer las repercusiones que pudiera tener en los políticos y sus pretensiones de más poder.

    Este día el semáforo epidemiológico de la enfermedad Covid-19 amanece de color verde en Sinaloa, pero en realidad al momento endémico mínimamente le corresponde el amarillo, y la población debe proceder como si fuera luz roja de alerta máxima, o gris debido al caos por la alteración del sistema de monitoreo. La señalización por la pandemia está igual de trastornada que la actitud de la población que desquicia al tratar de descifrar las tres cepas de irresponsabilidad añadidas al coronavirus a conveniencia del gobierno: la económica, la política y la social.

    Como sociedad responsable tendríamos que dedicarle poco tiempo a presenciar el increíble cambio a esmeralda del medidor endémico y muchos lapsos a orar para que acabe o sea controlada la emergencia sanitaria y dejen de contagiarse y morir más sinaloenses, ahora jóvenes y niños. El imperio de la simulación oficial continúa inmutable, pero firme también es el virus SARS-CoV-2 en su devastación.

    De amenaza a la salud pública el tema epidémico decayó a complotes de matices. El peligro sigue, solamente que el modelo de evaluación prescinde de las consecuencias en las personas y familias para anteponer las repercusiones que pudiera tener en los políticos y sus pretensiones de más poder. El populacho ya votó y se le necesitará otra vez con el sufragio hasta 2024, por lo que ahora hay que seguir estirando la liga de la capacidad de aguante del pueblo. Que tome la confianza suficiente y vaya a los estadios, playas, centros comerciales y cuanta aglomeración le apetezca, bajo su propia responsabilidad.

    Ningún ciudadano entiende cómo los gobiernos federal y estatal lograron el prodigio de situar a Sinaloa durante un mes en el color amarillo cuando la incidencia del coronavirus estuvo arriba de los cien nuevos contagios y los fallecimientos rozando los treinta, cada día. Mucho menos alcanza a decodificar que hayamos llegado al maravilloso verde que para las autoridades de Salud es señal de victoria y para la gente común y corriente es augurio de negligencias porque la circunstancia aún delicada es resuelta con burocratismos ramplones.

    De ser cierto que por arte de magia se redujo el número de infectados y muertes en el estado, sin que nos salgan en unos días con las cuentas tramposas de los casos acumulados, entonces la atención y congoja viran hacia los 79 nuevos contagios y 11 decesos reportados el sábado 18 de septiembre, con 663 casos activos. ¿Esto da para colocar el semáforo Covid-19 en el color de mínimo riesgo?

    Al mismo tiempo la Secretaría de Educación Pública y Cultura ha confirmado a un maestro y dos alumnos infectados en escuelas de Sinaloa donde se regresó a las clases presenciales, situación que amerita la mayor observación sobre el sistema educativo. También la Secretaría de Salud precisa en el informe la muerte de 105 trabajadores del sector médico durante la contingencia sanitaria y el titular de esta área, Efrén Encinas Torres, llama a “cuidarnos al máximo” porque advierte que “la pandemia aún no termina” independientemente del color en que esté el semáforo epidemial.

    Es decir, las instituciones de salud pública anticipan su propia vacuna por si las cosas salen mal con el relajamiento al que incita el semáforo loco. Por si acaso se viene la cuarta ola de la Covid-19, y deviene el indeseable escenario de más niños y jóvenes contagiados en centros educativos en vías de normalización, toda la culpa será de los sinaloenses porque se confiaron en el color verde que, dicho sea de paso, es una invención del daltonismo gubernamental contra un virus que sí es auténtico, mutante y letal.

    Y sí. Hay un buen avance en la vacunación, existe la conciencia más sólida en lo que respecta a la prevención, la mortalidad y ocupación hospitalaria se reducen y tenemos que acostumbrarnos a vivir en la “nueva normalidad”. Pero todo eso puede ser ponderado sin burlarse del sentido común colectivo con dispositivos que trasmutan en un color a otro por el capricho de funcionarios presas de la niebla cerebral, esa secuela del coronavirus que ralentiza el funcionamiento neuronal.

    Es así como del verde pasaremos en cuestión de horas al negro de la confusión, falsas expectativas y, ojalá que ya no más, al luto de familias que ven irse a los suyos mientras las autoridades se entretienen manipulando semaforitos de juguete. ¿De qué color es la mentira del “todos estaremos bien”? ¿Cuál es el respeto a las más de 8 mil víctimas letales de las que poco hablan los servidores públicos? ¿Cómo se les puede inducir esa tonalidad embaucadora a los que dentro de hospitales persisten en la lucha desigual por salvar la vida de los pacientes?

    Por decreto, llegó el tiempo de la alucinación verde. Tal vez pronto tengan que agregar el color rosa para inducirnos en la felicidad a pesar de la pandemia, esa conveniente locura de agradecerles a los gobernantes que estemos vivos sin que pese el adiós a padres, abuelos, hijos, hermanos y amigos que al ingresar a los hospitales llevaban la única certeza de la muerte con la agravante de no poder dar ni recibir el adiós definitivo.

    Reverso

    El semáforo no alcanza,

    Para confiar en que la suerte,

    Le quite el color de muerte,

    Al verde de la esperanza.

    Cascarones de adorno

    Ahí están los flamantes edificios del Hospital General y Centro de Salud de Culiacán que al no recibir el equipo de alta gama para la prevención, diagnóstico y atención de enfermedades evidencian que la infraestructura y servicios médicos de buena calidad escapan de las prioridades del Instituto de Salud para el Bienestar. ¿Quién vigila que la Cuarta “Transformación” evite meterles aparatos viejos y descompuestos a los hospitales nuevos?

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