Andrey Padilla Palafox vivió pocos, pero plenos años. Escribir se convirtió para él en una forma de vida. Navegar en el río de las palabras constituyó un delicioso viaje y un apasionante reto. Andrey no vivió una sola vida, sino varias, a través de los avatares y peripecias de sus personajes.
Si nos reconectamos con el discurso de Mario Vargas Llosa, podremos aplicarlo a la vivencia de Andrey. Dijo Vargas Llosa: “como todo escritor, siento a veces la amenaza de la parálisis, de la sequía de la imaginación, nada me ha hecho gozar en la vida tanto como pasarme los meses y los años construyendo una historia, desde su incierto despuntar, esa imagen que la memoria almacenó de alguna experiencia vivida, que se volvió un desasosiego, un entusiasmo, un fantaseo que germinó luego en un proyecto y en la decisión de intentar convertir esa niebla agitada de fantasmas en una historia”.
Recordando una frase de Flaubert: “Escribir es una forma de vivir”, Vargas Llosa, precisó: “una manera de vivir con ilusión y alegría y un fuego chisporroteante en la cabeza, peleando con las palabras díscolas hasta amaestrarlas, explorando el ancho mundo como un cazador en pos de presas codiciables para alimentar la ficción en ciernes y aplacar ese apetito voraz de toda historia que al crecer quisiera tragarse todas las historias”.
Añadió que escribir es como un remolino que te hechiza y atrapa: “Llegar a sentir el vértigo al que nos conduce una novela en gestación, cuando toma forma y parece empezar a vivir por cuenta propia, con personajes que se mueven, actúan, piensan, sienten y exigen respeto y consideración... sin que la historia pierda poder de persuasión, es una experiencia que me sigue hechizando como la primera vez”.
¿Vivo con emoción y alegría?