En Sinaloa abundan los mataperros (potenciales violentadores familiares y feminicidas)
Aunque nos cueste trabajo admitirlo y prefiramos escondernos tras el orgullo regional, en Sinaloa somos una sociedad profundamente violenta y egoísta.
Esta violencia no siempre se manifiesta con el estruendo de un disparo (el cual, es bastante común); comienza en la cotidianidad de nuestras calles, alimentada por un individualismo donde primero estoy yo y mis necesidades, y al demonio los demás.
Lo vemos a diario en los detalles más simples de la convivencia urbana, la persona que abandona el carro del supermercado a mitad del estacionamiento porque no quiere caminar unos metros para regresarlo; el conductor que enciende las luces intermitentes como un salvoconducto mágico para estacionarse donde le plazca, bloqueando el tráfico; aquel que arroja la basura por la ventana del auto o en la calle sin la menor vergüenza; o quien estaciona su vehículo sobre la banqueta, invadiéndola por completo y obligando a los peatones, a madres con carriolas o a personas con discapacidad a jugarse la vida caminando por la calle.
Esta invasión constante del espacio público y la total indiferencia hacia el bien común reflejan una erosión profunda de la empatía básica.
Cuando el respeto por el vecino se desvanece por pura comodidad individual, se crea el terreno fértil para que la desensibilización escale a niveles verdaderamente oscuros (por eso estamos como estamos).
Esta violencia cotidiana es solo el síntoma visible de un tejido social fracturado donde la incapacidad para ponerse en el lugar del otro se ha vuelto la norma.
Sin embargo, cuando este desprecio por la convivencia colectiva se traslada a la vida y al dolor de otros seres sintientes, entramos en el terreno de la disfunción mental (sociópatas).
Dañar o matar a un animal de forma intencional y sin experimentar el más mínimo remordimiento no es una simple falta de educación.
Existen muchos casos de estos en Sinaloa, siendo uno que ha adquirido mucha notoriedad el de una persona identificada como Paúl Leyva (hijo del líder agrario Ramón Leyva), del Carrizo, Ahome, quien disparó contra tres perros, matando a uno e hiriendo a dos, bajo el argumento de que ingresaban a su propiedad (en el video difundido, el matador también argumenta que a él le han envenenado perros, pero no se agüita. Como si fueran objetos utilitarios).
Las investigaciones neurocientíficas demuestran que las personas con rasgos sociópatas y marcados niveles de sadismo presentan alteraciones funcionales en la amígdala cerebral y en la corteza prefrontal orbitofrontal, las zonas encargadas de procesar la culpa, la empatía y los frenos inhibitorios morales.
En estos individuos, la falta de arrepentimiento no es un descuido emocional, sino una desconexión estructural con la capacidad de sentir compasión ante el sufrimiento ajeno.
La criminología y la psicología forense han demostrado que esta falta de empatía no se detiene en las mascotas, sino que sigue un camino de continua escalada denominado en la literatura científica como “El Enlace” (The Link).
Investigadores pioneros como el Dr. Frank Ascione han documentado que el maltrato animal intencional funciona como un campo de entrenamiento o como un indicador temprano de violencia interpersonal severa.
Quien aprende a disfrutar o a tolerar el dolor de un animal indefenso para afirmar su poder y control, tarde o temprano busca objetivos humanos dentro de la misma lógica de dominación.
Es por esta razón que, en muchas sociedades, el maltrato animal se clasifica como un delito grave contra la sociedad, reconociendo su directa correlación con agresiones sexuales, homicidios y violencia intrafamiliar.
En los hogares violentos, agredir o matar a la mascota de la familia se convierte en una herramienta de control coercitivo y chantaje emocional dirigida hacia las mujeres y los niños para someterlos al silencio.
En Sinaloa, esta cadena de insensibilidad se manifiesta de forma alarmante en las estadísticas oficiales y en la realidad comunitaria.
Mientras colectivos de protección animal en el estado reportan diariamente decenas de casos brutales que van desde envenenamientos masivos hasta animales macheteados o baleados, el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública y los informes del Consejo Estatal de Seguridad Pública ubican recurrentemente a la entidad en posiciones críticas a nivel nacional por sus tasas de feminicidio e incidentes de violencia contra la mujer, con municipios como Culiacán, Mazatlán y Ahome figurando de forma constante en los focos rojos.
De igual manera, las llamadas de auxilio a la línea de emergencias 911 revelan que la violencia familiar es el delito con mayor volumen de denuncias en los hogares sinaloenses.
La coincidencia no es casualidad; la misma sociedad que tolera y mira hacia otro lado cuando un animal es mutilado, es la que termina normalizando el maltrato hacia la pareja y hacia los pequeños, así como el feminicidio.
Aceptar que vivimos en una sociedad violenta y egoísta es el primer paso (indispensable), aunque incómodo, para revertir nuestra crisis social.
La incapacidad para recoger un carrito de supermercado, la costumbre de estacionarse en lugares prohibidos, y la crueldad impune hacia los animales no son hechos aislados; son eslabones de una misma cadena egoísmo y falta de empatía.
La ciencia y la criminología nos advierten que la falta de empatía es una espiral ascendente.
Revertir una problemática tan arraigada en Sinaloa requiere, en primer lugar, desmantelar la ilusión de que la crueldad animal, la violencia familiar y el egoísmo cívico son fenómenos aislados.
Transformar este panorama exige articular una estrategia integral que combine la intervención institucional temprana, la salud mental obligatoria, la reconstrucción del espacio público y la educación socioemocional desde la infancia.
Solo mediante una política pública transversal es posible sustituir la cultura del dominio individual por una ética comunitaria basada en la empatía y la protección de los más vulnerables.
El pilar fundamental de esta transformación reside en la implementación de protocolos de reporte cruzado entre las instituciones de seguridad, procuración de justicia y bienestar social.
En el ámbito de la justicia y la salud pública, es necesario superar la falsa premisa de que las multas económicas o el encarcelamiento administrativo son suficientes para modificar conductas sociopáticas o la ausencia de freno moral.
Las reformas al código penal y a los Bandos de Policía y Buen Gobierno deben incluir la obligatoriedad de evaluaciones psicológicas exhaustivas y programas de tratamiento para el control de impulsos y el desarrollo de la empatía en cualquier persona sancionada por maltrato animal o agresiones intrafamiliares.
Para las faltas administrativas vinculadas al egoísmo cívico (como la obstrucción del tránsito vehicular por conveniencia personal o arrojar basura en espacios públicos) la respuesta institucional debe basarse en restaurar el orden básico bajo una política de cero tolerancia al desprecio cívico.
Esto envía un mensaje contundente, el bienestar colectivo siempre estará por encima de la comodidad individual.
Finalmente, la prevención primaria y el cambio cultural a largo plazo solo se consolidarán si se interviene en las aulas (por que tristemente, en muchas casas no ocurre y no va a ocurrir) antes de que la desensibilización se arraigue en la psique de las nuevas generaciones
La inclusión de actividades pedagógicas directas, como el contacto guiado con animales rescatados, permite estimular desde la infancia los circuitos neuronales de la compasión y el cuidado mutuo.
Revertir la crisis de violencia en Sinaloa no es una tarea utópica, sino un compromiso político y social urgente; implica entender que una sociedad que sanciona con firmeza la crueldad, recupera sus espacios comunitarios y enseña a sus niños a proteger a los más indefensos, no solo rescata a sus animales, sino que sienta las bases para defender la vida y la dignidad de todas sus familias.
Si Sinaloa no empieza por educar en el respeto a los límites mínimos de la convivencia civil y en la compasión hacia los seres más indefensos, la violencia continuará devorando a nuestras familias desde adentro y a nuestra sociedad desde afuera, recordándonos que una comunidad que no es empática difícilmente protegerá a su misma gente.