En una o dos palabras

    Hay que reconocer que Monreal siempre logra su cometido: estar en la conversación pública. No es de hoy, es de siempre. Rebelde, iconoclasta y también con ambición, ha hecho carrera haciéndose valorar por la buena o por la que gusten: renegó del PRI y, recurriendo al PRD, lo dejó sin Zacatecas; renegó de ése último partido y se brincó con Andrés Manuel a Morena. Y en 2018 renegó de Morena y se quedó nada menos que con la presidencia del Senado. Reniega y vencerás.

    Hay que reconocer lo complejo de Ricardo Monreal Ávila. Cualquiera podría resumir al Senador en una palabra o en dos. Y será un reduccionista. “Líder”, lo llamaba Sandra Cuevas mucho antes de ganar Cuauhtémoc. “Traicionero”, lo llaman desde Morena quienes le atribuyen la derrota de su propio partido justo de esa Alcaldía que él gobernó.

    Unos y otros -y los que usan más adjetivos para el ex Gobernador- tienen cierta razón, pero no la tienen toda. A Monreal no se le reduce a una palabra o dos. Esos que lo reducen serán sorprendidos. Ha demostrado ser tan chicloso que nunca se sabe bien a bien qué es. No es del PRI pero no lo descarten; no es de Movimiento Ciudadano pero viene de Movimiento Ciudadano y tiene un pie allí; no es del PRD pero personajes clave del PRD lo tienen por aliado. No es del PT pero el PT, cuando fue necesario, ha sido de él. Y es de Morena. Pero en Morena saben que a la hora de la hora no lo es tanto. Chicloso, pues.

    En su pleito con el Gobernador Cuitláhuac García, Monreal no dudó en aliarse de Dante Delgado. Su mensaje a los morenistas fue: y también puedo generar condiciones para que Veracruz se vuelva naranja. Dante fue Gobernador de ese estado y qué más desearía que pintarlo naranja. Monreal no es ajeno a ese anhelo. Y todo lo anterior es un buen ejemplo del temple del Senador, por aquello de que es de Morena pero sólo hasta donde sea necesario.

    Una pregunta que escucho regularmente es por qué sigue en el movimiento de López Obrador. La respuesta se la guarda el propio Presidente. Pero se puede inferir. Si por menos le ha cortado la cabeza a varios, ¿por qué Monreal sigue siendo parte del lopezobradorismo? Una posible respuesta es: porque hace más daño afuera. Tampoco me compro eso sin desarrollarlo. Es cierto que si se brinca a otro partido puede lanzar dardos muy venenosos, pero también lo es que opera como contrapeso en Morena y eso evita que una sola corriente tome control, como pasa con PAN, PRI y PRD en estos momentos, y como sucede en MC, históricamente: muy demócrata Dante Delgado... hasta donde le conviene: es el Fidel Velázquez de esa fuerza que antes se llamó Convergencia.

    También es cierto que esa condición “chiclosa” le permite estar en todas partes y no ser de ningún lado. Y eso debe evaluarlo bien el muchas veces legislador por distintos partidos. Lo vi en 2017-2018. Cuando coqueteaba con irse al PRD, algunos líderes perredistas lo abrazaban y le prometían cobijarlo. Pero no tenían la más mínima intención de quitarle la candidatura a Alejandra Barrales para entregársela a él. A la hora de la hora, los grupos políticos irán con uno de los suyos. Muy amigos, muy amigos, y aún así no veo que Dante baje a Colosio, Samuel García o Enrique Alfaro solo porque llegó el otro a tocar la puerta.

    El problema viene cuando Monreal hace berrinche y tira la comida de la mesa de la que él mismo come. Eso causa conflictos mayores y marca, al final, su imagen pública. El Presidente le ha lanzado varias indirectas en los meses recientes pero no se resuelve la gran pregunta: por qué sigue adentro. Y eso da enorme complejidad al personaje. Su relación con López Obrador no es fácil, y cualquiera que quiera ponerle nombre será reduccionista.

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    Hay que reconocer que Monreal siempre logra su cometido: estar en la conversación pública. No es de hoy, es de siempre. Rebelde, iconoclasta y también con ambición, ha hecho carrera haciéndose valorar por la buena o por la que gusten: renegó del PRI y, recurriendo al PRD, lo dejó sin Zacatecas; renegó de ése último partido y se brincó con Andrés Manuel a Morena. Y en 2018 renegó de Morena y se quedó nada menos que con la presidencia del Senado. Reniega y vencerás.

    Para las elecciones de 2018, escribí que si Monreal ganaba la candidatura en la Ciudad de México ganaría al menos cuatro veces. Una, ser el candidato. Otra, en las urnas: ocuparse como Jefe de Gobierno. La tercera es que de inmediato se haría ver como “heredero” del movimiento lopezobradorista y tomaría Morena. El cuarto triunfo habría sido que, como marca la tradición de las últimas décadas, sería el candidato presidencial de la izquierda para 2024; por sus propias maniobras y por que los gobernantes de la capital han sido candidatos para el máximo encargo.

    Monreal apostó su doble contra sencillo. Ese 2017-2018 perdió, y aunque parecía que perdía doble, en los hechos ganó: se fue a presidir nada menos que el Senado de la República. Nadie se sorprenda. El político zacatecano es hábil en el reniega y vencerás, en el ganar perdiendo. Incluso hay quienes creen que nunca pierde, que sabe estirar la liga casi hasta que se revienta y de esa tensión gana, aunque aparentando que pierde. Y si la liga se llegara a reventar en el proceso ya tiene a dónde ir.

    La biografía de Ricardo Monreal Ávila (Plateros, Fresnillo, Zacatecas. 19 de septiembre de 1960) nos advierte que nadie puede saber en dónde está realmente parado. Y en apariencia, el mismo Monreal sufre su condición. En 2018, recuerdo, parecía sumido en depresión. Qué difícil momento vivo, decía. Incluso dijo que había consultado a su esposa una decisión que sólo podían tomar ambos (irse de Morena). Como cuando -a todos nos ha pasado- decides renunciar a un empleo que te gusta mucho, por culpa de otros. Eres víctima de los otros. Qué difícil. Es un “me tengo que ir aunque no quiera”, que genera, pues sí, simpatía y solidaridad.

    Este 2022 abrimos año con una noticia: Monreal se siente otra vez así. Camina sobre espinas y clavos mientras medita, con un libro en la mano, su destino. Qué difícil momento vivo, dice. Creo, porque sigo su trayectoria -es mi oficio-, que está en el momento en el que debe consultar con su familia. “Estoy quizás viviendo una etapa difícil de mi vida pública, de mi vida política. Una etapa en la que obviamente a nadie se la deseo. En efecto, tengo casi un cuarto de siglo acompañando al Presidente, soy fundador y militante de Morena y en el Senado hemos [etc.]. Estoy en Morena, sigo en Morena, porque en Morena hay muchas visiones, hay quienes coinciden conmigo, hay quienes no. Pero en efecto, estoy en una encrucijada [...]”, le dijo al diario Reforma este fin de semana.

    Qué difícil. Es un “estoy pensando en irme aunque no quiera”. Y eso siempre genera, pues sí, simpatía y solidaridad. Aunque debo decir, sin ser médico, que depresión, lo que se dice depresión, no es. Las personas depresivas tienen profunda tristeza, sí, como en apariencia tiene Monreal. Pero también pierden la autoestima y el interés por las cosas. Y la condición permanente de Monreal está relacionada con un exceso de autoestima y por su marcado interés por las cosas. Depresión no es. A menos de que estemos frente a un nuevo tipo de depresión, caso de estudio, que se cura con dosis suficientes de candidaturas y de posiciones públicas.

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    Un día aparece en Latinus, otro en El Universal, uno más en Reforma. Por la mañana el Presidente dice que esos medios son anatema y por la tarde Monreal los usa para mandar mensajes. Dante llama dictador a López Obrador, se quita ese chicle y se mete el otro para conversar con Monreal. Y así. Las relaciones de Monreal van de un líder sindical que mata toros por diversión, Pedro Haces, o un Alcalde señalado (entre otras cosas) por atacar a medios y periodistas: Adrián Rubalcava. Una parte de Morena culpa a Miguel Ángel Mancera de todo lo que quieran y gusten pero en los hechos es aliado de Monreal. Y eso da gran complejidad al personaje pero también inyecta dudas sobre sus lealtades. Me atrevo a decir, sin querer dibujarlo en una o dos palabras, que su lealtad es con él y esa lealtad está probada. Faltaba más.

    “Morena atraviesa por una etapa crítica, a veces se intenta soslayar, pero no se puede ocultar, y esta sucesión adelantada ha provocado esta guerra temprana y lamentablemente si no hay reglas claras, compromisos políticos internos, se va agudizar, no se requiere ser tan sabio para prever que esto puede terminar mal”, dice Monreal en la entrevista con Reforma. Pide dos cosas, al menos: reglas claras y compromisos políticos internos. Y que lo aguanten porque así es él: “Yo no soy del coro de aplaudidores sólo por el simple hecho de provenir de un movimiento”.

    Y luego dice: “No podemos solapar excesos, eso no es por lo que luchamos. Claro, esto me aleja de un sector de la nomenclatura político-partidista y me aleja de un sector adicto al Presidente, pero no es mi intención confrontarme con el Presidente [etc.]”. No es su intención confrontarse con el Presidente, dice, y si pasa es porque no va a solapar excesos.

    Monreal advierte que se queda. O advierte que se va. Tal cual. Porque no es del PRI pero no lo descarten; no es de MC pero tiene un pie allí. No es del PRD pero lo tienen de aliado. No es del PT pero el PT ha sido de él. Y es de Morena. Y en Morena se entiende, por sus propios mensajes, que no lo es tanto. Ahora está en el reniega y vencerás, caminando hacia el ganar perdiendo. Si no es que se revienta la liga. Porque muchas veces se revienta y él lo sabe. Parte de su magia es decir cuándo debe reventarse la liga para gobernar el efecto. Qué complicado es adivinarle ese cuándo. Tan complicado como tratar de reducir su personalidad, su compleja personalidad, en una o dos palabras.

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