Enero sin euforia: cuando opinar se volvió más fácil que comprender

22/01/2026 04:00
    En un contexto marcado por sismos, tensiones políticas y opiniones inmediatas, algo se ha erosionado en la conversación pública. Opinar se volvió más fácil que comprender, y debatir, más en un acto de imposición que de escucha

    Enero de 2026. No empiezo el año con entusiasmo, sino con cautela. No porque no crea en los ciclos, en los comienzos o en la posibilidad de cambio, sino porque algo en el cierre de 2025 dejó un peso difícil de ignorar. El tiempo pasó con una velocidad que no logro asimilar del todo, y aunque esta sensación suele explicarse como parte del envejecimiento, lo cierto es que me descubro más observadora que celebratoria, más atenta que optimista.

    Vivo en la Ciudad de México. El 2 de enero despertamos con un sismo cuyo epicentro fue Guerrero. Un día después, la conversación pública se volcó hacia un evento político internacional que, más allá de sus implicaciones geopolíticas reales, detonó una avalancha de opiniones inmediatas, categóricas y ferozmente seguras de sí mismas. En cuestión de horas, redes sociales, chats, programas de opinión y sobremesas digitales se llenaron de diagnósticos, juicios morales y sentencias definitivas.

    No me interesa detenerme aquí en el análisis del hecho en sí ni en sus consecuencias para los países involucrados. Me inquieta otra cosa: la ligereza con la que nos hemos acostumbrado a opinar de todo, como si comprender fuera opcional y la experiencia ajena un detalle secundario. Pareciera que basta con tener una cuenta activa, un micrófono o un grupo de WhatsApp para asumirnos expertos. Nos hemos convertido, con sorprendente facilidad, en falsos especialistas de cualquier tema que cruce nuestra pantalla.

    Opinar no es el problema. La posibilidad de hacerlo es, de hecho, uno de los grandes logros democráticos de nuestro tiempo. El problema aparece cuando la opinión se emite sin empatía, sin contexto y sin el mínimo esfuerzo por colocarse en el lugar de quien vive las consecuencias reales de aquello que se discute. En esos casos, la opinión deja de ser una contribución y se transforma en ruido: frío, superficial y, en muchos casos, violentamente indiferente.

    Vivimos en una época que premia la rapidez sobre la reflexión, el volumen sobre la profundidad y la seguridad performativa sobre la duda honesta. Se valora más parecer experto que aceptar la complejidad. Más ganar una discusión que comprender una realidad. Más hablar que escuchar. La conversación pública se ha vuelto un espacio donde se compite por tener razón, no por entender mejor lo que ocurre.

    Hace unos días, en un chat donde abundan las posturas políticas firmes y los egos bien entrenados, alguien cerró una discusión escribiendo: “Aprende a debatir”. La frase, cargada de superioridad, me dejó pensando. ¿De verdad creemos que debatir es convencer al otro? ¿O se nos ha olvidado que el valor de una conversación está en abrir preguntas, no en imponer respuestas?

    Ninguna de las personas involucradas vivía la situación que discutía. Opinaban desde la comodidad de un dispositivo que no ha sido bloqueado, desde la seguridad de no enfrentar represalias físicas ni silencios forzados. Y aun así, hablaban con una certeza absoluta que no admitía fisuras, dudas ni matices. Como si la experiencia directa fuera prescindible.

    Tal vez, al iniciar este 2026 —un año que ya trae demasiado que procesar— valga la pena arrancar pausando. Recuperar los aprendizajes de 2025 y hacer un ejercicio personal, incómodo pero necesario: preguntarnos dónde estamos hoy, en qué momento de vida nos encontramos, por qué nos sentimos tan seguros de lo que pensamos y en qué punto dejamos de preguntar con curiosidad genuina por el otro.

    Quizá empezar mejor el año no tenga que ver con opinar más, sino con conversar mejor. Algunas prácticas podrían ayudarnos a elevar la calidad de la conversación pública:

    Autodiagnóstico: antes de opinar, preguntarnos cuánto sabemos realmente del tema y si podemos informarnos mejor, escuchando a quienes lo viven.

    Propósito de la opinión: identificar si queremos expresar, convencer, aportar algo nuevo o demostrar que sabemos.

    Debatir no es ganar: es comprender, contrastar y ampliar la mirada.

    Reivindicar al que pregunta: dudar y no saber es una posición poderosa desde la cual se aprende más.

    Respetar la historia ajena: nadie opina desde el vacío; saber cuándo hablar y cuándo guardar silencio también es responsabilidad.

    Tal vez así, en este enero sin euforia, logremos que las opiniones pesen menos y que las conversaciones —esas que realmente transforman— vuelvan a importar.

    La autora, Karina Vega (@KarinaVegaP), es socia directora en LEXIA. Comunicóloga y especialista en prospectiva.

    Para la fecha en que se publique este artículo ya sonó otra alarma sísmica en CDMX y los acontecimientos internacionales siguen calientes y creciendo en complejidad y tono.