Entre el deshonor y la guerra: México no puede acostumbrarse a perder libertades
Conseguir la libertad nunca ha sido gratuito, conservarla tampoco. La democracia, los derechos y las libertades que deberían ser parte natural de nuestra vida han sido conquistados después de numerosos sacrificios. La Revolución francesa, la Independencia de México o nuestra propia Revolución recuerdan que hubo generaciones dispuestas a pagar costos extraordinarios por aquello que juzgaron irrenunciable.
Sin embargo, la historia también registra otros momentos. Momentos en los que el miedo venció a la convicción. En los que, para evitar una amenaza inmediata, se tomó una decisión que terminó haciendo todavía mayor el peligro que se pretendía evitar. Uno de los ejemplos más conocidos ocurrió en Europa en 1938.
Adolfo Hitler exigía que Checoslovaquia cediera a Alemania los Sudetes, una región fronteriza estratégica habitada mayoritariamente por población germanoparlante. Neville Chamberlain, primer ministro británico, tenía una obsesión: evitar otra guerra europea, habían pasado apenas veinte años desde el final de la Primera Guerra Mundial. Millones habían muerto. Europa conservaba las cicatrices de las trincheras.
En septiembre de 1938, Alemania, Italia, Gran Bretaña y Francia firmaron el Acuerdo de Múnich. Hitler obtuvo los Sudetes a cambio de comprometerse a no realizar nuevas reclamaciones territoriales. Lo extraordinario es que Checoslovaquia, cuyo territorio estaba siendo negociado, ni siquiera participó en las conversaciones.
Chamberlain regresó a Londres convencido de haber evitado la guerra, la historia tuvo otros planes. En marzo de 1939 Hitler destruyó lo que quedaba del Estado checoslovaco. Meses después Alemania invadió Polonia y comenzó la Segunda Guerra Mundial.
Winston Churchill había advertido el peligro. Antes incluso de Múnich escribió que Gran Bretaña se aproximaba a una elección entre la guerra y la vergüenza. Su temor era que escogiera la vergüenza y, después, recibiera también la guerra, pero en condiciones todavía peores. Con el tiempo aquella advertencia quedó condensada en una de las frases políticas más famosas del Siglo 20: “Eligieron el deshonor y tendrán la guerra”.
La historia importa no porque se repita exactamente, nunca lo hace. Importa porque algunas conductas humanas sí se repiten: el miedo, la ambición, la cobardía, la esperanza, la dignidad.
Una de las lecciones de Múnich sigue siendo incómodamente vigente: frente a determinadas amenazas, ceder no necesariamente produce paz. En ocasiones solamente posterga el conflicto y fortalece aquello que se pretendía contener.
Hay momentos en los que la prudencia es una virtud y otros en los que se convierte en renuncia. México atraviesa uno de esos momentos en los que debemos distinguir una cosa de la otra. Más de 200 años después de nuestra Independencia y más de un siglo después de la Revolución, seguimos aspirando a algo aparentemente sencillo: vivir en libertad, con seguridad y justicia.
Las amenazas de nuestro tiempo son distintas a las de la Europa de 1938. Equipararlas sería histórica y moralmente absurdo. Pero enfrentamos nuestros propios peligros; uno de ellos es la capacidad del crimen organizado para disputar territorio, controlar comunidades, extorsionar ciudadanos e interferir en la vida pública. Otro es el debilitamiento de las instituciones que deberían limitar el poder político.
Y frente a ambos problemas aparece una tentación conocida: acostumbrarnos, aceptar lentamente aquello que antes hubiera resultado intolerable: una carretera que dejamos de transitar, un negocio que paga extorsión, un candidato amenazado, una comunidad desplazada, un ciudadano encarcelado preventivamente mientras se determina su responsabilidad. Cada concesión parece pequeña cuando se observa de manera aislada. Pero los países también pueden perderse por acumulación.
Por eso separar al crimen organizado del poder público debe convertirse en una exigencia democrática elemental. No importa qué partido gobierne, una democracia no puede aceptar que organizaciones criminales determinen quién compite, quién gobierna, quién puede transitar por una región o qué empresario puede trabajar.
La relación entre política y criminalidad debe investigarse siempre, cuando involucra a la oposición y cuando involucra al gobierno. Sin excepciones.
La justicia debe determinar responsabilidades. Pero en una democracia ninguna acusación elimina la presunción de inocencia y ninguna filiación política debería convertirse, por sí misma, ni en protección ni en condena. Ese principio es justamente el que distingue a un Estado de derecho de un régimen de poder arbitrario.
En 2027 México tendrá nuevamente una cita con las urnas. Se renovará la Cámara de Diputados y habrá elecciones concurrentes en todo el país; la jornada está prevista para el 6 de junio. Será una oportunidad para que millones de ciudadanas evalúen gobiernos, representantes, partidos y alternativas.
Pero sería un error pensar que la democracia se juega únicamente ese domingo. También se juega antes.
Cuando alguien decide hablar pese al miedo. Cuando un periodista investiga. Cuando un juez resiste una presión. Cuando un empresario denuncia una extorsión.
Cuando una institución cumple la ley, aunque hacerlo incomode al poder. Y cuando un ciudadano se niega a aceptar como normal aquello que sabe que está mal.
No todas las batallas democráticas exigen heroísmo, la mayoría exige algo mucho más cotidiano: carácter. Quizás esa sea la verdadera enseñanza de Múnich. La paz no siempre consiste en evitar el conflicto, a veces consiste en impedir que el miedo decida por nosotros.
Porque hay momentos en los que ceder parece el camino más fácil. Hasta que descubrimos que aquello que pretendíamos salvar era precisamente lo que comenzamos a perder.
–
El autor es especialista en materia político-electoral, comunicación política e innovación.