Entre olas de incertidumbre

30/03/2026 04:02
    La crisis actual, protagonizada por el enfrentamiento entre “Los Chapitos” y “Los Mayitos” (2024-2025), representa la cresta más agresiva de la que tengamos registro. A diferencia de los episodios anteriores, esta ola muestra una aceleración exponencial con un aumento mensual del 3.3 por ciento, lo que significa que el miedo hoy se propaga al doble de la velocidad registrada en 2016.

    La Semana Santa representa para las familias sinaloenses mucho más que un simple asueto; es un respiro necesario de la rutina y también una pausa frente al denso ambiente de inseguridad que nos afecta desde hace un año y medio.

    En medio de este respiro, vale la pena reflexionar sobre las dimensiones del desafío que enfrentamos.

    Usaremos como termómetro la percepción de inseguridad (ENSU-INEGI), un indicador que en nuestra capital no solo ha crecido por encima del resto del estado, sino que revela una evolución alarmante en la intensidad y la rapidez con la que el miedo se arraiga en nosotros.

    Identificamos cuatro momentos u olas de ruptura vinculados a fracturas en el negocio de las drogas: la crisis de 2008 con la “Guerra contra el Narco”; la disputa de 2016; los estallidos de 2019 y 2021; y el enfrentamiento actual iniciado en 2024.

    Durante la ola provocada por el conflicto entre las facciones de “Los Chapitos” y “Los Dámaso” (2016-2017), la ciudad experimentó un deterioro constante pero asimilable. En ese periodo, la percepción de inseguridad aumentó 20.4 puntos porcentuales, elevándose del 57.6 por ciento al 78.1 por ciento en un año. Estadísticamente, este proceso se define como una subida “suave” y lineal, con un incremento promedio del 1.6 por ciento mensual.

    En aquel entonces, el miedo avanzaba de manera predecible, permitiendo a la ciudadanía adaptarse al conflicto como un proceso de erosión diaria. La violencia mantenía una velocidad de crecimiento controlada, otorgando de cierta forma un margen de respuesta psicológica ante un entorno que se degradaba paso a paso.

    Sin embargo, el primer “Culiacanazo” (2019-2020) terminó con esa progresión suave para dar paso a un modelo de choque “exponencial”. Este se traduce en cambios abruptos donde el miedo no crece paso a paso, sino que se multiplica súbitamente.

    Entre junio de 2019 y marzo de 2020, la percepción escaló del 65.2 al 79.2 por ciento. Aunque el promedio mensual de aumento fue similar (1.5 por ciento), la naturaleza íntima del miedo mutó radicalmente. Los datos dejaron de seguir incrementos suaves para reflejar saltos súbitos ante eventos de alto impacto mediático.

    Este periodo demostró que un solo evento de ruptura total podía disparar la alerta social de forma explosiva, dejando una huella de vulnerabilidad sistémica que es extremadamente difícil de revertir en el corto plazo.

    La crisis actual, protagonizada por el enfrentamiento entre “Los Chapitos” y “Los Mayitos” (2024-2025), representa la cresta más agresiva de la que tengamos registro.

    A diferencia de los episodios anteriores, esta ola muestra una aceleración exponencial con un aumento mensual del 3.3 por ciento, lo que significa que el miedo hoy se propaga al doble de la velocidad registrada en 2016.

    Partiendo de un nivel inusualmente bajo del 39.6 por ciento, la percepción de inseguridad se disparó hasta un techo histórico del 90.9 por ciento en junio de 2025. Este crecimiento desmedido nos habla de una crisis de saturación. El miedo se multiplica tan rápido que ha dejado de ser una reacción a eventos aislados para convertirse en un estado de pánico colectivo permanente que nubla cualquier sentido de normalidad.

    El análisis de las cuatro crestas de inseguridad en Culiacán revela que no estamos ante un problema de delincuencia ordinaria, sino ante un fenómeno complejo que se comporta como un sistema no lineal y dinámico.

    La transición de aumentos suaves en 2016 hacia comportamientos marcadamente abruptos en 2019 y 2024 confirma que el sistema ha entrado en una fase donde pequeños cambios en las dinámicas de poder criminal generan consecuencias desproporcionadas en el tejido social.

    Esta aceleración estadística de la violencia nos obliga a cambiar el enfoque. Es momento de priorizar la contención urgente sobre la descripción teórica del conflicto, una tarea que bien puede postergarse para el largo plazo.

    En este sentido, y ante la fragilidad de este asueto: ¿qué estamos haciendo realmente para sortear la siguiente ola de inseguridad que, tarde o temprano, irrumpirá en nuestra efímera calma?

    Es urgentemente necesario transitar del plano retórico (foros, marchas y encuentros de paz) a la praxis legislativa y social. La urgencia no admite más diagnósticos, sino reformas profundas a las leyes de seguridad e iniciativas de ley que reconfiguren el tejido social mediante una convivencia comunitaria real y tangible.

    Ante un fenómeno que muta hoy al doble de velocidad que hace una década, el diseño de muros estratégicos de seguridad es vital para mitigar una crisis cuya naturaleza resulta tan inasible como indescifrable.