Entre pantallas y silencios: la salud mental de niñas, niños y adolescentes

14/10/2026 04:01
    En la vida digital de niñas, niños y adolescentes también pueden existir la soledad, la exclusión y el malestar emocional, señales que no siempre son fáciles de reconocer. En el Día Mundial de la Salud Mental, la pregunta es cómo podemos identificar cuando necesitan ayuda y acompañarles sin juzgar ni minimizar lo que sienten.

    Una niña, un niño o un adolescente pueden recibir mensajes, acumular seguidores y pasar horas en redes sociales sin encontrar un espacio donde expresar lo que siente. La conexión digital ofrece oportunidades de aprendizaje, expresión y convivencia, pero también puede convivir con experiencias de exclusión, comparación y aislamiento. La pregunta no es solamente cuánto tiempo pasan frente a una pantalla, sino cómo están, qué vínculos encuentran y si saben que pueden pedir ayuda sin miedo a ser juzgados.

    Cada 10 de octubre, el Día Mundial de la Salud Mental nos invita a reflexionar sobre la importancia de cuidar el bienestar emocional. Cuando hablamos de niñas, niños y adolescentes, esta conversación exige mirar más allá de las señales evidentes y reconocer que el malestar no siempre se expresa con palabras. A veces aparece en cambios de ánimo, en el distanciamiento de las personas cercanas o en un silencio que pasa inadvertido mientras la vida digital continúa. En una época en la que estar conectados parece sencillo, vale la pena detenernos a preguntar: ¿sabemos reconocer cuándo una niña, un niño o un adolescente está bien y cuándo necesita ayuda?

    La soledad detrás de las pantallas

    Una notificación puede interrumpir el silencio de una habitación; un mensaje puede hacer sonreír a alguien y una conversación digital puede ayudar a sentirse parte de un grupo. Sin embargo, también es posible revisar constantemente el teléfono, observar las vidas de otras personas y preguntarse por qué nadie parece notar que algo no está bien. La conexión permanece, pero la sensación de soledad también.

    Para niñas, niños y adolescentes, las redes sociales forman parte de un entorno donde construyen amistades, exploran intereses, expresan quiénes son y encuentran comunidades con las que se identifican. El mundo digital no es ajeno a su vida cotidiana ni debe entenderse únicamente como una amenaza. Puede ampliar sus posibilidades de aprender, participar y relacionarse, especialmente cuando existen barreras para acceder a otros espacios.

    El problema aparece cuando confundimos la interacción permanente con el acompañamiento emocional. Tener seguidores no garantiza contar con alguien de confianza; recibir reacciones no significa sentirse comprendido y participar en conversaciones no necesariamente implica tener un espacio seguro para hablar de aquello que preocupa.

    En las redes, la comparación constante con imágenes de vidas aparentemente perfectas, la búsqueda de aprobación mediante los comentarios o las reacciones y las experiencias de exclusión o acoso pueden afectar la manera en que niñas, niños y adolescentes se perciben y se relacionan. Las notificaciones también pueden interrumpir el descanso y mantener la atención pendiente de lo que sucede en línea. Estas experiencias no afectan a todas las personas de la misma manera ni permiten afirmar que las redes sociales, por sí solas, provoquen problemas de salud mental. Nos recuerdan, más bien, que el bienestar emocional depende de múltiples factores y que los entornos digitales también forman parte de ellos.

    Por eso, la pregunta que debemos hacernos no es únicamente qué está viendo una niña o un niño en su teléfono, sino cómo se siente mientras lo utiliza y qué ocurre en su vida más allá de la pantalla.

    Las señales que no debemos ignorar

    En México, durante 2024, el Sistema Nacional de Salud registró 144 mil 897 casos de niñas, niños y adolescentes de entre 5 y 19 años que buscaron atención por salud mental: casi 400 casos al día. En marzo de 2026, desde Save the Children México publicamos nuestro diagnóstico Salud mental de niñas, niños y adolescentes en México: evidencia y áreas prioritarias para fortalecer sus entornos protectores, con el propósito de contribuir a la comprensión de esta realidad y a la construcción de respuestas que garanticen el bienestar emocional desde la niñez y la adolescencia.

    El mismo diagnóstico identificamos al aislamiento social como un factor de riesgo para la salud mental, en interacción con otras circunstancias, como la violencia, la pobreza, la discriminación y la ruptura de vínculos. También la importancia protectora de las familias, la cohesión comunitaria y las escuelas. No se trata, entonces, de encontrar una única explicación para el malestar, sino de reconocer las condiciones que pueden agravarlo y fortalecer aquellas que ayudan a prevenirlo.

    La preocupación es especialmente relevante cuando hablamos de suicidio. Entre 2000 y 2024, la tasa de suicidio en la población de 10 a 17 años en México pasó de dos a cuatro por cada 100 mil habitantes, de acuerdo con datos de la Red por los Derechos de la Infancia en México (REDIM) que retomamos en nuestro diagnóstico. Esta tendencia exige atención y respuestas sostenidas, pero no debe llevarnos a atribuir el suicidio a las redes sociales ni a equiparar automáticamente el aislamiento con un riesgo suicida. La prevención requiere una mirada responsable, capaz de reconocer la complejidad de cada situación y de atender las señales de sufrimiento sin minimizarlas.

    ¿Cómo saber, entonces, si una niña, un niño o un adolescente está bien o necesita ayuda?

    No existe una respuesta basada en una sola conducta. Querer estar a solas, pasar tiempo en línea o preferir determinadas formas de convivencia no significa, por sí mismo, que algo esté mal. Lo importante es observar si aparecen cambios persistentes en el ánimo, el sueño, las amistades, la asistencia escolar o las actividades que antes disfrutaba; si se aleja de las personas cercanas o si parece experimentar un malestar que no logra expresar.

    Observar no significa vigilar cada movimiento ni sacar conclusiones apresuradas. Significa prestar atención, reconocer que algo puede estar pasando y abrir la posibilidad de conversar. Si el malestar persiste, interfiere con su vida cotidiana o aparecen señales de riesgo, es importante buscar orientación profesional. Ante un riesgo inmediato, se requiere atención urgente.

    Protección no significa desconexión

    Frente a estas preocupaciones, prohibir las pantallas puede parecer una solución sencilla. Sin embargo, retirar un dispositivo no resuelve por sí mismo la soledad, el acoso, la necesidad de pertenencia ni la falta de espacios para hablar de las emociones. Tampoco debemos perder de vista que el acceso digital puede representar oportunidades de aprendizaje, expresión y participación. Proteger los derechos de niñas, niños y adolescentes implica procurar que puedan ejercerlos también en entornos digitales seguros.

    La respuesta requiere educación digital, acuerdos adecuados a cada edad, herramientas para reconocer riesgos y personas adultas capaces de escuchar sin convertir cada conversación en un interrogatorio. También exige atender las responsabilidades de las plataformas y construir entornos donde la seguridad no dependa exclusivamente de que cada niña, niño o adolescente sepa protegerse por su cuenta.

    En Save the Children México hemos trabajado desde distintas vías para fortalecer el bienestar emocional y las capacidades de quienes acompañan a la niñez. A través de HEART, una metodología de apoyo psicosocial mediante el arte y el juego, más de 4 mil 500 niñas, niños y adolescentes participaron en sesiones en albergues y comedores comunitarios de Chihuahua, Tamaulipas, Sonora y Sinaloa entre septiembre de 2024 y marzo de 2026. Asimismo, hemos impulsado la formación de docentes y personas cuidadoras para ofrecer herramientas de acompañamiento emocional y favorecer entornos protectores.

    También desarrollamos Mi Espacio de Emociones, un sitio dirigido a niñas y niños que les permite reconocer lo que sienten, explorar recursos de autocuidado y encontrar opciones de ayuda. Son iniciativas distintas, pero comparten una convicción: el bienestar emocional necesita espacios donde sea posible expresarse, aprender y establecer vínculos de confianza.

    Estas experiencias no sustituyen la atención especializada ni resuelven por sí solas los desafíos de la salud mental. Muestran, sin embargo, que es posible acercar herramientas a la niñez y fortalecer las capacidades de las personas que la acompañan. La prevención necesita continuidad, articulación entre familias, escuelas, comunidades e instituciones y servicios accesibles para quienes requieren atención profesional.

    Escuchar también es proteger

    El pasado 10 de septiembre, en el marco del Día Mundial para la Prevención del Suicidio, realizamos el webinar ¿Está bien o necesita ayuda?, dirigido a madres, padres y personas cuidadoras. La conversación giró en torno a tres preguntas fundamentales: qué observar, cómo acercarse sin juzgar y a quién acudir. En torno a este 10 de octubre, Día Mundial de la Salud Mental, retomamos estas preguntas porque reconocer el malestar emocional y saber cómo responder no debería ser una preocupación de un solo día.

    Acercarnos comienza por abandonar algunas respuestas que, aunque bien intencionadas, pueden cerrar la puerta: “No es para tanto”, “se te va a pasar” o “deja de usar el teléfono”. En su lugar, podemos nombrar con cuidado lo que observamos, preguntar cómo se siente y escuchar sin apresurarnos a corregir, aconsejar o resolver. Interesarnos por sus redes, sus juegos, su música y sus conversaciones también puede ser una forma de acercarnos a su mundo, siempre desde el respeto y no desde la vigilancia.

    Si no quiere hablar en ese momento, podemos hacerle saber que estamos disponibles y volver a intentarlo. Si necesita ayuda, debemos conocer las opciones para buscar orientación y atención profesional. No tenemos que saber todas las respuestas; sí necesitamos estar dispuestos a escuchar y actuar cuando sea necesario.

    La salud mental de niñas, niños y adolescentes no se protege únicamente limitando aquello que hacen en línea. Se protege también construyendo relaciones en las que puedan expresar sus dudas, compartir sus preocupaciones y pedir ayuda sin temor a ser castigados o descalificados. Es una responsabilidad que involucra a las familias, las escuelas, las comunidades, las instituciones y las empresas que diseñan los entornos digitales.

    Estar conectados puede acercarnos, pero la conexión no reemplaza la presencia, la escucha ni el cuidado. Frente a una niña, un niño o un adolescente que parece estar cada vez más solo, la pregunta no debería quedarse en cuánto tiempo pasa frente a una pantalla. Tendríamos que preguntarnos si cuenta con alguien a quien acudir, si encuentra espacios donde se siente parte de algo y si sabe que sus emociones importan.

    La salud mental de niñas, niños y adolescentes no puede depender de que encuentren las palabras para pedir ayuda ni de que una persona adulta advierta su sufrimiento por casualidad. Necesitamos familias que escuchen, escuelas que reconozcan las señales de alerta, comunidades que acompañen e instituciones que garanticen atención oportuna. Porque proteger no significa vigilar cada paso ni desconectarles del mundo digital: significa construir entornos donde puedan expresarse sin miedo, pedir ayuda sin vergüenza y encontrar a alguien que les tome en serio. Ninguna niña, ningún niño y ningún adolescente debería sentirse solo frente a lo que le duele.