En su ensayo sobre el fin de la Unión Soviética, Octavio Paz registraba la súbita aceleración de la historia. “La historia es lenta”, decía, pero en ocasiones corre a una velocidad vertiginosa.
Normalmente camina muy despacio. La gente casi no se da cuenta de que algo cambia. Marcha sin prisa acumulando, con mayor o menor incoherencia, decisiones, conflictos y acuerdos. Pero de pronto, en unos cuantos años, a veces en pocos días el mundo cambia de cara.
Un imperio se desploma, una revolución triunfa, una nación se independiza. En esos eventos que se precipitan velozmente hay, por supuesto, presiones que se acumulan durante años y súbitamente hacen explosión.
Pesan también las casualidades que terminan por imponer su poder. La semana que ha terminado es uno de esos momentos en los que, en un muy breve periodo de tiempo, se manifiesta ruidosamente un cambio de era.
La intervención militar en Venezuela y, sobre todo, la lógica que justifica la apropiación del mando de un país representan un cambio histórico comparable al que Paz comentaba a principios de la década de los 90 del siglo pasado. No creo exagerar.
Vivimos un cambio de era como el que significó 1989. El fin del totalitarismo soviético daba por terminado el conflicto que partió al planeta. Pocos años antes del derribo del Muro de Berlín, nadie imaginaba la muerte de la Unión Soviética y mucho menos la velocidad con la que desapareció del mapa.
Lo que hemos atestiguado estos días recientes es algo tan importante como la terminación de la Guerra Fría: el fin de las reglas.
Lo que se destruye ante nuestros ojos es el marco institucional que, con todas sus limitaciones, rigió las relaciones internacionales durante décadas. Vemos el fin de alianzas históricas, el entierro del multilateralismo, la muerte del derecho internacional.
Con toda formalidad, Estados Unidos ha proclamado la inauguración de un mundo regido por la ley de la selva. Así lo proclaman los voceros de Trump y así actúa él mismo.
El poderoso tiene derecho de hacer lo que le plazca. Las normas internacionales no son más que frivolidades.
Groenlandia será mío porque así lo he decidido yo. Yo mando en Venezuela hasta que me dé la gana; haré lo que me plazca con sus recursos. Y convertiré a mis mascotas en ministros de guerra.
La retórica de la emergencia y el imperativo del espectáculo son los impulsos que rigen este retorno a la barbarie internacional.
La urgencia de combatir a un enemigo real o imaginario justifica la violación de cualquier regla interna o internacional. Se trata siempre de peligros existenciales: invasores que roban y matan; enemigos que amenazan la civilización, hampones que envenenan a la juventud; terroristas dispuestos a aniquilarnos.
Frente a ellos no vale más que la acción inmediata y fulminante. Ninguna vacilación, ningún retraso. Pero, sobre todo, es importante que la intervención conmocione a todo el planeta.
Es necesario exhibir un poder apabullante y preciso para transmitir su mensaje en todas las pantallas del mundo. El emperador presume su supremacía al ser el primer espectador del planeta. Yo pude ver la captura de Maduro en tiempo real, presumía hace poco Donald Trump.
Ustedes nunca han visto algo como eso. Yo lo vi como si fuera un programa de televisión. ¡Si ustedes hubieran visto esa velocidad, esa violencia!, decía maravillado por el show que había producido.
La mayor fuente de inestabilidad en el mundo es la máxima potencia militar. La fuerza más demoledora en la historia de la humanidad regida por un impulso de espectacularidad y desprendida de cualquier comedimiento. No lo limitan las normas, no lo orientan los valores.
La intimidación se impone sobre la diplomacia y el capricho rige sobre cualquier estrategia. En la extraordinaria entrevista que Donald Trump tuvo con los reporteros de The New York Times, lo expresó con aires francamente caligulescos. No reconozco límite en las normas de la Constitución americana ni en los tratados internacionales. No me hace falta la ley. Yo, que nunca he cometido un error; yo, que he tenido razón siempre en todo, soy el único límite de mí mismo.
La única restricción que reconozco es mi propio juicio moral. ¡El juicio moral de Donald Trump! El criterio moral de un hombre que se jactaba de que su fama le permitía abusar sexualmente de las mujeres le da tranquilidad al planeta.