De un tiempo para acá han aparecido en Culiacán unos espectaculares (anuncios publicitarios de fondo blanco) con leyendas que, aparentemente, invitan a la no proliferación de la violencia. Más allá de si logran o no esa invitación a la paz, vale la pena detenernos a pensar cómo estos mensajes anónimos llegan a nosotros y qué efecto tienen sobre nuestras emociones, en un entorno social que ya de por sí necesita cuidado.
Los motivos detrás de estos anuncios espectaculares parecen tener un componente político, en un contexto donde también podrían estar afectando la calma mental de nuestros conciudadanos. En un momento complicado para Culiacán, no necesitamos más elementos que agraven la incertidumbre, sino medidas que ayuden a recuperar cierto nivel de calma y permitan evaluar nuestra realidad de una forma más racional.
Hay muchas maneras de caer en un círculo vicioso de noticias negativas. En una entrega anterior hablábamos precisamente de aquellas a las que nosotros mismos nos exponemos de manera voluntaria. Elegimos abrir una red social, consultar un periódico o revisar repetidamente mensajes que hablan de violencia. En este caso ocurre algo distinto. Estos espectaculares representan mensajes que se nos imponen mientras recorremos la ciudad.
En la literatura científica podemos encontrar una explicación de este tipo de influencia. Uno de los conceptos relacionados es el ‘priming’, estudiado ampliamente dentro de la psicología cognitiva y asociado también con trabajos divulgados por Daniel Kahneman. Una palabra, una imagen o una idea previamente presentada puede predisponer nuestra mente para interpretar de determinada manera aquello que encontramos después.
Uno de estos espectaculares, por ejemplo, se dirige directamente al ‘asesino’ en segunda persona y le exige, con signos de exclamación, que detenga la violencia, un recurso que apela al miedo antes que a la reflexión.
Si todos los días observamos frases cargadas de miedo, violencia o confrontación, es razonable preguntarnos qué efecto pueden tener sobre la forma en que interpretamos las noticias posteriores. Ahí entra también la heurística de disponibilidad. Tendemos a considerar más frecuentes o probables aquellos acontecimientos que tenemos más presentes en la memoria, especialmente cuando son recientes, repetitivos o emocionalmente intensos.
La combinación puede ser especialmente desafortunada. Primero recibimos un estímulo emocional que orienta nuestra atención hacia la violencia. Después llegan noticias, mensajes de redes sociales o conversaciones relacionadas con el mismo tema. Esa repetición puede hacer que nuestro entorno parezca todavía más amenazante de lo que objetivamente podemos evaluar en nuestra experiencia cotidiana.
Insistimos en que esto no significa negar la realidad. Culiacán vive un momento difícil y sería absurdo pretender ocultarlo. Pero reconocer una situación complicada es diferente a fomentar de manera permanente un estado de alarma. No deberíamos buscar provocar más caos, sino mantener niveles razonables de serenidad que permitan tomar decisiones con mayor claridad y que, a largo plazo, beneficien a toda la comunidad.
Esta forma anónima de influir en el ánimo colectivo debería, por lo menos, ser regulada. Ha sido señalado ya, en distintos espacios de opinión, que el exceso de anuncios espectaculares constituye una agresión visual. A ello debemos añadir ahora aquellos mensajes con posibles propósitos electorales o políticos que nadie firma y cuya fuente de financiamiento tampoco aparece con claridad.
En época electoral, determinar quién paga estos anuncios debería ser una exigencia elemental. No parece demasiado difícil inferir cuáles podrían ser algunos intereses detrás de ellos, aunque el anonimato dificulte confirmarlo con certeza. Si existe una intención política, debería existir también responsabilidad pública sobre el mensaje y sobre sus autores.
Quienquiera que esté detrás de estos mensajes debería buscar algo más que apelar a nuestras emociones. Si pretende generar un verdadero cambio, tendría que hacerlo mediante argumentos, propuestas y una discusión racional. Eso es justamente lo que nos hace falta, dejar de reaccionar únicamente ante estímulos negativos y comenzar a discutir con mayor serenidad qué ciudad queremos construir.
Culiacán debe buscar su estabilidad emocional y su salud mental como un primer paso hacia una paz duradera. Esa paz puede parecernos hoy una utopía frente a una realidad que no da tregua, pero precisamente por eso debemos aprender a evaluar nuestro entorno de manera objetiva y evitar alimentar innecesariamente el miedo.
Como sociedad también podemos cambiar nuestro entorno. Comenzando por cuidar la información que consumimos, pero también exigir que las autoridades asuman su responsabilidad. Regular estos anuncios, transparentar quién los financia y limitar mensajes anónimos que apelan deliberadamente a nuestras emociones puede parecer una medida pequeña, pero contribuiría a recuperar parte de la tranquilidad que hoy necesitamos.