En la Suma Teológica, Tomás de Aquino propuso cinco caminos o vías naturales para probar la existencia de Dios. Se trata de argumentos a posteriori; es decir, no son pruebas apodícticas que expresen una verdad necesaria, indudable o incuestionable.
En efecto, son simples conjeturas o argumentos que se elaboran a partir de la observación del mundo, donde se comprueba que existe orden, movimiento, contingencia, grados de perfección y una finalidad. Por tanto, se concluye, es razonable que se infiera una primera causa incausada, o causa última, que haya creado lo que existe.
En la prueba de los grados de perfección, se comprueba que hay seres con diversos estadios de bondad, nobleza, verdad o belleza. En esta última perfección, lo bello, se detuvo el filósofo Byung-Chul Han para afirmar: “Hoy en día, lo bello carece de toda sacralidad, de toda espiritualidad. Se desacraliza hasta convertirse en un objeto de consumo. Su lema es like, me gusta”. Agregó: “Necesariamente la belleza guarda relación con la trascendencia; de lo contrario, quedaría reducida a mero objeto de consumo”.
No pensemos que el filósofo surcoreano quiera inmiscuir a Dios a la fuerza en su razonamiento, lo que sucede es que, de acuerdo a los parámetros de la estética, lo bello es todo aquello que puede producir placer, admiración o belleza espiritual al ser percibido por los sentidos.
Por eso, precisó Chul Han, lo bello no puede quedar solamente a merced de la estética consumista de un “me gusta”, puesto que todo arte debe tener una orientación hacia una dimensión trascendente que exige una mirada contemplativa. Incluso, no dudó en expresar: “La belleza suprema es un sacramento. Para salvar lo bello habría que arrebatárselo a la obligación consumista y volver a espiritualizarlo”.
¿Percibo la grandeza y espiritualidad de la belleza?