¿Estamos listos
para volver a clases?

    Llevamos varias semanas escuchando diferentes puntos de vista sobre el regreso a clases presenciales. El Gobierno, incluso, ya ha anunciado un plan de vacunación que incluye a docentes aunque aún no es del todo claro. Lo que parece ser evidente es que existe cierta urgencia por regresar a las aulas antes de que termine este ciclo escolar. Es decir, entre mayo y julio, al menos dentro de los calendarios de educación básica. Esa urgencia parece obedecer más a un calendario político que a una planeación educativa. Sobre todo, porque de poco podría valer el regreso de unas cuantas semanas a clases para, casi de inmediato, regresar a las largas vacaciones de verano.

    La pregunta relevante es si estamos listos para este regreso.

    No es sencillo responder. Hay múltiples puntos de vista y opiniones encontradas. Casi ningún país del tamaño del nuestro ha cerrado por completo la educación presencial. Eso, evidentemente, conlleva un retraso educativo, una lesión a las mecánicas familiares y, sobre todo, eso que llaman la ampliación de la brecha. En otras palabras, siempre ha habido mejores y peores escuelas. El problema, ahora, también ha sido de infraestructura. No es lo mismo el nivel educativo de los niños que cuentan con herramientas tecnológicas que el de quienes han tenido que ver malos programas de televisión o de los que han desertado. Es cierto, todos están peor de lo que estarían sin la pandemia pero hay algunos en peores circunstancias que otros. De ahí que haya quien urja por el regreso a las aulas.

    El problema es que no es tan sencillo. Muchos países han visto cómo se incrementan los contagios debido a este regreso. En apariencia, es verdad que los niños no se enferman tanto ni son agentes contagiosos del mismo nivel que los adultos. Sin embargo, los niños viven con adultos y las mecánicas de convivencia suelen implicar relaciones entre unos y otros, aun con los maestros vacunados.

    Estudios en diferentes países han mostrado la conveniencia de reducir el número de estudiantes por salón de clases (aumentar el volumen de aire por persona) y mantenerlos mejor ventilados, ya sea con ventanas abiertas, ya con sistemas eléctricos diseñados para tal fin. Ante esa perspectiva, se han presentado planes para que esto sea posible. Hay propuestas de educación en sistemas híbridos, otras de ampliación de horarios, unas más de uso de instalaciones alternas... En otros países.

    Hasta donde sabemos, más de un año después de la suspensión de clases presenciales en México, no se han hecho adaptaciones a las escuelas públicas; no forman parte de un programa de mejoramiento; no hay un diseño para reducir las posibilidades de contagio dentro de las instalaciones. Lo mismo pasa con los planes y programas educativos. Aún no se habla de cómo se va a superar el bache que ha implicado la disminución de la calidad educativa.

    Y eso que llevamos más de un año así. Ahora, con la posibilidad de abrir de forma apresurada las escuelas por algún cálculo político, siguen resultando motivo de cierta angustia. La experiencia en otros países es clara: ha habido aumentos de contagios, las nuevas cepas del virus no son tan benévolas con los pequeños, se tiene que estar muy preparado para el regreso.

    No lo estamos. Todos quisiéramos volver a la normalidad, la que comenzará en serio cuando los niños vuelvan a clases. Hacerlo sin un plan detallado y considerando los factores relevantes en términos sanitarios y no sólo políticos o económicos, puede acarrear muchos más problemas de los que resuelva. Ojalá no sea así.

    Pensar que estamos listos, en este caso, más que una idealización es una irresponsabilidad.