“Una vida sin examen no merece la pena ser vivida”, es una frase que se atribuye a Sócrates y está tomada de su Apología, transmitida por Platón.
En verdad, no podemos vivir sin analizar, reflexionar y cuestionar lo que estamos pensando, discerniendo, programando y haciendo. No podemos vivir sin preguntarnos el rumbo, ritmo, destino y derrotero de nuestras actividades.
La filosofía existe para ordenar este rompecabezas. Es una disciplina eminentemente práctica que pretende acompañarnos con una ruta de vida. El problema es que continuamente la catalogamos como un saber abstracto, complicado, sistemático, difícil, engorroso y alejado de la realidad.
Para eliminar de tajo estos prejuicios, el filósofo francés, Roger-Pol Droit, escribió un texto titulado: “Si sólo me quedara una hora de vida, una hora nada más”, donde se planteó las preguntas más fundamentales y primigenias: “¿En qué la emplearía? ¿Dónde está lo esencial? ¿Qué pensar, sentir, querer? ¿Qué huella dejar?”.
Añadió: “esta pregunta de la última hora se apoderó de mí, antigua y fresquísima, venida de la noche de los tiempos, surgida esta mañana”. Precisó que cuando se plantean estas imperiosas cuestiones se eliminan todas las trampas y subterfugios: “todo se vuelve más intenso, más urgente y más denso, habría que apartar las ilusiones, los trampantojos, quitar lo superfluo, ir a lo esencial, directo, pero, ¿dónde está lo esencial?”.
Siguiendo con sus circunloquios, Pol Droit indicó que al plantearnos esta pregunta caemos en la cuenta de que ya no hay futuro y que lo que nos queda es solamente un “porvenir de bolsillo”. Pero, a la vez, se presenta una oportunidad para eliminar muchos proyectos, tensiones, inquietudes, preocupaciones, pretensiones y obligaciones que se han revelado como vanos, ridículos e inconsistentes porque ya no habrá un día siguiente.
¿Examino mi vida? ¿Me centro en lo esencial?