Fetichismo de la máquina: cómo la inteligencia ‘artificial’ oculta el trabajo humano

01/01/2026 04:00
    La vida social se encuentra en un punto de inflexión marcado por las tensiones que genera el paradigma de la inteligencia artificial (IA). Este fenómeno no solo impacta en la forma en que concebimos la creatividad, sino también en el mundo laboral y en nuestra percepción de la realidad

    La inteligencia artificial se percibe comúnmente como una entidad trascendente; sin embargo, constituye el resultado de procesos históricos que formalizan y traducen en algoritmos el conocimiento colectivo para gestionar tanto el trabajo como el capital. Desde los planteamientos de Ford y Taylor hasta las configuraciones actuales, la tecnología impone disciplina sobre el intelecto bajo premisas consideradas “neutras”. El presente texto expone el origen social de la IA y propone analizar críticamente sus supuestos, politizar su diseño y orientar su desarrollo hacia la promoción de la autonomía humana.

    Hoy la vida social está atravesada por tensiones generadas por el paradigma de la inteligencia artificial asociadas a la creatividad, el trabajo y la percepción de la realidad. Nos preguntamos si la IA sustituirá el ingenio humano, si nos quitará el trabajo e incluso si determinará nuestra forma de captar el mundo.

    La sociedad se encuentra a la vez entusiasmada y atemorizada por un nuevo paradigma que, por su escala, recuerda a la Revolución Industrial, en su sentido de un cambio de modo de producción -dicho en términos de Marx- al surgimiento de un nuevo tipo de relaciones sociales.

    Para comprender este presente conviene un breve recorrido histórico por las condiciones de posibilidad que han dado lugar a grandes transformaciones tecnológicas y sociales. En la primera Revolución Industrial (segunda mitad del Siglo 18 en Gran Bretaña) se transita de un modo de producción agrario y manual a uno mecánico, basado en máquinas de vapor e industrias. Este cambio impulsó migraciones campo – ciudad, reconfiguró la organización del trabajo y generó al proletariado. A lo largo del tiempo emergen técnicas y modos de producción como el fordismo (la cadena y la producción en masa) y el taylorismo (control de los tiempos y movimientos).

    Menos visible, pero decisivo, fue el entramado de ideologías y técnicas de extracción del saber que posibilitaron aquella revolución. Benjamín Coriat en su libro El taller y el cronometro, donde analiza la introducción del cronómetro en el taller —la medición del tiempo de trabajo y de los movimientos del obrero— no es una mera innovación técnica, sino un cambio profundo en la organización del trabajo, en la acumulación de capital y en la regulación social. Coriat subraya tres secuencias entrelazadas:

    Reconfiguración de la relación de fuerzas en el taller (clase obrera vs capital).

    Nuevo modo de acumulación del capital (producción en masa).

    Cambio en las formas estatales de regulación y control social.

    Otro hito es la máquina de Babbage (1830), antecedente de la computadora: capaz de grandes cálculos, memoria y lectura de tarjetas perforadas. Como apunta Matteo Pasquinelli en su libro El ojo del amo: “en la Inglaterra del Siglo 19, computadora no era el nombre de una máquina sino de un empleado administrativo, una mujer por lo general, que tenía que hacer cálculos tediosos a mano para el gobierno”, Babbage buscaba sustituir este trabajo repetitivo y proclive a errores por un dispositivo automatizado. La lección es clara: toda tecnología condensa trabajo, saber e intelecto humano.

    Desde la pala hasta la computadora, las herramientas tecnológicas son esfuerzos sociales de transferencia del “intelecto general” (Marx): el conocimiento colectivo que cristaliza máquinas y procedimientos. En paralelo, Gramsci en sus Cuadernos desde la cárcel, apunta que “todos los seres humanos son intelectuales”; no hay actividad humana sin participación del pensamiento. El Homo faber y el Homo sapiens no se separan.

    En el paradigma actual, a menudo olvidamos que la IA se alimenta de los saberes humanos: datos, lenguajes, prácticas, decisiones. En múltiples industrias -manufactura, automotriz, servicios, finanzas, retail- persiste el mismo impulso histórico: extraer, formalizar y algoritmizar para automatizar y amplificar procesos, acelerar la extracción de plusvalía y expandir el capital. No es simple olvido, opera una ideología que fetichiza la tecnología, separándola de su origen social y produciendo la percepción de que “la máquina piensa sola”.

    Conviene precisar términos. Llamo aquí efecto ideológico de la IA al conjunto de narrativas que naturalizan la subordinación del trabajo al capital bajo la promesa de la neutralidad técnica, ocultando preguntarse quien define los criterios del sistema, qué saberes se codifican y cómo se reparte el valor generado. Un algoritmo se describe como una forma de escritura operacional: secuencias finitas que traducen prácticas y juicios humanos en pasos ejecutables. Su potencia no reside solo en la matemática, sino en el diseño social de sus entradas, objetivos y umbrales de decisión.

    Hoy, empresas de todos los tamaños están diseñando agentes de IA para automatizar flujos:

    Conversión de manuales internos y “know how” en copilotos (atención, ventas, análisis de data)

    Modelos de lenguaje finamente ajustados con repositorios de código

    Estos pensamientos no pretenden un tono apocalíptico. Al contrario, se trata de des-fetichizar la tecnología para reconocer que la IA es otra forma histórica del intelecto general y, por tanto, diseñable. La cuestión no es IA “sí o no” sino bajo que reglas, con qué participación y con que reparto del excedente. Si el cronometro disciplinó el tiempo del trabajo, los modelos actuales de IA disciplinan el criterio. El diseño -de datos, objetivos y métricas- es ya política del trabajo.

    Por ello en LEXIA nos encontramos formalizando nuestra postura ante el nuevo paradigma y no dejaremos de poner en el centro al humano y de incorporar las nuevas tecnologías desde el pensamiento ético y crítico.

    Si toda actividad humana es intelectual, la IA no puede ser ajena ni enemiga: es una forma histórica del intelecto general. La tensión radica en quién la hace, con qué saberes y para que fines. Reconocer el origen social de la IA es el remedio contra su fetichización. La tarea colectiva es instituir reglas de co-diseño, gobernanza del dato y reparto de la productividad para que la potencia técnica se traduzca en ampliación de autonomía humana. La IA no piensa por nosotros: piensa con lo que nosotros ya pensamos.

    El autor, Adrián López, es psicólogo social, profesor de asignatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana e Insight manager en LEXIA. Con más de 15 años de experiencia en estudios sociales, culturales y de mercado.

    Los colaboradores de LEXIA comparten sus puntos de vista, análisis e interpretaciones sobre la realidad social. La responsabilidad de estos textos recae exclusivamente en las, los y les autores, y no representan la postura institucional de LEXIA.